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 • HISTORICO

Alcanzar el cielo de la Puna




Trepar, alcanzar cielos que parecen reservados solo para los pájaros, es ilusión de todo viajero cuando emprende ese rito del andar con la mirada puesta en lo alto, cual búsqueda que no ha de detenerse hasta descubrir como el minero en el cerro la veta ansiada.
Así, partimos desde Purmamarca hacia el Oeste para alcanzar, ya con las Salinas a nuestro frente, la ruta 40. Ruta escénica algunos la llaman, la que en sus más de cinco mil kilómetros permite divisar tantos y diversos paisajes de nuestro país.
Nos animaba llegar al Abra El Acay, el paso carretero más alto de América, por encima de alturas como la del Monte Blanco. Para éllo, recorrer una inmensa meseta hasta San Antonio de los Cobres. Deslumbrante soledad habitada por los vientos y un sol que ilumina a esos inesperados habitantes de Tres Morros, los que al pasar siquiera alzarán sus cabezas, cubiertas con extrañas capuchas donde solo asoman sus ojos protegidos por oscuras lentes. Fantasmas nacidos de las Salinas, con su piel quemada por un sol que transforma a esos pequeños seres vivientes en parte integrante de un paisaje que hace doler profundamente el alma.
Llegar a San Antonio de los Cobres trae consigo la emoción de la presencia de la patria en sus confines fronterizos. Ultima población de nuestro territorio, donde el color terracota de los cerros cercanos se confunde con el de las casas o el pelaje de llamas y vicuñas que, con nuestro andar, espantamos en el camino. Prenuncio de las alturas que nos aguardaban, donde habríamos de caminar ya más lentamente, como guardando un poco de oxígeno para el paso siguiente. Cumbres donde los guanacos cruzan cogote con las nubes, al decir de Jorge Leónidas.
Continuar la travesía, ahora sí en rápido ascenso hasta esos casi cinco mil metros. Llegar al Abra El Acay, frente al nevado del mismo nombre. Paso precordillerano que enlaza la Puna con los Valles Calchaquíes. Es el momento de detener la marcha y hacer del alma apresurada un emocionado instante en que se asombra frente a esa creación guardada por siglos y que se entrega al viajero para ser contemplada.
Escondido rincón de nuestra bendita tierra, solo al alcance de los que no han visto pero han creído, donde el diablo dicen que perdió el poncho y no ha de hallarse siquiera un alambrado para que aquel poeta sanjuanino, minero, don Jorge Leónidas Escudero pudiera colgar las palabras en un alambre que, al pasar de algún caminante, las salude agitando una mano como si hubiera encontrado algo suyo.
Lentamente fuimos dejando atrás aquellas alturas, comenzando a descender hacia el inicio de los Valles Calchaquíes, La Poma, Payogasta, Cachi, por delante. Sería el reencuentro con el verde resplandor de las pequeñas quintas vallistas, sus cerros rojizos, sus copleras, donde iríamos a esconder iluminados por la última luna llena del año, hasta el próximo viaje, la dicha de haber podido transformar, en un instante inolvidable, aquel sueño.
¿Descubrimientos para compartir? ¿Un viaje memorable? Esperamos su foto (en 300 dpi) y relato (alrededor de 3000 caracteres con espacios).

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