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 • HISTORICO

Anguilla, un plato exquisito

En esta isla del Caribe los placeres son ilimitados: se puede disfrutar tanto de sus atractivos naturales como de su cocina, en la que se destaca la langosta presentada de distintas formas




ANGUILLA (World´s Fare).- Esto fue lo que oí en el salón de entrada de un hotel: "En cuanto me enteré de que no había excursiones, no veía la hora de ir".Es un poco exagerado. Las excursiones de Anguilla se pueden resumir rápidamente y hacer en menos de un día.
Comprar algunas de las estampillas coloridas de la isla en el correo, visitar un par de iglesias interesantes desde el punto de vista arquitectónico e inspeccionar Heritage Collection, un pequeño museo atestado de piezas antiguas, fotografías y documentos históricos. Quizá guste visitar repentinamente a alguno de los artistas de la isla en sus estudios o recorrer una galería de creaciones de talentos locales.
Pero después de eso hay playa y más playa. Esta isla las tiene por doquier -33, para ser exacto-, 20 kilómetros de gemas puras de arena blanca despobladas del hacinamiento, que van desde leves medias lunas hasta herraduras, algunas flanqueadas por palmeras.

Paraíso submarino


Anguilla está rodeada por un sistema de arrecifes con islotes y cayos, ideales para los aficionados al snorkeling y al buceo con tanque. Aquí es, precisamente, donde yace la mayoría de las vistas de Anguilla, bajo las aguas.
Con siete barcos naufragados, se jacta de ser la capital caribeña del buceo en naufragios. Todas estas embarcaciones -intactas y deliberadamente hundidas en diversos puntos y profundidades de la zona- son lugares de buceo bastante sencillos. No se pierda el M.V. Sarah, de 70 metros de eslora a 25 metros de profundidad, o el Ida María, un carguero de 35 metros, a 20 metros, ambos repletos de cardúmenes iridiscentes.
¿O prefiere explorar los frondosos jardines de coral? Diríjase a Paintcan Reef o recorra el cañón subacuático de Prickly Pear, donde el tiburón padrino dormita en el fondo de arena.
Pero los amantes de la playa se aferrarán a un amigo o a un buen libro. Prepárese para relajarse, absorba algunos rayos de sol y deje vagar la mente. Pero, ¡cuidado!, después de unos días en Anguilla soñará con la cena.
¿Cómo es posible que una isla pequeña y apacible, con una población de sólo diez mil almas, tenga una cocina tan sofisticada? No interesa, lo importante es poder decidir qué y dónde comer. Es un verdadero desafío.
Para combinar un almuerzo sensacional con una playa encantadora vaya a Island Harbor. Acérquese a la orilla del mar y haga señas; inmediatamente aparecerá una lancha que en un abrir y cerrar de ojos lo dejará en Gorgeous Scilly Cay. Está abierto sólo para almorzar, de 11 a 17, de martes a domingos.
Esta diminuta isla privada, rodeada por un mar azul transparente, está salpicada por pequeñas chozas de paja adornadas con recascos, conchillas y flores tropicales. Allí podrá caminar por la arena, nadar, bucear o recostarse en una reposera y beber un ponche de ron de Scilly Cay.

El apetito manda

Las grandes decisiones aguardan. ¿Pedirá langosta, cangrejo (pescados en el día y mantenidos vivos hasta su llegada) o pollo? Los pescados se sazonan con una salsa espesa y condimentada y se cuecen a la parrilla en la playa mientras uno observa. Este banquete satisface hasta a los más famélicos.
Pensará que nunca recobraría suficiente apetito como para que se justifique una cena, pero, por supuesto, lo recuperará. La abundancia de opciones incluye cocina francesa, italiana, caribeña, creole, belga, inglesa y norteamericana. Los restaurantes de primera conforman una larga lista. A continuación, la de los predilectos.
El Blanchard´s se especializa en cocina internacional con toque caribeño. No deje de probar las entradas de tarta de langosta con salsa de tomate y rábano picante, acompañada con habichuelas francesas sazonadas con aderezo dill-Caesar.
Entre los platos principales elija entre el peto a la pimienta con naranja, camarones jamaiquinos, pez espada relleno o pez fraile a la parrilla con salsa de curry rojo tailandés. Elegir el postre es sencillo: crema de chocolate rodeada con salsa Kahlua. No cabe duda de por qué gente como Liza Minnelli y Ringo Starr cenaron aquí.
Si no tiene planeado ir a Francia o a Hong Kong este año, vaya a Hibernia, donde sirven cocina francesa light con un toque oriental. Es irresistible con la vista que da a Scilly Cay. Elija cangrejo al estilo Hong Kong, pechuga de pato, pollo a la Pekín o soufflé de langostas tailandés. Corone su cena con una selección de exquisitos quesos franceses o helados caseros.
El restaurante Koal Keel se encuentra en Warden´s Place, una mansión restaurada del siglo XVIII que deberá visitar por más que no se quede a comer. Pero es casi inadmisible perderse la cena de allí: sopa de arvejas isla, ravioles de cangrejo, habichuelas negras o pollo asado en un horno de piedra de 200 años, con flambé de pasas al ron como postre. Después de cenar descienda a la planta baja, al Old Rum Shop, para degustar la atención de la casa: una copita de ron añejo.
Si no llega a la hora de la cena, pruebe al menos un refrescante té, después de la playa, con masas recién horneadas, que se sirve en el salón inglés del Koal Keel.
Si busca un ambiente elegante con un toque exótico, pruebe el restaurante Casablanca con sus exuberantes jardines tropicales y brillantes mosaicos en las arcadas marroquíes. La vista del Caribe azul y las montañas verdes de la vecina St. Marteen son el complemento perfecto para la cocina del Nuevo Mundo de Casablanca.
Comience, quizá, con albóndigas de cangrejo azul, guiso de mariscos y ensalada de espinaca; luego seleccione entre chuleta de ternera, pan de atún o salmón del Atlántico al pistacho. De postre, encontrará una amplia variedad de exquisiteces frescas.
Oí en el salón de un hotel: "Comience la semana con los pantalones más cómodos que tenga; termínela con una faja elástica en la cintura. Tráigase al menos una prenda holgada".
Diana C. Gleasner (Traducción de Andrea Arko)

Datos de interés

Anguilla, de 25 kilómetros de largo por 5 de ancho, es la isla más al norte de las islas Leeward, a 18 grados de latitud norte y 63 de longitud oeste. Está bañada por el mar del Caribe y el océano Atlántico, y son siete minutos en avión desde St. Marteen, 45 minutos desde St. Thomas, 1 hora desde Puerto Rico y Antigua. Los ferriers parten cada 20 minutos.
Su baja humedad, los vientos tropicales y una temperatura promedio de 27º C convierten a esta isla baja de piedra caliza y de coral en el destino perfecto todos los meses del año.
Anguilla es un colonia de la corona británica, donde la gente habla inglés y se pone por lo general muy contenta con los dólares norteamericanos. La isla ofrece diversos complejos hoteleros de alta categoría, al igual que hosterías y pensiones más económicas.
Se alquilan autos, jeeps y bicicletas. Los caminos son bastante precarios, se conduce por la izquierda y se exige un carnet de conducir.
Para mayor información: Anguilla Tourist Board, P.O. Box 1388, Factory Plaza, The Valley, Anguilla, British West Indies. Tel. 1-800-553-4939; 1-809-497-2759.

Petit St. Vincent, un resort para aremitas

PETIT ST. VINCENT, Islas. Granadinas (The New York Times).- La única gente que vi en mi primer día de vacaciones fueron un ama de llaves, los dos mozos del servicio de las cabañas y otro huésped con quien me crucé casualmente en la playa. Nos saludamos con una sonrisa callada, y punto.
¡Era el paraíso! Quizá tenga una latente vocación de ermitaña, pero sólo concibo unas vacaciones caribeñas en soledad. Y la reclusión es, precisamente, la idea rectora del resort Petit St. Vincent, único ocupante de esta isla privada de 45,7 hectáreas, situada entre St. Vincent y Granada (Islas. Granadinas). Desde luego, no es fácil acceder a una soledad absoluta: desde Nueva York, son 7 horas de viaje por aire (con transbordo) y mar.
El arribo a PSV -así lo llaman todos- requiere cierto contacto humano. Los tres nuevos huéspedes fuimos recibidos por el propietario de la isla, un gerente y los tres perros labradores de aquél. Me llevaron a mi cabaña en mini-moke y no los vi más. Esperaba ocupar una de las cabañas construidas sobre la playa, pero me tocó una encaramada en una ladera. Acabé por adorar su panorama: a la izquierda, el Atlántico; a la derecha, el Caribe. Bajaba un tramo de escaleras, rodeaba dos cabañas y ya estaba en la playa.
Por dentro, mi ermita era una maravilla. Unas puertas corredizas de cristal comunicaban el pequeño living con una terraza de madera, en L y en saledizo, amoblada con dos reposeras en la parte soleada y una hamaca colgada a la sombra; el amplio dormitorio tenía ventanas con persianas de madera, sin cristales ni visillos; un vestidor y un baño, elegantemente rústico, completaban la vivienda. Como muchos otros resorts playeros de lujo, PSV no gasta mucho en mobiliario u objetos de arte: los pisos mosaicados y los muebles de mimbre dan la nota correcta.
Para llegar a mi cabaña, rodeada de follaje y macizos floridos, tomaba por el camino, descendía varios tramos de escalera, abría una puertecilla de madera y ya estaba en mi terraza. Fui un par de veces al restaurante y patio-bar. Miran hacia el Caribe y, al parecer, son bastante concurridos.
Cada cabaña tiene un buzón y un mástil con dos banderines: uno amarillo y otro rojo. Yo marcaba en el menú los platos elegidos, lo dejaba en el buzón e izaba el banderín amarillo, indicando así que deseaba algo. El personal recorre constantemente el resort en sus minimokes, atento a los banderines amarillos. Los rojos significan: "No vengan por ningún motivo".
El sistema funciona a la perfección. La comida es excelente. Me traían el desayuno a la hora señalada y atendían con igual puntualidad mis ocasionales pedidos de una piña colada o un ponche al ron. El penúltimo día, me dejaron un aviso indicando la hora de partida de mi avión. Al día siguiente, dejé en el buzón una nota solicitando que recogieran mi equipaje y bajé a la playa.
Petit St. Vincent no es una isla perfecta. Su playa principal da al océano, por lo que el oleaje desalienta la natación prolongada. La arena no tiene la blancura que muestra en las fotos y está salpicada de restos de maderas. Del lado del Caribe, hay playas angostas con pequeños descansos: un par de reposeras, una mesa, una hamaca entoldada y, a veces, un mástil con sus banderines.
El resort ofrece diversas actividades, pero -según me contaron- algunos huéspedes sólo se dejan ver el día de su llegada y el de su partida. Personalmente, ansío volver allí y, en un segundo intento, ganar la amistad de los tres perros labradores.
Anita Gates (Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

Sólo el murmullo del mar

Entre los múltiples hoteles de Anguilla, se encuentra el Cap Juluca, un resort de cinco estrellas, con cuatro kilómetros de playa privada.
La arquitectura morisca distingue al establecimiento, desde cuyas habitaciones -71- se escucha el murmullo del mar.
La piscina al estilo Hollywood no es todo. El hotel está convenientemente equipado para practicar deportes acuáticos, ir al gimnasio, al spa, jugar tenis o andar en bicicleta. Cuenta con dos restaurantes. Eso sí, no tiene radio ni televisión en los cuartos, sólo el teléfono. Los precios varían según la temporada: del 1º de abril al 31 de mayo, la habitación superior cuesta 320 dólares; del 1º de junio al 31 de octubre, 245; del 1º de noviembre al 4 de diciembre, 320, y del 5 de diciembre al 18 de diciembre, 360. Hay habitaciones más costosas.
Para la categoría señalada y en esos períodos, 4 días (tres noches) valen 110, 885, 1110 y 1165 dólares, respectivamente.
Informes en Buenos Aires, en The Leading Hotels of the World (322-3563 y 325-9402).

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