
Créditos: Ohlalá
PUERTO IGUAZU.- Para emociones fuertes no sólo está el espectáculo de las Cataratas. La selva misionera provee la infraestructura para ciertos deportes que también elevan la adrenalina. La empresa Iguazú Forest, por ejemplo, tendió todos los hilos necesarios para la práctica de canopy, una actividad muy extendida en países como Costa Rica, pero no tan conocida en la Argentina.
Consiste en deslizarse por cables de un árbol a otro, gracias a cierta adaptación de los recursos del montañismo a la selva. Sujeto por un arnés a un sistema de grampas y a un cable tendido (por principios ecológicos, nada se clava en los troncos) en posición casi horizontal, el canopista puede sentirse un poco pájaro y un poco actor del grupo De La Guarda, mientras cruza a buena velocidad (tiene un freno para regularla) entre la prodigiosa arboleda misionera.
Por ahora, en Iguazú sólo se habilitaron dos tramos de 200 metros cada uno, pero se espera sumar pronto un tercero de 300 metros más, siempre a un promedio de 20 metros del suelo. No hay que temer: los guías asisten a expertos y novatos en cada movimiento que, aseguran, es perfectamente apto para voladores de cuatro a 80 años.
Otra actividad promovida dentro del mismo recorrido es el rappel. Más difundido que el canopy, contempla el descenso por paredes lisas con cuerdas, grampas y arnés.
Y en esta variante, en la selva misionera se trata de rappel asistido, ya que en verdad se baja con la ayuda de los guías por un sistema de polea. Además, es rappel pasado por agua, porque el descenso se realiza por un salto de 18 metros. O sea, que no hay que hacer demasiada fuerza, pero sí soportar el agua cayendo sobre la cara, lo que ciertamente complica las cosas. Consejo: ropa liviana y de secado rápido.
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