

En enero de 2005 llegué a Sicilia. Quería conocer la tierra de uno de mis abuelos, el catanés Vito Parisi, nacido a los pies del Etna y emigrado a la Argentina alrededor de 1920.
Antes, había estudiado italiano, fui al hotel de los Inmigrantes, hice los trámites de mi ciudadanía italiana y me sentí cada vez más cerca de mis abuelos.
Desde el avión trataba de ver todo, estaba tensa, ansiosa. Cuando vi el Etna, con su majestuosidad, comencé a llorar: estaba en casa. Para contar el torbellino de emociones, paisajes, personas conocidas en un tiempo tan breve, pero tan intenso, necesitaría días.
He vuelto este año y regresaré en julio a mi Sicilia. Siento allí la emoción reverencial de estar donde mi historia comenzó y que, a través de mis ojos, mi nonno Vito ha vuelto a visitar su pueblo, la iglesia donde fue bautizado, su volcán aún activo.
Sé que Vito, el siciliano, estaría orgulloso de mí. Y soy muy feliz por eso.
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