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 • HISTORICO

Bocas que alimentar

Parar a comer en la ruta, cuando se viaja en familia, puede ser toda una actividad de turismo aventura




¿Cuántos van a ser?" La pregunta es odiosa. "Dos grandes y cinco chicos." Con suerte, el anfitrión arqueará las cejas y nos guiará a una mesa mientras piensa que no habrá propina suficiente que compense la escena de migas, ketchup y mantel mojado con que acabará esta historia.
Además del mal humor de los vecinos, que por supuesto dejarán menos propina. Sin suerte, directamente nos dirán que no nos pueden atender, como nos pasó en una tradicional casa de pastas de Mar de las Pampas, aun cuando no había ni una mesa ocupada.
Más comprensivos, en El Pulpo, de Punta del Este, esperaron pacientemente que termináramos de comer dos parejas adultas mientras nuestros hijos, cinco de cada familia y el mayor de 12 años, se dormían -literalmente- en otra mesa, ocupando diez lugares, pero con sólo dos consumiciones. Y cola en la puerta.
La salvación para parar a comer con chicos cuando uno va de viaje son esos boliches del interior; no las estaciones de servicio, sino esos restaurantes que están desde siempre, que de afuera no dicen nada, pero de los que alguien del lugar nos pasa el dato. Allí donde un mozo, mientras saca los cuchillos de la mesa y cambia los vasos de vidrio por otros irrompibles, anuncia a la prole que ¡el primero que se porta mal o no come, se las va a ver conmigo! ¡Y le creen! Uno se pregunta entonces si no debería ser obligatoria una pasantía en el rubro gastronómico antes de ser padre.
Si pudiera pedir un deseo, sobre todo después de un buen trayecto en auto, sería parar en un lugar que tenga un espacio cerrado y seguro, que tenga juegos, donde no haya objetos delicados a mano. Todo eso ayudaría a administrar la calma durante la pausa de la comida.

Milanesa con papas fritas

Pero lo cierto es que cuando uno está en tránsito se prepara para lo que venga. En el mejor de los casos, se prepara para un picnic. Ya sé, no es ninguna novedad: es la solución que millones de familias han aplicado desde que a alguien se le ocurrió viajar y ese alguien tuvo hijos.
¿Qué hay del menú, si finalmente terminamos en un restaurante? Milanesa con papas fritas. Primera opción en el ranking de platos infantiles, según mis quince años de viaje con chicos, propios y ajenos. No importa si estamos en una trattoria, en algún puesto frente al mar o una parrilla con asado en cruz. Si hubiera justicia, el anónimo autor de esta combinación culinaria debería estar entre los héroes predilectos de los niños, en vez de esos chillones dibujos animados que ni alimentan ni hacen nada bueno por ellos.
El plan b si, por ejemplo, sospechamos del aceite donde se cocerán los alimentos son las pastas, cuya variedad es tan amplia como el cambio de forma y salsas lo permitan.
Las pretensiones epicúreas de los adultos suelen reducirse al mínimo cuando se trata de alimentar muchas bocas con pocos bolsillos. Desde el que sean tres porciones y compartimos hasta el cancele el salmón y traiga otros ñoquis , los paladares exigentes sacrificarán algunos placeres individuales por el de un tumultuoso, ruidoso y feliz paseo en familia.

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