
Créditos: Ohlalá
SANTA CRUZ DE LA SIERRA (El Mercurio, de Santiago).- Cuesta llegar hasta Flor de Oro, el campamento norte del Parque Nacional Noel Kempff Mercado, en el límite con Brasil. De entrada, desde Bolivia no hay forma de hacerlo por tierra. Una selva impenetrable se interpone entre el campamento y el resto de la civilización boliviana. Si pretendés hacerlo por el lado brasileño, donde sí hay carreteras y varios pueblos, el viaje tarda por lo menos dos días. Y en avioneta, uno demora dos horas desde Santa Cruz de la Sierra. Eso siempre que haya buen clima y visibilidad suficiente para realizar el vuelo.
En un día completamente despejado, el sobrevuelo del Noel Kempff sería un espectáculo. Sin embargo, aunque este parque está 800 kilómetros al nordeste de Santa Cruz, el humo impide apreciar en toda su magnitud el manto de selva tupida que cubre la meseta Huanchaca y los fabulosos saltos de agua que se desprenden de ella.
En 1912, sir Arthur Conan Doyle impactaba al mundo con una historia fantástica, una de dinosaurios estacionados en el tiempo, perdidos en una meseta de la selva tropical. Se trataba de El mundo perdido, alucinante obra basada en los relatos de su amigo, el explorador inglés Percy Fawcett, que recorrió la región que hoy sobrevolamos para definir la frontera entre Bolivia y Brasil.
En la meseta Huanchaca no hay dinosaurios, pero la historia de Conan Doyle tiene algo de verdad. Gracias al aislamiento de la civilización, arriba de la meseta -una formación rocosa precámbrica de 150 kilómetros de largo y 50 de ancho, similar a los tepuys venezolanos- se han conservado intactas especies de plantas y animales que en el bajo no se ven. Por eso, es un lástima que nuestra llegada a esta maravilla natural, declarada Patrimonio de la Humanidad el año 2000 y con una de las mayores concentraciones de biodiversidad en el planeta, sea envuelta en una espesa nube de humo. Los pasos de una iguana y sus crías sobre el techo -inquilinas permanentes de nuestra cabaña- se encargan de despertarnos antes de que salga el sol. Luego, el canto de las aves y los gritos perdidos de un mono aullador vienen a confirmar que el día comienza y que hay que moverse antes de que el calor sofocante prohíba hacerlo.
Luego de un rato estemos remontando el río Iténez, uno de los tantos torrentes que conforman la cuenca amazónica y frontera natural con Brasil, mientras el sol, convertido en una bola roja incandescente, se asoma detrás de las copas de los árboles.
Vamos detrás de un grupo de gringos que vino sólo a ver aves. Si se encuentran con monos araña, un tapir pastando a lo lejos o un delfín amazónico nadando junto a su bote no se asombrarán tanto como si descubren una pareja de parabas -guacamayos o papagayos- sobrevolando sus cabezas, o un martín pescador amazónico en vuelo rasante sobre el río. Es que el Noel Kempff alberga unas 620 especies de aves y lo transforma en uno de los mejores destinos bolivianos para los amantes de los pájaros.
Estas mismas aves, repartidas en los bosques de la meseta Huanchaca, las sabanas inundadas, los bordes de río, pantanos y bahías, y que hoy atraen a la mayoría de los visitantes del parque -no más de 500 personas al año-, fueron la pasión del naturalista cruceño Noel Kempff Mercado, en cuyo honor fue bautizado el parque, luego de que fue acribillado por un grupo de narcotraficantes.
Hace 18 años, la meseta Huanchaca y sus alrededores eran un lugar remoto para los bolivianos, algo así como una tierra de nadie, donde era difícil ejercer soberanía y mantener el orden. Hoy no ha cambiado mucho el panorama. Sigue siendo casi imposible adentrarse en la espesura de la selva.
A ratos, cuando uno ve los caimanes sumergirse sigilosamente en el agua da la sensación de que nadie ha navegado antes por el río Iténez. Pero sólo a ratos, porque basta cruzarse con un par de pescadores para volver a la realidad y caer en la cuenta de que del otro lado están los brasileños ejerciendo soberanía en su tierra, en el estado de Rondonia, con carreteras, haciendas ganaderas y complejos turísticos dedicados a la pesca.
Hasta Flor de Oro sólo se puede ir por vía aérea. Se recomienda visitarlo en época de lluvias, para apreciar mejor las cataratas Arco Iris y Ahlfeld, y para poder llegar hasta ellas navegando por el río Pauserna. Aquí hay gran cantidad de aves, caimanes y mamíferos de río, como delfines amazónicos y londras.
Habitantes de siempre
En precarias condiciones viven los dos guardaparques del puesto de Las Torres. Sin electricidad ni agua potable.
Están prácticamente aislados del lado boliviano, porque justo al frente tienen un lodge de pesca donde se abastecen de cigarrillos y cervezas frías. Son relevados cada dos meses.
Ellos, así como los otros 24 guardaparques, deben controlar las entradas y salidas del millón y medio de hectáreas que tiene el parque.
Datos útiles
Programas
Si bien los campamentos de Flor de Oro y Los Fierros son administrados por la Fundación Amigos de la Naturaleza, sólo se puede acceder a ellos por medio de un operador turístico.
Sugerencias
Para visitar el parque vacúnese contra la fiebre amarilla. Use repelente que contenga DEET, especialmente al atardecer y amanecer.
No olvidar binoculares, linterna y bloqueador solar.
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