

Llegamos a Palacios del Arzobispo un soleado domingo de 2000 con la ilusión de encontrar algún descendiente de mis abuelos paternos, promesa que le había hecho a mi padre. Sólo tenía dos datos: sus nombres y la calle donde vivían antes de venir en 1905 a la Argentina.
En la iglesia, frente a la Plaza Mayor, el cura -que recorría 30 kilómetros desde Salamanca- ya estaba para celebrar la misa.
Charlamos con el párroco y nos dijo que entre los 206 habitantes, una bisabuela de 93 años era quien podría ayudarnos. Nos señaló entre los fieles a la señora, y nos dijo que se llamaba Luisa Marcos Sánchez.
El corazón se aceleraba por la sola coincidencia de un apellido. Esperamos a la sombra de los pocos árboles que adornaban la plaza y contrastaban con el viejo color de las piedras.
Al conversar con Luisa pudimos confirmar que era prima hermana de papá y vivía en la misma casa donde vivieron mis abuelos. A esa altura yo tenía un nudo en la garganta y no podía ni quería esconder las lágrimas. La noticia corrió rápidamente. Fuimos a la casa en la calle Del Puente, caminando por callejuelas de casas bajas, de piedra y adobe, algunas con pesebres en desuso y otras como si el siglo XIX no se hubiera ido, todo mimetizado en el color dorado de la meseta salamantina.
Encontramos más familia. Emoción tras emoción. No lo podía creer, caminaba sobre los pasos de mis abuelos. Había encontrado mis raíces y a muchas ramas como yo. Comimos el típico jamón ibérico regado con vino casero. Con la puesta del sol volvimos a Salamanca. Mi esposa trataba de recordar todo para volcarlo con detalles en su libreta de viaje. Yo, recordando a mi padre y mis abuelos e imaginando cómo se viviría en ese pueblito cuyo encanto lo daba ese manto de tejas viejas, las macetas con malvones, las parras y el tiempo.
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