
Doy vueltas por la casa sin saber bien qué hacer. Estoy inquieta, aburrida. Nada me entretiene ni me distrae por más de cinco minutos. Música, el libro de Kureishi, una revista, ordenar el cajón de los corpiños y las bombachas, limpiar el teclado de la computadora con un hisopo, hacerme las uñas, nada.
Al final me cuelgo con un documental de animales en Natgeo y así de un minuto al otro termino llorando como una condenada por un puercoespín bebé. Caída de ficha que le dicen.
Me voy a dormir hecha una Magdalena, todo lágrimas y mocos y bollitos de Kleenex sembrados por la alfombra al lado de la cama. Cuando llego a la agencia doy vuelta la página del calendario que tengo apoyado en mi escritorio. Sí, soy de las que le gustan los calendarios anillados, como que eso de dar vuelta los meses me da más conciencia del paso del tiempo. Lo levanto y leo no sólo julio -para mi sorpresa- sino un cartelito que yo misma anoté que dice: Me viene.
Tengo la excusa perfecta. Puedo atribuirle el llanto al hormonazo. Prefiero.
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