
Créditos: Ohlalá
PARQUE NACIONAL CHAPADA DIAMANTINA.- Es mejor decirlo antes que sea demasiado tarde: son 35 kilómetros y ningún llano. Si no se sube por la piedra escarpada, se baja por picadas barrosas y las rodillas bailan más que cuando bailan salsa. Se usan músculos que normalmente hibernan y a veces duelen. Uno llega a la noche con cansancio voraz y hambre de miedo. Hecha la descarga, al camino.
Florisvaldo Bispo dos Santos no es el protagonista de una telenovela brasileña. Aunque dentro de algunas horas, cuando haya más confianza, dirá que ya no bebe ni fuma, que su único vicio son las telenovelas.
Florisvaldo es Flor, el guía del trekking por la Chapada Diamantina que comienza ahora mismo, con una subida a ese cerro que se ve ahí, del otro lado del río. Cada uno de los ocho integrantes del grupo lleva una mochila con cinco o seis kilos. Son las 2 de la tarde. Hace calor.
Chapada Diamantina es una meseta de altura en el corazón de Bahía, a 400 kilómetros del mar, donde nacen ríos que viajan por serranías, se escurren entre la selva y atraviesan la caatinga, vegetación cactácea del sertão o interior brasileño. Algunos llegan a la Bahía de Todos los Santos. Otros se quedan en el camino. Se convierten en cascadas y piscinas naturales. Aquí se usa el traje de explorador, pero debajo va el de baño. Por eso no se extraña el mar.
El circuito comienza en Lençóis y termina tres días más tarde, en Vale do Capão. La meta es ver la Cachoeira da Fumaça desde abajo y desde arriba. La diferencia entre abajo y arriba son 400 metros. Abajo, el paisaje es un jardín selvático, con helechos, humedad y penumbra. Arriba, un altiplano despejado, con pastizales amarillentos y verdes. De ese verde clarito y brillante que estuvo de moda el año último. En todo el circuito se sube algo más de mil metros. No parece tanto, pero será.
El trekking del divorcio
Flor es más negro que el carbón. Tiene piernas fuertes, poco pelo, nariz ancha y 31 años. Cuando sale de trekking por varios días, su mujer cuida a los niños. Además, ella debe recordar todo lo que pasa en América, la novela del momento.
La mochila de Flor es alta como una modelo sueca, pero más pesada. Lleva kilos y kilos de comida, y utensilios de camping. Además de guía, es cocinero, enfermero y a veces, filósofo. Cuando todo esto termine, contará: "Yo les digo a mis amigos que si quieren separarse y no saben cómo, traigan a su mujer al trekking. Es infalible".
Si Flor dice que lo vio, hay que creerle. Tiene en los ojos una lupa de aumento. Hasta hace unos años era garimpeiro (buscador de diamantes), y su trabajo consistía en distinguir un guijarro de un diamante en bruto, que es más o menos lo mismo. Cuando se creó el parque nacional, hace 20 años, muchos garimpeiros, baquianos de primera mano, cambiaron a guías ecológicos. Como Flor, que ya tiene tarjeta personal y clientes que llegan de Alemania, España y la Argentina directamente a su oficina. Un diamante se paga bien. Pero hay que encontrarlo. Los turistas pagan mejor y andan por todos lados.
Manos y garra
Este trekking es una escalera servida. A veces bastan las piernas. Otras, se necesitan las dos manos y hasta alguna extra para afirmarse en las rocas.
En el grupo hay tres catalanes; uno viene de cruzar el Atlántico a vela y en solitario. Tiene las piernitas flacas como tero. Si uno camina detrás de él, cree que en cualquier momento trastabilla. "Lo mío es el barco, ahora por lo menos lo sé", dice Tony Serra mientras se refresca los pies durante una parada.
El paisaje de la Chapada tiene algo de principio de los tiempos, de planeta imaginario, con pastos bajos y montañas de piedra y sin punta. Tepuyes, orquídeas, valles de cuarzo y profundas grietas en la tierra. Todo esto se parece a la Gran Sabana venezolana. Se cree que allí se inspiró Conan Doyle para escribir El mundo perdido, pero bien podría haber sido por aquí. En la Gran Sabana está el salto más alto del mundo, el del Angel, con 970 metros. Aquí se encuentra el segundo, la Cachoeira da Fumaça, con 400.
En el trekking hay distintas categorías de paradas: las cortas, después de una subida o para tomar un trago de agua del río; las medianas, que duran un picnic, con sándwich de atún, tomate, zanahoria y queso, y las largas, cuando cae la noche. Como ahora.
Flor ubica el campamento sobre unos playones de piedra, a orillas de un riacho. El que quiere puede dormir en carpa. O bajo las estrellas, con la música del agua que se oye fuerte como un tren. Antes, un bocado o, bueno, un elefante, después de tanto ejercicio.
El guía sabe del hambre porque él también lo siente. Con una mano enciende el fuego, con la otra pela tomates. Se mueve como un trompo. De repente le crecen otras manos. La tercera saltea el pollo, la cuarta revuelve frijoles y la quinta prepara una caipirinha con cachaça. Flor parece una diosa hindú con ocho brazos. El colmo: para cocinar usa una linterna de minero en el entrecejo, como un tercer ojo. Pero nada que ver con el hinduismo. Esto es Bahía, tierra candomblé y orixás.
A las 7 de la mañana, el desayuno está listo. Frutas cortadas, café, granola y pan tostado. Flor prefiere arroz y frijoles, pura energía para caminar. "El guía despierta con hambre", dice y sigue comiendo.
Filosofía del camino
El sendero es finito como el que hacen las vacas en el campo. Sube y baja por los cerros y uno siente que las piernas lo pueden llevar lejos. Como a Diego Azubel, ese argentino que hace cerca de dos años que camina por China. Ya recorrió la Gran Muralla y ahora va hacia Mongolia.
Algunos, en cambio, no comparten la filosofía de caminar. Pero están aquí porque querían ver cómo era. O para acompañar a la novia. Si es correcta la teoría de Flor, es probable que después del circuito haya una ruptura. "Nunca hice trekking y ahora entiendo por qué. Creo que es una actividad obvia, como trazar dos puntos y decir estoy aquí y quiero llegar allí. Y listo, camino hacia el objetivo", dice un mochilero chileno, y enseguida describe diez lugares mejores que éste, claro, en los que podría estar ahora.
El velerista catalán debe pensar lo mismo, pero se ahorra el comentario porque sus dos amigas, Berta y Ana, están muy entusiasmadas con esto de convivir con la naturaleza. El trekking no llega a los tres días, pero el tiempo sobra para tejer complicidades extrañas, y también soledades.
En la clasificación de paradas faltó una: la parada para tomar baños en ríos de Coca-Cola. Tienen un color entre rojizo y amarronado por el hierro. Adentro son helados y ayudan a estirar los músculos agotados. Abrir los ojos debajo del agua es inútil: no se ve nada. Es peor que un cuarto oscuro.
Cueva de sardinas
La segunda noche llueve y por decisión general no se arman las carpas. Toca dormir en una cueva. Todos apiñados. El cuadro es similar al de una lata de sardinas. Salvo por los ronquidos y las vueltas de los que no se pueden dormir.
El tercer día es corto. Por la mañana, tres horas de camino hasta la primera meta: la Fumaça por abajo. El camino es sombrío por tanta vegetación. Hay que prestar atención para no resbalarse. Adelante se ve una gigantesca pared de roca. Tan alta que para mirarla bien hay que tirarse al suelo. Aun así, el agua no aparece.
-¿Y el agua? -pregunta Tony, a punto de morir de la decepción.
-Hay poca agua, pero si miran bien arriba, en la naciente, verán que cae algo y el viento la desparrama formando como una nube de vapor. De ahí el nombre, fumaça.
Un almuerzo frugal en este hueco en la tierra y vuelta al campamento. A cargar las mochilas para el final. El sol está bajando. El chileno y su novia caminan distanciados, como si supieran el pronóstico que Flor hará más tarde.
El último tirón es bravo. Hay varios pies ampollados y uno comienza a preguntarse si falta mucho, si se verá el agua, si en Lençóis habrá alguien que haga masajes.
En todo el camino hay lagartijas que se esfuman ni bien escuchan las pisadas de tanque de los borceguíes. Cada tanto alguna se queda paralizada, encandilada por el ruido. Hasta que sin avisar dispara entre las rocas, rápida como un auto de Fórmula 1.
Arriba, por fin arriba, la vista es infinita, extensa y con grietas profundas que dan la impresión de terminar en otro mundo. El paisaje lleva a los viajes fantásticos que imaginó Julio Verne. Si alguien leyó Viaje al centro de la Tierra, en este lugar tendrá un link directo a esas páginas.
Como lombrices temerosas
El grupo avanza hacia un vacío profundo y Florisvaldo Bispo dos Santos se pone serio: "Tengan cuidado. Pueden asomarse, pero no hay protección. Vayan hasta el borde. Si les da miedo, yo les tengo los pies. De a uno, por favor".
Esta parte del trekking es opcional. Hay que reptar con la panza pegada a la roca tibia, despacio hasta un balcón sin baranda. Cada expedicionario parece una lombriz con reuma. Pero esto no es chiste. El vacío es poderoso. Provoca una sensación de vértigo, miedo y atracción a la vez.
A lo lejos, las montañas altas y planas, como tortas de chocolate. También se ven cerros redondeados, con crestas punk o perfil de indio.
Aquí arriba, a 1300 metros y con el viento en la cara, uno se siente lo máximo. Si tiene agua o no la Cachoeira da Fumaça a nadie le importa. Hay un estado general de "lo conseguimos, ¿cuál es la próxima meta?"
El grupo bromea y está dispuesto a partir cuando llegan dos chicos con un monociclo. Ellos no hicieron el trekking de tres días. Tomaron un atajo de dos horas desde Vale do Capão. Están vestidos con colores de circo y hablan fuerte, en italiano. La presencia del monociclo eriza la piel del catalán, que prefiere darse vuelta. Aquí no hay seguridad, sólo un hombre que vende Coca-Cola, después de tres días es el primer contacto con la civilización.
Los chicos nuevos caminan directo al abismo. Dos metros antes se detienen. De repente se produce una tensión más amplia que la visibilidad. ¿Van con el monociclo al borde del precipicio? El chileno y la novia intercambian una sonrisa, la primera en toda la tarde. Quizás el presagio de Flor tiene algunas excepciones. Pero eso no se sabrá en esta historia.
Los chicos nuevos están a punto de subirse a la bicicleta manca. Florisvaldo frunce el ceño y dice: "Mejor vamos ya mismo, que si llega a pasar algo nos tocará ser testigos".
El grupo obedece y camina hacia adelante. Nadie se da vuelta. Un paso, dos, tres. Hasta que alguien no puede más y gira la cabeza hacia atrás. El italiano de remera roja está arriba del monociclo, a metros del vacío. Tiene las manos extendidas, la cara pálida y una sonrisa histérica. Uno de los del grupo rompe el silencio tenso y pregunta intrigado: "¿Qué viste?"
Otro contesta:
-Nada, veo que Flor hizo todo el trekking descalzo. ¿Se dieron cuenta?
Por Carolina Reymúndez
De la Redacción de LA NACION
De la Redacción de LA NACION
Datos útiles
Cómo llegar
En avión US$ 570
Desde Buenos Aires hasta Salvador, de ida y vuelta, por un mes, con tasas e impuestos.
Desde Buenos Aires hasta Salvador, de ida y vuelta, por un mes, con tasas e impuestos.
Hasta Lençóis
Desde la rodoviaria de Salvador parte la empresa Real Expreso dos veces por día hasta Lençóis. El pasaje de ida cuesta US$ 15.
Trekking
El circuito de la Cachoeira da Fumaça, de 3 días y 2 noches, cuesta US$ 80, con la comida incluida, y también en alojamiento en carpa o bajo las estrellas, como más le guste. Es un trekking de dificultad media. La carpa y las bolsas de dormir son provistas por la agencia de turismo donde se contrata el circuito.
Alojamiento
Lençóis vive del turismo, así que hay opciones para todos los gustos y presupuestos. No es necesario reservar, salvo si el viaje es en verano, Semana Santa o fin de semana largo.
- El hotel Canto das Aguas es el mejor del pueblo. Buen gusto, atención cinco estrellas y una gran piscina a orillas del río Lençóis. La habitación doble en temporada baja cuesta US$ 50.
- El hostel Chapada, de la cadena Hostelling International, es un buen lugar para los que viajan solos. Allí pueden conocer a otros viajeros y hacer excursiones. La habitación compartida cuesta US$ 13 por persona.
Gastronomía
A la vuelta del trekking, el cuerpo necesita descanso, masajes y buena comida.
- Picanha na Praça. Está en la plaza principal y es el restaurante más tradicional. Su especialidad, la picanha, un corte de carne brasileño. Llega a la mesa con parrilla y todo, y se acompaña con arroz, ensalada y farofa, US$ 15 para dos.
Otros circuitos
Hay tanto para hacer que uno podría quedarse en la Chapada por 20 días y estar de lo más ocupado. Además de realizar algún trekking, se recomienda el Circuito N° 1, que dura todo el día y se recorre las principales atracciones de la zona, que incluyen grutas, cavernas, vistas panorámicas y baños refrescantes en varios ríos. El paseo cuesta 20 dólares.
En Internet
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