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 • HISTORICO

Cinco programas en la otra orilla

Bici-tours, paseos sobre adoquines, la casa del gran escritor Mario Levrero y más, en una escapada a la ciudad colonial más linda de Uruguay




Colonia debe de ser una de las escapadas más elegidas para las parejas que empiezan a levantar vuelo. Al menos por un fin de semana. Si Buzios es una playa mielera por excelencia, Colonia vendría a ser el primer destino noviero, una convivencia resumida en la otra orilla, el viaje de bautismo que casi nunca falla (en el peor de los casos, huir es fácil porque los ferrys salen a cada rato).
Se sabe que, con mal tiempo, algunas ciudades resultan más tristes que otras. Pero, con sol y calorcito, esos mismos lugares también se iluminan distinto y terminan siendo más alegres. Algo así pasa con esta pequeña joya histórica uruguaya que reverbera en la orilla de enfrente, la única fundada por portugueses en las costas del Río de la Plata, punto de encuentro de pintores, músicos, cocineros y bohemios. Lo que sigue son cinco programas para disfrutarla.

1- El casco histórico

No hace falta fichar en los museos, si uno anda con más ganas de pasear que de instruirse en asuntos coloniales. Pero sí vale la pena pasarse la mañana en el casco histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1995. Ir por la Calle de España hasta el Bastión del Carmen, la antigua fortificación que formaba parte de la defensa amurallada de la ciudad, hoy reciclada en espacio cultural. Se puede enfilar luego por la Calle de los Suspiros, que en teoría se llama así por los suspiros de los prostíbulos que funcionaban en las casas linderas; cruzar la Puerta de la Ciudadela, con su puente levadizo; asomarse al Convento de San Francisco, que data del siglo XVII; la Iglesia Matriz -la más antigua de Uruguay-, y apreciar las casas coloniales (la Casa Nacarello y la del Virrey están abiertas al público). Para mostrarle a la persona que llevamos del brazo que también tenemos un costado culto, o simplemente mandarnos la parte, se puede entrar a los clásicos: el Museo Municipal, el Museo Portugués y el del Azulejo, con su preciada colección de azulejos de Francia, Italia y España.

El faro se construyó sobre las ruinas del convento San Francisco Javier; abajo: los autos antiguos –por lo general en buenas condiciones– son una postal habitual en la ciudad2- En bici

El plan de la tarde es la bici. Pero antes se impone el almuerzo. Algunas opciones en el Barrio Viejo son: el Drugstore, una colorida esquina con mesitas afuera y un Ford T acondicionado para comer en su interior, en donde un pescado y una Pilsen rondan los 170 pesos argentinos; la Bodeguita, famoso por sus pizzas, o la crepería La Galette, sobre la calle San José (también es recomendable el restaurante del Yacht Club Uruguayo, en donde manda el pejerrey a la plancha). Ya saciados, la bicicleteada arranca allí mismo, en el puerto de yates. Se toma la Rambla Cristóbal Colón, que luego se transforma en la Rambla de las Américas y nos lleva a dos sitios muy bonitos: por la avenida Mihanovich se llega a la Plaza Real de San Carlos, desde donde las tropas españolas pusieron sitio a la plaza fuerte portuguesa en 1761. Si no, podemos seguir derecho por la Costanera, bordeando la playa Los Verdes hasta el complejo del golf del hotel Sheraton, con sus casas de fin de semana y el olor a pastito recién cortado sobre el fondo del río.

3 - El acuario

No se esperen tiburones, ni peces espada ni a Jacques Cousteau dándonos la bienvenida. El acuario de Colonia no es la meca de los submarinistas de la región, pero puede ser un buen paseo si llueve o si lo colonial terminó cansando (los adoquines también tienen un límite). Abre todos los días, menos los martes, desde las cuatro hasta las ocho de la noche. Su aspecto de gruta alberga a las grandes vedettes de la fauna marina rioplatense: palometas, mojarras, bogas, sábalos, tarariras y bagres bigotudos se mueven en esas aguas con la misma parsimonia que los uruguayos a la hora de la siesta. Hasta el propio Cousteau se estresaría de tanta calma y renunciaría a su puesto en el acuario.

4 - Una posada literaria

Para quienes no leyeron nada de él, Mario Levrero es un escritor uruguayo de culto -falleció en 2004- y uno de los narradores sudamericanos que mejor exploró el vacío, la desidia y una suerte de existencialismo "a la uruguaya", tan o más espeso que el fondo del Río de la Plata. Entre 1990 y 1996, Levrero vivió con su pareja en una casita en Colonia, que queda a pocas cuadras de la terminal fluvial. Ese lugar fue comprado en 2011 y convertido en posada por una familia argentina -vivían en Villa Urquiza, probaron suerte en España y terminaron en Uruguay-, que la refaccionó sin saber que había sido del escritor. Ya sea casualidad u obra del destino, respetaron casi toda la fisonomía de la casa. "Unos días antes de inaugurar nos enteramos de que era de Levrero y, como no habíamos leído nada de él, fuimos corriendo a la biblioteca a investigar; nos dijeron: «Busquen en el estante al lado de Benedetti»", recuerda Santiago, gerente del hotel. Desde entonces, cada día se acercan vecinos para contar historias sobre la casa y sus antiguos habitantes.
En la novela El discurso vacío se citan pasajes de la vida cotidiana del escritor entre esas paredes. "Habla de los huesos de Pongo, su perro, enterrados debajo de las hortensias, y cuando trabajamos en el jardín estaban ahí mismo", explica Santiago. Con el paso del tiempo, los dueños de la posada se terminaron devorando los libros del escritor (están a la venta en recepción, junto a varias rarezas difíciles de conseguir en librerías).
Hoy los cuartos se llaman como las novelas de Levrero: La banda del ciempiés, El discurso vacío, La novela luminosa y El alma de Gardel . "Nos gusta pensar que Levrero nos eligió a nosotros, que nos estaba esperando, y la verdad es que nos convertimos en fanáticos suyos a través de su casa", afirma Santiago. Basta con subir la escalera a los cuartos para encontrarse con el universo levreriano: hay fotos del escritor en musculosa, vigilando a los huéspedes, con el pucho colgando y los lentes de montura gruesa. Parece decirnos, como en El discurso vacío : "¿Qué se ha hecho de mi alma?, ¿Por donde andará? percibo las cosas superficialmente, no tengo vivencias, estoy apartado del ser interior, demasiado apartado, y sin tener la menor noción de los caminos posibles para acercarme".
Levrero vivió allí con su pareja, la médica Alicia Joppe, y su hijastro, Juan Ignacio Joppe, que se escapaba por la ventana de su cuarto (dormía en El alma de Gardel) para jugar a la pelota. El 3 de agosto pasado, en la inauguración de la posada, acudieron Juan Ignacio y Carla, hija biológica del escritor (el tercer hijo, Nicolás, la visitó unas semanas más tarde), junto a estudiantes, groupies y ex alumnos de los talleres literarios que se daban en la casa. Desde la apertura del establecimiento, se han hospedado fanáticos de Levrero, turistas o despistados que no conocen la historia y se terminan enamorando del personaje.

5 - Santa Ana y El Ensueño

A 22 kilómetros de Colonia se encuentra el balneario Santa Ana, un hermoso paraje de eucaliptos y río, con playa de arena blanca, puestas de sol espectaculares, cero vida nocturna (para eso hay que ir a romper la noche a Juan Lacaze) y, por ende, toda la paz que se pueda pedir. Hay cancha de bochas, club social, camping y un hotel sobre la costa, la Hostería Don Guillermo, que presume de ser sofisticado. La costa es ideal para arrimarse con chicos, porque se puede caminar río adentro muchos metros con el agua a la cintura. El balneario siguiente es El Ensueño, con calles arboladas que recuerdan a las playas de Cariló. En los últimos años, muchos argentinos han comprado lotes en esta zona, a valores que arrancan en los 12.000 dólares.
Si ninguno de estos programas funciona y Colonia termina aburriendo a la pareja en su primer vuelo de bautismo, es mejor cortar por lo sano y separarse en buenos términos antes de que empiecen las peleas y los pases de factura.

Datos útiles

  • Dónde alojarse Sheraton Colonia: desde US$ 195 la habitación, en base doble Posada Le Vrero: desde US$ 95 la habitación doble standard. Escapada. Dos días una noche, con viaje en el Eladia Isabel, alojamiento con desayuno y traslados, $ 912 por persona.
  • Pasajes Buquebús. Ida y vuelta a Colonia en buque rápido con tasas de embarque incluidas $ 528. En el buque crucero Eladia Isabel (3 horas de viaje), $ 390.

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