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 • HISTORICO

Claroscuros de Jerusalén

Varias caminatas por esta ciudad sirven de excusa para escribir en la memoria la historia de las historias




JERUSALEN, Israel.- Me esperaban en Tel-Aviv. Nos abrazamos, compartimos las palabras y los silencios que siempre comparten los amigos después de una larga ausencia, y confiamos en los poderes que dicen que tiene la cerveza helada para luchar contra la sed y las gargantas resecas. Luego subimos al coche; nuestro destino era Jerusalén y yo estaba dispuesto a permanecer allí el tiempo que los bolsillos flacos de un viajero empedernido me permitiesen.
Eso sí, desde el principio tuve la clara conciencia de que este viaje sería distinto de otros anteriores que había hecho hasta esta misma ciudad. Sabía que iba a nada, a caminar, a ver y a oír; todo por el simple placer de hacerlo, sin estar obligado con ninguna de esas redacciones ansiosas que siempre viven a la espera de las noticias de sus periodistas y enviados especiales. No, esta vez no dependía de las urgencias de la historia presente ni de las demandas de ningún editor. Estaba de vacaciones.

Rincones secretos

Sin embargo, cuando me recosté sobre el asiento trasero del Mercedes un tanto viejo que rodaba hacia el destino final, me acordé cuando mi colega y amiga Lilian Isler, conocedora de muchos rincones secretos de Jerusalén, me contó cómo una vez pudo reunirse sobre una terraza de esta ciudad con tres familias que tenían la esperanza de un futuro distinto. Pocos meses antes, Lilian había estado aquí y había pasado horas y horas conversando con una familia judía, otra musulmana y una tercera cristiana -todos juntos- acerca de cómo a cada uno ellos le gustaría pasar la última noche del segundo milenio, según cuenta el tiempo el calendario del Cristo de Nazareth.
Mientras el Mercedes seguía rodando por el pavimento me repetí que esta vez andaría por esa otra Jerusalén, la que es historia de todas las historias, con la esperanza de descubrir aunque sea un pista sobre el porqué de tantas cosas.

En sintonía de luz

La luz de Jerusalén y los brillos que ella provoca tienen una fuerza especial. Ya que se trata de un lugar común, por lo menos a la hora de las palabras. Pero si el viajero se instala así, despojado de aquello que circula por la cabeza todos los días, entonces sí, descubrirá que, en Jerusalén, la claridad es diferente de las claridades de otros lugares del planeta.
A mí, por ejemplo, me hizo sentir que el presente es como un piso con rincones transparentes, sobre el cual uno puede pararse y espiar hacia el pasado.
Había tenido una sensación parecida una tarde en Ginebra, la ciudad Suiza donde Calvino imaginó buena parte de la Reforma, cuando visité por primera vez su catedral. Adentro, sin altares ni santos, el espacio se ofrecía vacío, apenas si cortado en el aire por los sonidos de un órgano gigante. Más adentro, y ya en los subsuelos, el visitante puede recorrer sus ruinas y restos de patios preromanos, baldosones hechos con el sudor de miles de esclavos de la Ciudad Eterna, muros del Medievo y plataformas más cercanas a la modernidad.
En Jerusalén, el tiempo llega desde más lejos, por lo menos de la época del Primer Templo, desde hace aproximadamente mil años antes de la era cristiana.
La luz de Jerusalén permite ver los mismos espacios y las mismas partículas que le daban vida al lugar cuando el Rey David llegó con el Arca, para darle sede política y religiosa a los pueblos unificados de Judah e Israel. David diseñó después la construcción del primer templo de los judíos, el mismo que terminó de levantar su hijo Salomón, el mismo que sucumbió ante el hierro y el fuego del asirio Nabucodonosor, que se había propuesto difundir la cultura de los jardines colgantes de Babilonia, a precio de sangre, muerte y exilio.

De mercados y mercaderes

Los viajeros y los turistas suelen verse en la necesidad de invertir minutos y caminatas en busca de casas de cambio que les resuelvan sus demandas de efectivo en moneda local. Jerusalén es el barrio ideal para tales menesteres; se levanta justo donde termina la David Street y comienza la calle del Monte Zion.
Después de canjear un cheque de viajero, o dólares, nada mejor que gastar lo que uno tenga en faltriqueras en los puestos y en los locales de los mercaderes que vocean y discuten valores y ofertas, en esa zona que se llama de los mercados. Allí se encuentran el de los carniceros , el de las especias y el de los plateros .
En otras palabras, allí se abren las puertas de un mundo de perfumes y colores que sólo los suqs (mercados) de Jerusalén pueden ofrecer.
En ellos uno puede comprar vegetales, quesos, huevos, carnes, alfarería y ropas. Eso sí, que el visitante nunca se olvide de regatear y de visitar los puestos de la calle Malquisinat; ¿qué calle de otro lugar del planeta puede ostentar un nombre tan mágicamente poético?

El anciano Ra y el labaneh

De tanto caminar por esos territorios del encanto, fui a dar con el puesto de un anciano de origen árabe que se hace llamar Ra. Explorador de sabores y de posibles ojos compradores, Ra vende platillos con historia. Así, me hizo probar esa especie de requesón que se llama labaneh , y que se hace con leche de oveja, yogur, un poco de sal y aceite de oliva.
Claro, el labaneh es muy sabroso, sobre todo si se acompaña con pan y vino, pero ingresa en la zona de lo inolvidable (y de lo infaltable a partir de ese momento) cuando el comensal se entera de que es uno de los platos más antiguos del comer bíblico. Los que saben, y Ra es uno de ellos, afirman que el labaneh ya se comía en tiempos de Salomón.
Fue por gracia del gran Ciro, el rey de Persia, que los hombres y las mujeres de Israel pudieron dejar Babilonia para revivir en Jerusalén. Ese proceso comenzó en el 538 antes de Cristo y fue en esa época que los judíos construyeron el Segundo Templo, del que hoy sólo queda como testigo del pasado y del presente su muro occidental, el Muro de los Lamentos.

La ciudad de Herodes

De los tiempos de Herodes (37-4 a.C.) aquí están la Torre de David y el segundo muro de Jerusalén, pero también quedaron las prédicas de un tal Jesús de Nazareth, sacrificado por una traición cuando el procurador romano de Judea, aquel Poncio Pilatos, prefirió lavarse las manos. El proyecto de arquitectura religiosa más portentoso de la Jerusalén de Herodes fue justamente el Segundo Templo. Los romanos saquearon la ciudad y arrasaron con todo. Sólo quedó un tramo del ya mencionado muro occidental o Muro de los Lamentos, que se habría salvado de la destrucción gracias a la shekhinah o presencia divina.

Impronta romana

En el 135 de la era cristiana, el emperador Adriano resolvió que en los alrededores de la vieja Jerusalén se levantase una nueva ciudad, llamada Colonia Aelia Capitolina y sede de lo que los historiadores luego denominaron etapa romano-bizantina de la Ciudad Santa. Pero los pueblos y sus monumentos -calles, foros y plazas, ciudades en una palabra- son más fuertes que cualquier voluntad legislativa, aunque sea ésta la de un emperador, y Jerusalén siguió siendo una.
Con los romanos bizantinos desembarcó aquí el cristianismo en todo su esplendor. Los mejores testimonios de ese tiempo son las iglesias de la Resurrección y la del monte de Zion, construida esta última en alabanza a María y a la Ultima Cena, y conocida como la madre de todas las Iglesias .
Víctor Ego Ducrot

Al pan, pan...

En los tiempos del Viejo Testamento, la gente acostumbraba almorzar muy temprano y en forma frugal, y a sentarse a la mesa para hacer la comida principal antes de que cayera la noche. El comer de los pobres consistía en pan, harina y lentejas; pescados y carnes poblaban las mesas de ricos y pudientes.
Los habitantes de la antigua Jerusalén fueron expertos degustadores de especias y azúcar, y de vinos, aceites y vinagres.

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