
Créditos: Ohlalá
Es una de las más hermosas villas toscanas, pero no se encuentra en Italia, sino en Miami, frente a las aguas de Biscayne Bay, cerca de South Beach y de Coconut Grove. El Museo Vizcaya es casi una alucinación: uno juraría que está en la Toscana o en el Veneto, pero los guías son norteamericanos y los visitantes turistas que llegan a la residencia después de haberse tomado fotografías en el preciso lugar donde fue asesinado Gianni Versace.
Conviene aclarar que Vizcaya fue alquilado hace un tiempo para filmar la vida de Versace (interpretado por Franco Nero). Donatella Versace no permitió que se utilizara la casa real de su hermano; por lo tanto, se eligió Vizcaya porque daba una idea del gusto italiano del diseñador, pero en una escala mucho más suntuosa y refinada.
Originariamente el Museo Vizcaya, perfecto ejemplo de la manera en que realizaban sus fantasías estéticas los millonarios norteamericanos de principios del siglo XX, fue la casa de invierno del industrial James Deering. La residencia fue construida entre 1914 y 1916. Como Deering sufría de anemia perniciosa, los médicos le habían aconsejado que pasara los meses fríos en un clima templado.
El rico paciente consideró entonces la posibilidad de levantar un refugio para su salud en la India, en el Caribe, en México, y finalmente se decidió por Miami que, por entonces, era una ciudad relativamente pequeña. En la construcción de Vizcaya trabajó un diez por ciento de la población de Miami.
Deering le pidió a Paul Chalfin, un pintor y diseñador radicado en Nueva York, que lo ayudara a plasmar sus ensueños renacentistas y barrocos en Florida. Chalfin estaba asociado con la legendaria Elsie de Wolfe, la mujer que impuso la profesión de decorador de interiores en los Estados Unidos, y había estudiado en la Ecole de Beaux Arts de París. El millonario y el artista viajaron por Europa para comprar paneles, pinturas, chimeneas, rejas, muebles, tapices y alfombras. Las tejas, por ejemplo, las hicieron desmontar de los techos de quintas portuguesas y las llevaron a Vizcaya.
El dúo de estetas visitó las grandes villas italianas, como La Pietra, cerca de Florencia, que pertenecía a lord Arthur Acton, en busca de inspiración. James y Paul concibieron entonces la novelesca idea de construir en Biscayne Bay una residencia que debía producir la impresión de haber sido habitada durante trescientos años por una familia noble de origen europeo. Los salones y los cuartos reflejarían los cambios históricos y las modas de esos imaginarios propietarios, desde el siglo XVI al XVIII. Por supuesto, se dotaría a la casa del confort del siglo XX.
Como Chalfin no era arquitecto, se asoció con Francis Burral Hoffman para que le diera solidez a la construcción, que sería algo así como una sucesión de magníficos escenarios teatrales. Los jardines se encomendaron al paisajista Diego Suárez, nacido en Bogotá, pero educado en Florencia.
Con vista al patio
Los salones y habitaciones de Vizcaya (sótano, planta baja y primer piso) están dispuestos alrededor de un patio central cubierto. La fachada imponente tiene la escolta de dos torres. En la planta baja están la recepción, el hall Renacimiento, la sala de música, la de té, la de banquetes y la biblioteca. En el piso superior se hallan la suite del propietario, un salón para el desayuno, las cocinas y los cuartos de huéspedes. El sótano reserva la sorpresa de una piscina que se extiende debajo de la casa para salir al aire libre y formar una especie de foso medieval. El visitante cree hallarse en una suerte de gruta mitológica. En la parte cubierta de esa pileta de natación, el techo abovedado y las paredes están cubiertas de fantasías marinas y dibujos de plantas.
El muelle en forma de arco termina en una pérgola donde, en los días muy calurosos, Deering tomaba el té a la sombra. Para que la vista de la bahía desde el jardín de invierno no fuera monótona, Chalfin hizo construir un lanchón de piedra a unos veinte metros de la orilla. El pétreo buque, tapizado de musgo, es una especie de isla, de formas y elementos decorativos de estilo neoclásico, que surge en medio de las aguas y sirve de rompeolas.
Los interiores de Vizcaya son notables por los muebles y las piezas de arte que conservan. La recepción, de estilo Luis XV, tiene las paredes recubiertas por una boiserie tallada y dorada, y el techo de estuco fue traído del palazzo Rossi (1750), de Venecia.
La biblioteca es un homenaje al estilo Adam. Los sillones de ese ambiente son del siglo XIX, pero fueron tapizados con tejidos del siglo XVIII. En el hall Renacimiento se destaca una mesa que perteneció a la familia Farnese, con unos unicornios alados. En un ángulo del salón impresiona ver un órgano colocado entre columnas barrocas, debajo de un cuadro de escuela napolitana del siglo XVIII que muestra a la Sagrada Familia.
En las cocinas se expone la vajilla de los dos yates, así como unos platos de porcelana y oro, de fabricación inglesa, cuya historia despierta una sonrisa. Los platos son la muestra que envió la fábrica inglesa a Vizcaya para que Deering aprobara el diseño. Deering lo aceptó con entusiasmo. Entonces la compañía británica realizó el juego completo, lo embaló cuidadosamente y, para que no se produjera ningún inconveniente, embarcó el tesoro en el transatlántico más seguro del mundo: el Titanic.
En el primer piso, cada habitación de huéspedes está dedicada a un estilo distinto y abunda en detalles de un lujo y un refinamiento exquisitos. El baño de Mr. Deering tiene, naturalmente, canillas de oro. De oro también era el marco del espejo en el que se miraba mientras un servidor de librea lo afeitaba.
Desde la ventana se tiene una vista deslumbrante de los jardines en la terraza, que se abren en abanico. Los árboles de follaje recortado en forma geométrica, los canteros de formas curvilíneas y las fuentes imitan los diseños de los jardines florentinos, pero con plantas tropicales. El día de la inauguración de Vizcaya, James Deering llegó a su palacio por el mar en uno de sus yates, y mientras se acercaba al muelle privado, dos antiguos cañones italianos, disparados por apuestos jóvenes vestidos a la usanza del siglo XVIII, saludaron ruidosamente su llegada.
Hoy Vizcaya está abierto a los visitantes, y si se tiene suerte con la agenda se puede asistir a conciertos en la sala desde la que se ve la bahía.
Por Hugo Beccacece
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