Newsletter
Newsletter

Con Anthony Hopkins, en un pub londinense


Créditos: Ohlalá



En 1971, el Equipo de Teatro Experimental de Buenos Aires (Eteba), al que pertenecía, tenía el proyecto de hacer una especie de trabajo de laboratorio que consistía, fundamentalmente, en preguntarnos por qué el teatro es una disciplina de conocimiento y por qué nosotros estábamos haciendo teatro, aunque sin contestarlo tan rápido.
Estoy en el teatro desde chiquito, pero nunca me había preguntado realmente qué era el teatro para mí. Y este trabajo me pareció una buena manera de averiguarlo, no desde la filosofía ni tampoco desde la psicología, sino desde otro punto de vista: el del arte. Y para eso justamente adoptamos la disciplina de investigación.
Después de un año muy intenso con mucho trabajo, lo primero que se nos dio por hacer fue Peer Gynt, de Ibsen, pero modificado. Se llamó La leyenda de Pedro, un espectáculo que sonó bastante, sobre todo desde el punto de vista estético. Nos fue tan bien que nos invitaron a la Reseña Internacional de Florencia y al Festival de Nancy, en Francia. Y a partir de eso empezaron a invitarnos a todos lados.
Incluso fuimos a Berlín, aunque éramos un poco una excepción entre los grupos que frecuentaban esos festivales. En Nancy, en ese momento, la mayoría de los grupos estaba enrolada en la corriente Grotowski: había mucho tipo desnudo, mucho taparrabo, mucho grito y revolcón. Y nosotros hacíamos un teatro un poquito más teatral.

Un Coriolano que sería famoso

Estábamos ahí todavía cuando nos invitaron al Festival Internacional de Teatro en Londres no para actuar, sino para participar. Fuimos a ver Coriolano, entusiasmados, sobre todo por la versión de Brecht. Y apareció Anthony Hopkins haciendo del mismo Coriolano.
Debo aclarar que en ese momento Anthony Hopkins era un anónimo actor suplente -es decir que ni siquiera estaba en el programa-, y nosotros lamentábamos que nos tocara ver soló a un simple suplente.
Sin embargo, Hopkins nos emocionó mucho. Era extraordinario este hombre. Tenía una espontaneidad que no tenía casi ninguno de sus colegas. Reaccionaba con una violencia tan auténtica que estábamos conmovidos, a pesar de que sólo entendíamos a medias ese inglés.
Nos quedamos tan entusiasmados que fuimos a saludarlo al camarín. Pudimos pasar y nos presentamos como un grupo de teatro argentino, etcétera, y él nos invitó a tomar una cerveza. Fuimos a un pub de la esquina y empezó a beber de una manera que llamaba la atención, una medida tras otra, y comenzó a despotricar contra todo Cristo, especialmente contra sus colegas actores.

Todo mal

De uno decía que era un fantoche, que no era un actor. Le preguntamos por Laurence Olivier, y nos dijo que era una buena persona. Pero como actor no: "Ustedes vieron el Otelo... Lamentable. Yo no sé por qué en todas partes dicen que es el mejor actor del mundo", nos decía.
Después le pregunté por un actor que admiro mucho, Paul Scofield: "Ese sí, ése es el mejor que tenemos -nos dijo-, pero es un tipo que nunca pasa un secreto ni ayuda a un actor joven. Es un amarrete".
En un punto fue una especie de desilusión. Nos preguntábamos cómo este tipo tan bueno tiene necesidad de escupir tanto para todos lados. Después supe que a lo largo de su vida, cuando se deprime un poco, Hopkins acostumbra despotricar contra el cine, contra su carrera y contra todo lo que lo rodea.
Nos quedamos muy contentos de conocer a un anónimo actor -yo hablaba siempre de él cuando aún nadie sabía quien era-, y jamás hubiéramos imaginado que algunos años más tarde iba a convertirse en una estrella muy notable en todo el mundo.
El autor es director y entrenador de actores
Por Augusto Fernandes
Para LA NACION

¡Compartilo!

SEGUIR LEYENDO

¿Cuáles son los mejores lugares para probar este clásico postre italiano?

¿Cuáles son los mejores lugares para probar este clásico postre italiano?


por Redacción OHLALÁ!


 RSS

NOSOTROS

DESCUBRÍ

Términos y Condiciones


¿Cómo anunciar?


Preguntas frecuentes

Copyright 2026 SA LA NACION


Todos los derechos reservados.

QR de AFIP