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Corriendo como ratas por el río Tees

Lectores de viaje: crónica de una curiosa carrera en el norte de Inglaterra


Créditos: Ohlalá



Las carreras para aficionados están de moda en todo el mundo. No son sólo eventos deportivos, sino que se fusionan con lo social y lo recreativo y atraen a miles de participantes en busca de una opción sana y cierta cuota de desafío personal. Ya a esta altura existe una infinidad de variaciones de la clásica maratón urbana, media maratón o la distancia que sea. Y una de las tendencias es añadir todo tipo de obstáculos, algunos muy triviales y otros no tanto: tramos a nado o remo, paredes a trepar, pasamanos, montañas, barro y ¡hasta descargas eléctricas!
En paralelo, en todo ámbito laboral siempre hay un entusiasta encargado de reclutar voluntarios, insistiendo a sus colegas largos meses hasta conseguir una masa crítica de corredores, que en su mayoría ni saben en qué se están metiendo. Y así se forman los equipos más heterogéneos e insólitos.
En la ciudad del norte de Inglaterra Stockton-on-Tees, por ejemplo, se corre la tradicional Stockton River Rat Race. Simplemente 10 km con obstáculos diversos, en verano, por la orilla y a veces por las aguas del río Tees.
Stockton es un lugar pintoresco, aunque muy lejos de ser un súper centro turístico. En cambio, sólo 50 km hacia el norte se encuentra la ciudad de Newcastle upon Tyne, que además de ser conocida por el equipo de fútbol, cuenta con una animada vida nocturna.
Como sugerían en la web, era una buena idea entrenarse y llegar en forma para soportar la carrera sin problemas. Para ser sincero, entrenar nunca fue mi fuerte, por lo tanto todo lo que hice fue confiar en que jugar al fútbol cinco una vez por semana sería suficiente, además de las ocasionales bicicleteadas al trabajo. No me equivoqué: llegué con lo justo a la meta, pero con la frente bien alta y dejando casi en ridículo a mis dos compañeros de trabajo, más lentos, a quienes tuve que esperar mucho más de lo tolerable. Esto es peor aún si se tiene en cuenta el abismo entre las edades: 30, ellos; 44, yo. Es que la consigna había sido desde un principio correr al ritmo del más lento. Y así fue como tardamos casi dos horrendas horas en cruzar la meta; un desastre.

Táctica y estrategia

Los obstáculos en estas carreras, hasta cierto punto, ayudan. Desvían los pensamientos un poco de lo que queda por delante y obligan a parar y esperar el turno para salvar la prueba. Son demoras cortas que permiten al corredor que viene medio jugado tomar un respiro y simular que todo va bien. En este caso, hubo de todo un poco: saltar vallas de contención, pasamanos, varias colinas muy empinadas, túneles para arrastrarse, varios tramos cortos nadando, equilibrio sobre troncos... Es cómico ver a algunos "luchando" con la dificultad en cuestión. Uno se pregunta cómo cierta gente puede tardar tanto en saltar una pared de dos metros o en cruzar por las islas flotantes sin caerse al agua. Pero, claro, cuando nos llega el turno, las respuestas vienen solas y lo que parecía fácil deja de serlo.
Según nuestro integrante y estratega del equipo, John (ex Army), la táctica universal para mantenerse competitivo en estas carreras es identificar alguna señorita con (al menos) buenas piernas y correr unos metros por detrás, simplemente apreciando su cadencia. Lógicamente, esto es más motivante que pensar en la aburrida medalla que recibiremos de premio, solo que a veces las chicas corren muy rápido y no es fácil mantener el ritmo.
Sin dudas el río aporta toda la magia en esta competencia. Por supuesto es muy frío, lo cual era más que esperable y mi principal preocupación inicial, pero sólo hasta que lo vi de cerca. Sin estar terriblemente contaminado, el agua es más sucia de lo que cualquiera hubiera deseado. Tan así que los organizadores repetían todo el tiempo por altoparlantes que por ningún motivo había que beber agua del río. Claro, suena muy lógico, pero seguramente más de un corredor algo tuvo que haber tragado sin querer.
Lo sobresaliente de la jornada fue el súper salto al vacío desde el gran HM Bark Endeavour, previa caminata por la tabla de madera al mejor estilo pirata. El barco es una maravillosa réplica del que en el siglo XVIII había explorado las desconocidas aguas del Pacifico Sur, al mando del capitán James Cook. Desde ya unos pocos desistían de la prueba para así no afrontar la caída libre desde esos 4 o 5 metros de altura. Pero para cualquiera medianamente intrépido, ese momento era sin dudas el más esperado, el momento de la foto.
Luego restaban unos 20 metros nadando hasta la orilla y casi medio kilómetro a pie hasta la meta final, que se trataba ni más ni menos que de una última y sencilla rampa, aunque muy complicada de subir. No por lo difícil sino por el desgaste que uno traía encima.
Esteban Bernasconi

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por Redacción OHLALÁ!


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