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 • HISTORICO

Cristina Carlisle en Moscú




Cristina Carlisle tuvo un padre diplomático y la infancia de mudanzas que eso implica. Dice que siempre estuvo acostumbrada a cambiar de país permanentemente, de amigos, de casa, de idioma, y que en ese vértigo de cosas los libros y el arte eran su refugio, lo único que marcaba el punto de unión entre lo discontinuo.
Hoy, después de haber estudiado Historia del Arte en la Ecole du Louvre de París y de haber trabajado durante dieciocho años en el New York Times, Cristina C. vive nuevamente en la Argentina, donde acaba de asumir su cargo como representante de Christie´s, la casa de subastas fundada en Londres en 1766.

Un refugio estepario

"En la década del cincuenta, cuando yo tenía 5 años, nos fuimos a vivir a Moscú, y creo que a esa ciudad le debo gran parte de mi ligazón con el mundo del arte. Me acuerdo que el ballet, la música y la pintura eran algo primordial en la educación que yo recibí en los cinco años que viví en Moscú.
"Algo que se complementaba con el espíritu de los rusos, gente tan emotiva, con un carácter temperamental y una sensibilidad especial para el arte. Me acuerdo, por ejemplo, de que nuestro chofer era cantante de ópera en las horas en que no trabajaba, y eso lo convertía en una de las personas que más merecían mi admiración. Otra imagen que tengo muy grabada es la de esas bailarinas rusas tan imponentes, tan profesionales.
"Nuestra relación con los chicos rusos estaba completamente atravesada por el las diferencias políticas. Nosotros vivíamos en esas especies de ghetos diplomáticos y me acuerdo que una de las grandes diversiones era hacer guerras con bolas de nieve y gritarnos ¡comunistas! y ¡capitalistas! como un insulto que ninguno de la banda terminaba de comprender."
Uno de los lugares de la ciudad donde Cristina C solía encontrarse con la gente y las cosas que estaban más allá de su mundo privado era Prospekt Mira, la Avenida de la Paz, un lugar donde se encuentra el hotel Kosmos, uno de los más imponentes de la ciudad, y donde años después se erigiría el gran obelisco en homenaje a los logros en la exploración espacial en el que funciona el Museo de Cosmonáutica.
"Ibamos a Prospekt Mira especialmente por una cuestión de trueque con los chicos rusos: cambiábamos rublos antiguos por chicles americanos. Ese lugar era, además, una ocasión magnífica para aprender el ruso tal como se lo hablaba en el mundo real.
"Otro de los lugares de peregrinación de mi infancia era el monasterio Novodévichi; mi madre nos solía llevar siempre ahí, a ver la arquitectura magnífica de ese lugar donde están enterrados nobles y personajes de gran importancia para la cultura rusa."
Cristina C. se fue de Moscú en los sesenta y volvió veinticinco años después por trabajo. Ese regreso sólo confirmó, dice, su completa fascinación por la ciudad y su gente, "esa gente en la que se percibe tan bien el componente tártaro, con esa piel tan clara, esos pómulos altos".
"Mis primeros días fueron como un homenaje a Proust, todo me volvía a una escena de la infancia: el olor de un cigarrillo ruso, por ejemplo, la música de la lengua.
"Volví a ver el hotel Ukraína, que es uno de los siete rascacielos de Moscú y uno de los lugares desde donde se puede ver el río Moscova, que atraviesa la ciudad.
"También fui al Bolshoi -una pieza clave del clasicismo moscovita- y ahí volví a admirar la cultura de ese pueblo. La gente va sin ninguna pompa, sin prestar demasiada atención al vestuario personal, y sin embargo comprende y disfruta lo que está viendo de un modo mucho más cabal, incluso más aristocrático que muchos de los turistas que están espléndidamente vestidos."
Dice Cristina C. que uno de sus descubrimientos favoritos en este segundo encuentro con Moscú fue una pequeña iglesia donde un grupo de restauradores trabajaba con los iconos de la célebre Galería Tretiakov, una colección de pintura, gráfica y escultura que fue iniciada por P. Tretiakov en 1856. Hoy la galería funciona en un edificio que fue construido en la década de 1890 y confirma las aspiraciones de su iniciador, que pretendía formar un museo de arte ruso al alcance de todos.
"Yo solía ir por la tarde a esa iglesia donde este grupo de gente restauraba los iconos, y me quedaba ahí plácidamente, mirando cómo trabajaban. Eran verdaderos artistas. Yo les llevaba la vodka buena que podía conseguir por ser extranjera y me quedaba charlando con ellos, que además sabían muchísimo de literatura y de música." Otras veces, en el hotel donde se quedaba, Cristina C. volvió a ver esas grandes fiestas donde todos bailaban y tomaban vino de Georgia y champagne ruso. Dice que cada vez que vuelve a ver esos festejos y esos horizontes interminables, los espacios abiertos y los bosques de abedules, piensa que no hay nada como ese país para el ejercicio de la desmesura.

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