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Cuando la rutina transcurre a kilómetros de casa


Créditos: Ohlalá



Varias décadas dedicadas al movimiento perpetuo me llevaron a aceptar mi lugar de residencia (Buenos Aires) como un destino circunstancial, y a vivir los otros como si a ellos perteneciera. Mi rutina está afuera de casa y no viceversa, feliz transposición que me permite seguir apreciándola (a Buenos Aires) con ojos de forastero y viajar casi despojada de expectativas.
Así es que podría llenar las horas mirando Buenos Aires, ciudad exagerada y absolutamente chestertoniana (lo dijo alguien: Buenos Aires es tan evidente que muy pocos la ven), por el simple ejercicio de encontrarla. Y de igual modo podría enumerar todo lo demás en una obsesiva clasificación de recorridos. Aventureros, culturales, de pura naturaleza, aburridos (oh sí), gourmet, sin propósito...
Hay destinos que seducen con sólo nombrarlos, porque en la lejanía y la apariencia paradisíaca que proponen (en general, privativa de los trópicos y el carácter insular de sus territorios) radica la atracción. Bora Bora. Seychelles. Mauritius. Borneo. Curaçao. Bali. Tonga?
Ningún paisaje como el de la Polinesia suavizó tanto mi espíritu, con esa languidez de palmeras flacas que brotan, oblicuas y apretadas, sobre terrones desperdigados en el mar, un mar que en tales latitudes es toda la verdad del universo. Los hombres llevan la tradición escrita en la piel y las mujeres, jardines en la cabeza, únicos sobresaltos bajo el sol.

Foresta, coral, estepa, arena

Tampoco hubo paisaje capaz de mantenerme en vilo como la foresta lluviosa de Australia, por desproporcionada y habitada de tan extrañas criaturas. La que en Cape Tribulation llega a lamer las olas y hasta parecería que en ellas se hunde, para continuarse bajo el agua transformada en una pradera multicolor de corales inverosímiles. Parecería. Son dos dimensiones fascinantes, apenas separadas por una somera franja de arenas que lastiman al pisarlas y encandilan al mirarlas.
A estas irrealidades aparte se me ocurre oponerles los paisajes severos de la estepa patagónica, cuyo magnetismo sólo es comparable con el que emana del desierto en Los Cabos y del tremendo Mar de Cortés donde concluye. Se me ocurren los caminos cordilleranos de Catamarca, que conducen a lagunas azules a más de 4 mil metros; el esplendor de la selva fría del sur chileno; la inconstancia de los esteros del Iberá, soberanía de mitos y fauna salvaje; la aparente mansedumbre que difunde la sabana africana, a la caída del sol y al amanecer, instantes en los que la sospecha de que ahí pudo suceder el principio de la vida humana se vuelve una certeza. Y se me ocurre la Puna entera. Porque es de adobe y salares, porque es telar y vicuñas, porque es voz indígena y cruces a cielo abierto. Porque es aliento a coca, queso y maíz. Porque se antoja vacía y está llena de gente? y de bicicletas.
En mi último viaje pasé por Alfarcito, joyita de pueblo al que le brotó una hostería en un alto, ONG mediante. Eramos cuatro y nos cupo el orgullo de estrenarla. Se resistieron a abrirla, debo admitir; quizá por no creer que un turista pueda llegar, pedir cama y comida y pagar por ello. Y allí estábamos para demostrar lo contrario. En plena noche desatamos un revuelo de pobladores que lavaron pisos, conectaron luz, hicieron camas y hasta cocinaron. Ahora este pueblito jujeño cuenta con un recurso más para sostenerse.
La Puna está pegada a mi memoria desde mis arcaicos tiempos de mochilera, y a ella vuelvo muy cada tanto. En el interregno, el andar en círculo de uno a otro mundo me devuelve al punto de partida, a Buenos Aires. A la chatura pampeana que también se continúa en ese falso mar que dejó perplejo a Solís y tanto me embelesa.
Periodista y directora editorial de la revista Lugares
Por Rossana Acquasanta
Para LA NACION

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