
Luego de dos horas de viaje divisamos el letrero que anunciaba el arribo a Gualeguaychú. Eran las 2 de la tarde de un viernes de febrero en un típico pueblo provinciano, donde la ceremonia de la siesta es un rito ineludible. De modo tal que la búsqueda de un sitio para almorzar se convirtió en una odisea. Después de comer nos encaminamos a la casa que nos hospedaría por el plazo de tres días, una morada adorable a la cual se accedía por un camino de tierra, que impide la circulación vehicular a altas velocidades, dotando al lugar de una tranquilidad impensada y ajena a la apresurada Buenos Aires. Dicha calma se evidencia, asimismo, en los habitantes, principalmente en los comerciantes, acostumbrados a trabajar con tal parsimonia que acaban por exasperar a los turistas, acostumbrados a los ritmos acelerados de la Capital. La visita a la ribera del río Gualeguaychú resulta imperdible, puesto que la arboleda de una margen y las playas de arena de la otra invitan a relajarse y disfrutar de un día al aire libre. A pesar de su encanto natural, la presencia de numerosos visitantes desalienta a todo aquel que prefiere la soledad: a no desesperar, el que busca encuentra aquel paraje que es de su agrado. Por último, el evento con mayor resonancia y convocatoria de la ciudad es, sin duda, el Carnaval, que constituye un punto de encuentro de personas de procedentes de diversas regiones del país, así como de distintas clases sociales. Hecho que demuestra tanto la popularidad como el alcance nacional de dicho espectáculo, que contribuye de manera para nada despreciable a la unión de los argentinos. Es realmente destacable la labor realizada por cada una de las comparsas que aparecen en escena, que se preparan arduamente durante todo el año. La mayor parte de lo exhibido está hecho artesanalmente, desde los trajes hasta las carrozas. Resulta indescriptible la sensación de ver y escuchar el despliegue de las comparsas y los efectos que consiguen en los espectadores que, aunque intenten disimularlo, experimentan una fascinación y emoción comparables a las de un niño con un juguete nuevo. La atmósfera de algarabía y disfrute general se instala para no desaparecer hasta que el último artista abandona la pista.
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