

De: Juana Libedinsky
Para: turismo@lanacion.com.ar
Asunto: High Table Dinner
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Asunto: High Table Dinner
Oculi omnium in te aspiciunt et in te sperant, Deus. Tu das illis escam tempore opportune Evidentemente no era una comida cualquiera para empezar con esas palabras. Pero mi querido supervisor de estudios de Cambridge me invitó a un High Table Dinner en su college -uno de los más espectaculares de la Universidad- y, sin una oración en latín antes de sentarnos, obviamente hubiese faltado algo.
El college en cuestión es Jesus. Fundado en 1496, originariamente era un convento benedictino del siglo XII, y todavía guarda cierto aire monástico que lo distingue de los demás. Cuando se hace un High Table Dinner, los alumnos se sientan en largas mesas y los fellows en la cabecera (en una mesa más alta para ser vistos, de ahí el nombre de high table ).
Es un encuentro bastante formal y se sigue toda una serie de reglas. Por ejemplo, los fellows van con toga (aunque sea con las medias deportivas y sandalias Birkenstock asomándose por abajo, que nunca debe faltar en reunión de intelectuales). El anuncio para sentarse (y luego irse) lo da un gong, y no importa si el astrofísico sentado al lado estaba a punto de revelarnos el secreto del universo: hay que abandonar el comedor.
Por supuesto, en la mesa uno suele terminar entre totales desconocidos fascinantes. A la derecha yo tenía una sovietóloga checa que hablaba castellano con perfecto acento chileno. Por supuesto lo había aprendido en China (¡dónde sino!), en un colegio ¡ruso!, donde había varios hijos de exiliados tras la caída de Allende ("pero lo aprendí para ir a las fiestas de los cubanos, que en China eran los únicos que sabían bailar", aclara).
Igual, la experiencia tanto no le debe haber gustado porque dedicó su vida académica a mostrar los horrores del comunismo. A mi izquierda había un físico famoso que me preguntaba si sabía bailar el tango ("no, pero a los 12 años salí subacampeona de un intercolegial de bailes escoceses en Buenos Aires", respondí para dejarlo debidamente impresionado. ¡Y eso que no llevaba conmigo la foto del Buenos Aires Herald!)
Luego pasamos a otra salita para los postres y el oporto (ligeramente deprimente porque las voces de los alumnos que quedaban en el comedor inmediatamente subieron bastantes decibeles... ¡Evidentemente las ovejas se divierten más cuando no está el lobo en todas partes del mundo!)
A la salida fue maravilloso pasar por la capilla del siglo XII. Varias veces a la semana canta su extraordinario coro, y si uno va los martes por la tarde puede escuchar a miembros del cuerpo de estudiantes practicar sermones por no más de cinco minutos cada uno. Es bastante emocionante, pero como cada tanto hay alguno muy malo, por el poco tiempo que prudentemente tienen para explayarse entonces uno sólo puede decir ¡Deo gratias!
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