

RESERVA PROVINCIAL PARQUE LURO.- A pesar de su apodo, Panchito es un gran gaucho. Pasó los 30, y conoce el campo y sus secretos. No le teme a la noche ni a los sonidos del monte. Por eso resulta extraño cuando de repente dice: "¡Qué lindo macho!" con tanto entusiasmo. Los que lo rodean se dan vuelta y hasta comentan algo sobre Secretos en la montaña y la desinhibición de los gauchos gays. Pero Panchito no los registra. Sigue observando a su macho, un ciervo viejo con una cornamenta tan grande que parece que lleva un caldén sobre la cabeza. Digo caldén porque La Pampa no tiene el ombú, sino el caldén, un árbol robusto, arrugado y por aquí, centenario. Esta reserva de caldenes es única en el mundo.
Cae la tarde sobre el Parque Luro y apenas comienza esta caminata bajo luna llena. El redondel luce perfecto y más potente que cualquier fanal. Los caminantes tienen un objetivo indiscreto: espiar la vida íntima del ciervo colorado.
Durante lo que queda de este mes y el próximo los ciervos están atareados y roncos. Es la época de brama, tiempo de apareamiento y comportamientos curiosos.
A las corridas
La brama es un grito fuerte, medio desesperado y áspero a través del cual los ciervos marcan territorio y mantienen unido al harén con el que se aparean. Esta ocupación es de tiempo completo y los hace caminar tanto que durante los 45 días que dura la brama bajan hasta 60 kilos (pesan 250). Si un ciervo husmea en el harén de otro puede pagarlo con la muerte. Los animales se traban en una lucha de cornamentas que puede terminar en un enganche fatal si sus puntas se quedan trabadas.
Este tipo de información circula mientras uno camina por el parque en busca de manadas de ciervos. Con guía, claro, en este caso con Marcelo Dolsan, fanático de la vida íntima de los ciervos. Conoce detalles finos, por ejemplo, el olor a sudor de ciervo en época de brama. De repente se para y ordena: "Huelan" y toca ejercitar el sentido pese a la falta de costumbre. Otro detalle: que la cópula en sí dura apenas unos segundos, cuatro exactamente. Uno más: los caldenes y los postes de luz que se ven rayados son responsabilidad de los ciervos, que los usan para afinar sus cornamentas.
Además de la carne, del ciervo se extrae el velvet, una cornamenta afelpada que se quita cuando está en crecimiento y tiene consistencia cartilaginosa. Con el velvet se logra un preparado utilizado con fines medicinales en Asia. Como tonificante para niños y también en tratamientos para la artritis. Apunta Dolsan que allí creen que es afrodisíaco.
Cuando en medio de la charla silenciosa el guía dice "shhh" hay que obedecerlo porque el más mínimo ruido los espanta. No tienen buena vista, pero sí un oído privilegiado. Son animales escurridizos y además, claro, están en un asunto privado.
Como resulta difícil acercarse, se usan binoculares para hacer un zoom sobre las cornamentas. El macho es el único que las lleva y aunque se vea una grande y con varias puntas, el ciervo pierde su cornamenta todos los años. Y en siete meses le vuelve a crecer. Si es joven y sano, tendrá una más abierta, grande, con más puntas y se convertirá en un trofeo más apetecible para los cazadores.
Porque así como los ciervos se avistan en salidas ecoturísticas, también se cazan. Sólo en La Pampa existen unos 30 cotos habilitados y visitados en su mayoría por europeos que llegan exclusivamente a cazar y se vuelven con su cornamenta (que tiene un puntaje basado en el tamaño, la cantidad de puntas, el color, la belleza y otras categorías) en el avión.
No sólo hay ciervos en La Pampa. También, en la provincia de Buenos Aires, Neuquén y Río Negro. Pero todos los ciervos colorados que existen en el país empezaron acá mismo, en el Parque Luro hace unos cien años.
Los primeros llegaron desde Europa. Los trajo Pedro Luro, hijo del fundador de Mar del Plata, a principios de 1900 con el fin de hacer un coto de caza. Así fue. En aquellos tiempos el Parque Luro era la estancia San Huberto y tenía más de 20.000 hectáreas. Hoy son 7600 y cerca de 2000 ciervos.
Al sol se lo tragaron los caldenes del horizonte, la luna está brillante y se hizo de noche. El paseo sigue, ya volviendo, y el bramido suena fuerte dentro del monte.
Por este mismo sendero donde estamos caminando ahora andan también los pumas. Pero dice Marcelo Dolsan que no hay problema, que no suelen atacar. Parece que el puma se acerca especialmente en noviembre y diciembre, época de parición. Ahí atacan a las crías y son días de tensión en el parque.
Uno agradece que ésta no sea la época de cría y desea, espera, cree que Dolsan concerá el camino de vuelta. Porque la luna está llena, pero en el interior del monte de caldén se vive -y se camina- en penumbra.
Por Carolina Reymúndez
Enviada especial
Fotos: gentileza Marcelo Dolsan y Turismo La Pampa
Enviada especial
Fotos: gentileza Marcelo Dolsan y Turismo La Pampa
El antiguo castillo de Pedro Luro
PARQUE LURO.- El castillo, blanco y francés, es impactante, pero la historia de aquellos años de la belle époque que transitó Pedro Luro lo son todavía más. El hombre llegó a La Pampa porque quería criar ciervos y trató en el Delta, pero las crecidas no se lo permitieron. Entonces eligió este lugar en tierras cedidas a Ataliva Roca, hermano de Julio A. Roca y su propio suegro, después de la Conquista al Desierto.
Pedro Luro era aficionado a la caza, introdujo en la zona no sólo ciervos, también jabalíes y faisanes, y luego trajo a sus amigos franceses y españoles a cazar. En su época el castillo no tenía las dos alas laterales, que se anexaron con el próximo dueño, don Antonio Maura. La visita al castilo es imperdible, especialmente si la guía Sonia, un libro abierto de esos tiempos adinerados que dejaron testimonios insólitos.
Un ejemplo: el ferrocarril no llegaba hasta el castillo, ni siquiera hasta el parque, y Luro se hizo construir especialmente una vía de trocha angosta que llegaba a metros del castillo. Del interior, se destacan la pinotea, el sistema de calefacción, la chimenea que perteneció a un restaurante de París. A Luro le gustó e hizo una oferta. Pero no quisieron venderle sólo la chimenea. Entonces se compró el restaurante y trajo la chimenea a su estancia de La Pampa. Hay más, muchas historias que Sonia cuenta a partir de los objetos que todavía se conservan en el castillo. Y hay un secreto. En realidad debe haber mil secretos, pero éste es uno que se puede contar. El blanquísimo baño del segundo piso suele tener los postigos cerrados. Pídale a Sonia que los abra y verá la pampa infinita. Nada más.
Datos útiles
Como llegar
- Un vuelo de Buenos Aires a Santa Rosa cuesta desde $ 350, de ida y vuelta con tasas e impuestos. En ómnibus, el viaje dura toda la noche y la empresa Alberino tiene un servicio ejecutivo comodísimo. El pasaje cuesta $ 60.
Dónde dormir
- El parque Luro está a 35 kilómetros de Santa Rosa, por la RP 35. Se puede dormir en las cabañas del mismo parque ($ 50 para dos personas; $ 70 para tres), que son simples, pero tienen la ventaja del marco natural.
Otra opción es dormir en Santa Rosa, que tiene varios hoteles y también la posibilidad de alojarse en estancias turísticas. Villaverde ( www.villaverde.com.ar ) es una interesante opción, a 9 km de Santa Rosa por la RN 35. Para cabalgatas de una tarde o varios días, la estancia San Carlos (ruta 10, KM 159; (02338) 491055, a 120 km de Santa Rosa.
Todo para ver ciervos
- Los guías del parque organizan visitas guiadas durante la época de brama. Duran dos horas y se hacen todos los días, a las 8 y a las 19, menos los domingos. Cuestan $ 15 y es mejor reservar antes: (02954) 420059. Además de las visitas, hay senderos que uno puede recorrer y ver algunas de las 160 especies de aves (imperdibles la loica pampeana de pecho colorado y los flamencos de la laguna); con suerte, también ve ciervos.
Mas información
- Casa de La Pampa en Buenos Aires, 4326-0511. Subsecretaría de Turismo en Santa Rosa, (02954) 424404.
En internet
www.turismolapampa.gov.ar
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