
El lunes empiezan las clases.
Y eso es bueno.
Es bueno, porque necesito que deje de haber tanta gente en esta casa, desordenando, ensuciando y gritando.
Ya me han acusado de quejosa y gata flora, así que lejos de sentir remordimientos, ahondo:
Mirti empieza a trabajar de nuevo la semana que viene. Es muy probable que hasta fin de año se quede en casa y luego se mude con el padre de la beba.
No sólo me parece fantástico por ella y la familia que está formando, sino que me gusta que se reduzca la cantidad de personas aquí dentro.
No soy un ser social por naturaleza. Me cuesta un Perú salir a la calle, ir a reuniones y conversar con "semi conocidos".
Soy tímida y retraída.
Ya no lucho contra eso. Soy así y ya. Lo disimulo todo lo que puedo, para no parecer mala onda, pero está visto que vine con este chip y no otro.
De chica era mucho peor y mis padres me mandaron a psicólogos infantiles, psicopedagogas, cursos de N asuntos para que conociera gente nueva.
Y sufrí. Sufrí como una condenada porque nunca pude resolverlo, y sentí siempre que me hacían perder el tiempo.
Qué dilema ese, ¿no?
¿Cómo saber diferenciar cuándo una característica de nuestros hijos es molesta porque nos hace mal a nosotros, padres, o a ellos?
SEGUIR LEYENDO


Lanzamos Wellmess, el primer juego de cartas de OHLALÁ!: conocé cómo jugarlo
por Redacción OHLALÁ!

Gala del Met: los 15 looks más impactantes de la historia
por Romina Salusso

Kaizen: el método japonés que te ayuda a conseguir lo que te propongas
por Mariana Copland

Deco: una diseñadora nos cuenta cómo remodeló su casa de Manzanares
por Soledad Avaca Cuenca


