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 • HISTORICO

Donde los pensamientos se oyen




Con las botas de trekking avanzamos sobre las piedras, bordeando el lago que nace al pie del glaciar Marconi (zona de El Chaltén, Santa Cruz). Llevamos dos días haciendo la aproximación a la base del glaciar; el primero, desde el puente sobre el río Eléctrico, hasta Piedra del Fraile (aunque en realidad partimos de Buenos Aires a la mañana, casi sin haber dormido); el segundo, remontando el río hasta un vivac, pasando La Playita, que nos acerca algo más y descomprime la exigencia del día 3.
Mientras caminamos, estudio la manera de montarnos sobre el glaciar, tratando de encontrar la mejor forma, ya que quiero evitar los paredones verticales del margen derecho y las grietas del izquierdo. Curioso: este año tiene pinta de que la zona media es la mejor; el agua del lago no llega a tocar el hielo, así que allá vamos.
Grampones, piquetas, arneses... Comenzamos a subir. Nos encordamos enseguida, establecemos protocolos y roles claros para cada uno, y avanzamos en ascenso.
Raúl encabeza, cuidando cada paso, eligiendo cómo sortear grietas o incluso piedras. Georgie establece la dirección general provisto del GPS. Yo llevo la ferretería de rescate en grieta, contando con que Marcelo me haga de ancla, llegado el caso.
Subimos paso a paso. Cruzamos un interesante río sobre el hielo que parece un tobogán de parque acuático, aunque dudo que tenga un final feliz. Almorzamos discretamente sobre una piedra plana del tamaño de un auto que el glaciar transporta a velocidad imperceptible hacia el lago.
La pendiente se acentúa a 45º. Subimos en zigzag hasta unas grietas infranqueables, al menos para nosotros. Nos montamos a unas rocas lisas, inclinadas, gastadas por la erosión milenaria del hielo. Cambiamos el calzado -las botas técnicas no nos ofrecen seguridad para esta etapa- y ganamos otros 100 m de altura rápidamente.
Apuntamos a trepar 1000 m de desnivel el día de hoy. Cada metro cuenta (¡y cuesta!). Cambiamos por raquetas sobre la nieve, inclinada lo suficiente como para obligarnos a hacer zigzag al menos por otros 100 m de altura; luego seguimos, siempre hacia arriba, pero claramente con destino al horizonte blanco.
¡Qué prepotencia la nuestra querer llegar al horizonte! ¡Qué ingenuidad! Pasos, pasos, no se llega nunca. Un cansancio demoledor? y seguimos subiendo.
La cuerda se tensa cada rato: significa que alguno detona un descanso, que todos quieren, y que nadie se anima a pedir. Es un improvisado lenguaje sin palabras, con tirones de la cuerda o miradas, que pasa a través del viento y no requiere respiración, pero muy claro en su significado.
Cada uno confesará, horas más tarde, haber contado los pasos, multiplicado los minutos, dividido los metros, triangulado el refugio.
La cuerda nos une, nos da ritmo, nos impide sentarnos sobre la nieve para decir: "Muchachos, no doy más, sigan sin mí?".
No hay resto para pedirle nada a nadie. Y sopla el viento, frío, que el pasamontañas intenta mitigar?
Marcelo sale sorteado y mete su pierna en una grieta. Sale y mete la otra, un metro más adelante. Recupera la raqueta y el guante. Escribe Marcelo: "La naturaleza nos deja caminar por su territorio pero nos avisa que está ahí, cruda y hermosa".
Nada me prepara para este nivel de cansancio: una maratón me llevaría 5 horas y media, pero llevamos 11 horas con mochila de 30 kg. Y en la maratón no tengo que navegar la ruta, evitar las grietas o adivinar la posición del refugio. Ruego por que no siga empeorando el clima, que no es malo, pero que encrudece la experiencia con frío y viento fuerte.
Pasos. Opinamos sobre la posición en la que debiera estar el refugio y finalmente lo ubicamos.
Cuatro kilómetros de pasos, silencio, respiración. Se escuchan los pensamientos. Los descansos se hacen más frecuentes. "¡Vamoooos!", grito tras cada parada, tratando de autoconvencerme.
Faltan 2 km y desaparece el refugio, pero sabemos dónde está. Pasos. No se termina más. Mucho frío. Los 1500 metros finales. Caminamos, es desesperante. Nos separa una loma de no más de 150 m de altura. Nunca nos sentamos. Los hombros sienten el peso de las mochilas. Mil metros. Queda la incógnita sobre si el refugio estará abierto o cerrado con candado, para evitar los desmanes del pasado. Llevo una hoja de sierra, por si acaso. Es un doble o nada. No nos quedan fuerzas para armar un vivac, carpa y muralla protectora.
Faltan 500 m. Pasos. El entrenamiento no fue suficiente: una hora y media en Buenos Aires con bici y fierros no se comparan con 11 horas y 1000 m de desnivel. Nos equivocamos.
Es una batalla mental. El cuerpo hace rato que dejó de responder y funciona en automático. Es interminable. Lo único que quiero es llegar, meterme en mi bolsa de dormir y tiritar tranquilo a la espera de que algún alma caritativa derrita nieve y me prepare una taza de té.
Cien metros, no podemos hacerlos sin una parada más. Pero llegamos.
Claramente, el mayor esfuerzo de nuestras vidas. Sin dudas, el mejor lugar en el mundo.
Mike Karplus

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