

Orlando nació en 1971 bajo la batuta de Mickey, el ratón que ya cumplió 78 años y se mantiene muy bien. Lo único que perdió fue la voz porque nació en 1928 con la de Walt Disney, que nunca quiso reemplazarlo con ningún locutor. Tan famoso se hizo el personaje que fue la contraseña usada el Día D, el 6 de junio de 1944, para el desembarco de los aliados en Normandía.
Hoy, en su mundo privado, visitado por tres millones (y en ascenso) de extranjeros cada año, Mickey compite con otras criaturas animales, imaginarias o reales. Porque ya son ellos las mayores atracciones en los parques temáticos (Disneyworld, Seaworld o Universal), aparte de las montañas rusas, que, claro, son otra cosa.
No es un fenómeno nuevo. Cervantes hizo famoso a Rocinante, el caballo del Quijote que hace cuatro siglos que cabalga. Pariente lejano de Aquilante, el singular caballo de Vittorio Gassman en la Armada de Brancaleone o de Lunático que era igualmente un sueño para su dueño, Carlos Gardel.
Pero fue el cine el que les dio un papel protagónico. Algunos son clásicos, desde Moby Dick, la ballena blanca de Melville, o el león de la Metro, a los perros Rin Tin Tin o Lassie y el pingo Flecha de Plata en las de cowboys. Igual que las correrías de Tom y Jerry, las de Twity y Silvestre, el Correcaminos y el elenco estable de los canales de dibujitos animados. Y los patos cascarrabias de Donald y Lucas. Sin olvidarnos de los ositos de peluche de Theodor Roosevelt, la ternura de Bambi, el ciervo en el que pensamos al pasear por Bariloche; Platero, el burrito acariciable de Juan Ramón Jiménez, o la tortuga Manuelita que fue de Pehuajó a París.
En Orlando nos podemos sacar la foto de recuerdo con los caracteres, los actores que nos saludan metidos en el disfraz. Y luego comprar sus muñecos para regalar a los chicos que nos recuerdan nuestra infancia porque en su fantasía viven lo mismo que nosotros a su edad esperando a los Reyes Magos. Sobretodo si todavía no chatean en Internet o los padres no les regalaron un celular en colores.
Cámaras bajo el agua
Y la realidad es aún más fantástica. Por ejemplo, querer a la orca, la ballena asesina, y sentirnos contentos cuando nos salpica al zambullirse si nos ubicamos en las primeras 14 filas. Shamu, con su hija nacida en cautiverio, tiene un nuevo teatro para su estreno, Believe , con cámaras debajo del agua, pantallas gigantes y un sistema de home theater con cien parlantes.
Podemos acercanos a Flipper, que sabe que su inteligencia no era un invento en el Día del Delfín, como tampoco lo fue la hazaña de Laica, el primer ser viviente enviado al espacio exterior.
En todo esto pensaba cuando no supe si estaba despierto o dormido al llegar al hotel Peabody, uno de los más lujosos de Orlando, y ver un grupo de patos en la fuente del lobby. Luego, a las cinco de la tarde, la hora del té, se retiraron a su suite en la terraza, desfilando por la alfombra roja hacia el ascensor a las órdenes de su maestro y al compás de la música.
No debía sorprenderme. La figura del pato es su isotipo a 27 pisos de altura, lo mismo que la forma de los jaboncitos, las imágenes en los frascos de champú y el chocolatín de las buenas noches. Es una tradición iniciada en 1930 en Memphis, seguida en Little Rock y, por supuesto, en Orlando, donde estoy arrepentido de no haberme comprado una corbata con patitos de fondo.
Por Horacio de Dios
horaciodedios@fibertel.com.ar
horaciodedios@fibertel.com.ar
SEGUIR LEYENDO


Lanzamos Wellmess, el primer juego de cartas de OHLALÁ!: conocé cómo jugarlo
por Redacción OHLALÁ!

Gala del Met: los 15 looks más impactantes de la historia
por Romina Salusso

Kaizen: el método japonés que te ayuda a conseguir lo que te propongas
por Mariana Copland

Deco: una diseñadora nos cuenta cómo remodeló su casa de Manzanares
por Soledad Avaca Cuenca
