
-Se te rompió el hechizo.
Mara se ríe a carcajadas cuando le hago el cuento.
-Ningún hechizo, nena, no me rompas. Decime cómo hacés porque no puedo más.
Resulta que Pedro ronca. Mucho. Muchísimo. Con ruido y lo que googlié son apneas. Es insoportable. Si me duermo antes, en algún punto de la noche logra despertarme y si el se duerme antes, me es imposible volverme a dormir. Empiezo con patadita suave en su pierna, sacudida (suave también) al son de "ponete de costado, mi amor", después va aumentando la presión de mis manos en su espalda, la intensidad del empujoncito y en algún momento se torna en odio y sacudón. Sí, llega un momento en que lo odio. Al principio eran pocas las horas de sueño y más las de sexo y creo que el cansancio generalizado hacía que entre en un sopor profundo en el que no escuchaba nada (o casi) pero ahora directamente me despierto y no me vuelvo a dormir más.
-¿Pero es mucho?
Esta mañana mientras se afeita, le cuento.
-Una guachada.
Pedro descree ¿Por qué los roncadores siempre niegan sus ronquidos?
-Y no puedo creer que nunca te lo hayan dicho. Esa larga lista de chiruzas...
Me río también pero de paso le mando facturita.
-No se quedaban a dormir.
-Bueno, ya sabemos por qué. Sos un oso, amor. Es una cosa de locos...
En tono de chiste pero las ojeras que tengo no me las saca nadie. TENGO que dormir 7 u 8 horas para ser una persona más o menos operativa al día siguiente. Me hace abrazo de oso y me conquista más o menos por cinco minutos, después del almuerzo sé que lo voy a odiar profundamente.
Hoy me pongo a investigar. Estoy a pasitos de mandarlo a una clínica de sueño pero mientras tanto ya me compré unos tapones de silicona para esta noche.
¿Recetas, alguien?
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