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El placer de los dioses se llama Angkor Vat

Las ruinas de Camboya llevan el arte khmer a la selva


Créditos: Ohlalá



SIEM REAP, Camboya.- Hoy las ruinas de Angkor, el gran gancho turístico de Camboya, han sido despejadas de la mayoría de los árboles y (al menos en la parte central) de todas las minas terrestres sembradas en recientes guerras internacionales y civiles, y se visitan con facilidad desde la cercana ciudad de Siem Reap, al noroeste de la capital, Phnom Penh.
Si no se han removido todos los árboles incluso de algunos de los templos más grandes, céntricos y visitados (el trabajo arqueológico y de restauración continúa en los monumentos más alejados), no es por pereza. En parte, ver cómo las colosales raíces de un solo árbol devoran todo un sector de un edificio impresiona y proporciona una idea de cómo se veía todo cuando los primeros exploradores franceses llegaron a Angkor, hacia 1860. Pero, además, hay una razón práctica. Las raíces, que inicialmente crearon grietas en las paredes de piedra, son actualmente lo único que evita que se desmoronen.
Angkor fue el testimonio del poderío, la capacidad artística y la sumisión a sus dioses (con los cuales sus gobernantes hábilmente se identificaban), de la civilización khmer en su apogeo.
Los camboyanos son conocidos actualmente como khmer, aunque la antigua palabra se usó, por ejemplo, en el nombre del reciente movimiento genocida, el Khmer Rouge. Angkor fue construida a partir del siglo IX de nuestra era y abandonada hacia 1430.
Tuvo su máximo esplendor hacia el sigloXII, cuando se construyó el edificio más famoso, Angkor Vat. A medida que el visitante pasea por los templos comienza a reparar en los detalles, especialmente en la riqueza de relieves esculpidos en las paredes. Pero a primera vista son otras dos circunstancias las que generan el gran impacto de Angkor: la inmensidad del emprendimiento y la apostura de las formas generales de los edificios.
Hablemos del tamaño. El sonido del nombre de la ciudad semeja el de la palabra francesa con la cual se pide más, o sea encore, pero difícilmente el que llega a Angkor pueda pedir más. Es un complejo de cerca de cien construcciones, en diverso estado de conservación, distribuidas en un espacio de unos 200 kilómetros cuadrados. Entre los templos había un gran sistema de canales, fosos y enormes estanques (perfectamente rectangulares), algunos de los cuales están actualmente con agua. No sólo los edificios son vastos en sí mismos; las distancias entre ellos son también grandes.
En Siem Reap abundan los guías que resuelven el problema llevando a los visitantes en auto o motocicleta.
Hablemos de la belleza. El arte khmer estaba inspirado en el de la India, y lo seguía de cerca. La palabra Angkor deriva de un vocablo sánscrito (nagara, que significa ciudad sagrada). Los edificios ostentan lo que se podría denominar un fuerte barroquismo, en un sentido amplio del término, algo que dista de la sensibilidad predominante en la actualidad.
Por otra parte, si las superficies son barrocas en el sentido explicado, las formas generales de los edificios son de un extremo clasicismo en cuanto al cuidado con la seducción de las proporciones y, muy llamativamente, con la simetría. Esto último se ha llevado, en realidad, hasta el paroxismo. Se señala que Angkor responde a fundamentos religiosos; los templos son representaciones físicas del mítico Monte Meru, la morada de los dioses hindúes de la cual el Himalaya es sólo la precordillera. Las figuras religiosas, tanto del hinduismo como (según la época) del budismo, son virtualmente infinitas en las piedras de Angkor.
Pero en los hechos sus constructores demostraban venerar fundamentalmente a un dios aún superior. Esta deidad suprema de Angkor es: la simetría.
Y quedan por mencionar los placeres de la textura de las viejas piedras, su contraste con el verdor circundante, y sus sutiles cambios de coloración al amanecer y atardecer.
Ya los accesos a los edificios son de una poderosa belleza. Antes de los portales, que son magníficas obras en sí, sólo rivalizadas por los edificios principales que se alzan tras ellos, se interponen terraplenes cruzando los canales (todos ellos, por supuesto, construidos en rígidos ángulos rectos). A un costado de este camino de piedra que accede al gran portal se suceden las grandes esculturas de los dioses, del otro se alinean los demonios; cada hilera sostiene una inmensa serpiente que constituye la baranda de ese lado del terraplén.

Menos que pensar

Lamentablemente, muchas de las estatuas han sido descabezadas por los proveedores de los coleccionistas de antigüedades. Bajo el régimen asesino del Khmer Rouge se liquidó a las personas que entonces restauraban y cuidaban Angkor, pero las huestes de Pol Pot no se dedicaron a ensañarse con las ruinas. Los deterioros que no fueron obra del tiempo y de la selva no solamente son producto de la guerrilla, sino de coleccionistas que en sus tranquilos salones seguramente se consideran seres pacíficos.
Los expertos señalaron que el estado general de las ruinas podría ser incluso peor, porque si bien los constructores de Angkor eran grandes artistas, como ingenieros empleaban técnicas poco avanzadas.
El edificio mejor conservado y más espléndido de Angkor es Angkor Vat, hasta el punto que a veces se lo identifica erróneamente con todo Angkor. Para dar una idea de su tamaño, el primero de sus sucesivos niveles encimados mide 215 por 187 metros.
A la vastedad se une un factor de verdadero deslumbramiento. Como el Taj Mahal o como el Domo de la Roca en Jerusalén, ésta es una de esas construcciones tan equilibradas en sus proporciones que se siente que cualquier cambio en las mismas sólo lograría disminuir el placer estético. Y logra este efecto a pesar de ser, con su enorme cantidad de galerías, salones, pasillos, patios, subidas y bajadas, una obra mucho más compleja que aquellas otras.
Corona el edificio una planta de sección cuadrada con una torre en cada punta y una quinta, más alta, al centro; la resultante silueta de Angkor Vat adorna la bandera de Camboya. Y, sin duda, la memoria de todo aquel afortunado que lo visitó.
Nicolás Meyer

Cada vez más visitantes

Una visita a Camboya se cuenta dentro de esos viajes inolvidables, que quedan impresos en la memoria con tintas indelebles al paso del tiempo.
Los templos de Angkor sólo se abrieron al turismo en 1991, después de dos décadas de aislamiento, y son la meta más preciada de un recorrido por este país.
El primer ministro de Camboya, Hun Sen, declaró, en el marco de la Feria Internacional del Turismo (Fitur) que se realizó recientemente en Madrid, que el número de visitantes aumentó un 27 por ciento. Así, el turismo es el principal sector comercial de su país. Entre enero y septiembre del año último, los templos de Angkor fueron visitados por 334.000 perosnas.

Datos útiles

Cómo llegar: se puede volar directamente a Siem Reap, la base de operaciones para toda visita a Angkor, desde puntos fuera de Camboya como Bangkok, pero la mayoría de los que arriban lo hacen desde Phnom Penh.
  • Un vuelo ida y vuelta de Buenos Aires a la capital camboyana, transbordando, por ejemplo, en Kuala Lumpur (Malasia), cuesta unos 1700 dólares en temporada baja y 1800 en alta, más impuestos.
  • El vuelo de media hora de Phnom Penh a Siem Reap cuesta, ida y vuelta, 120 dólares con tarifa anual, pero localmente se pueden conseguir tarifas más económicas. También se puede hacer este trayecto en lancha (de cuatro a seis horas, unos 25 dólares en cada dirección) y en años recientes, desde que se pacificó la zona, también por tierra, en ómnibus.
Alojamiento: en Siem Reap un hotel relativamente elemental, pero con aire acondicionado en las habitaciones, como el Golden Angkor Villa, cuesta 12 pesos por noche. Un hotel elegante para un lugar remoto como éste, como el Angkor Saphir, cuesta entre 30 y 60 dólares por noche. En el extremo, está el renovado y magnífico Grand Hotel D´Angkor, donde pasar la noche cuesta 360 dólares o más.
Traslados: contratar un auto con taxista/guía para pasear por Angkor cuesta 20 dólares (todo se puede pagar en moneda estadounidense; en Camboya, país tan pobre que la gente compra nafta para sus motos al verdadero menudeo, fraccionada en viejas botellas de gaseosa, no hay carteles que digan No se aceptan dólares .
Un motociclista es más barato (7 dólares) que un taxista, pero pasar aunque sea unos minutos en el aire acondicionado del taxi, al ir desde uno de los edificios de Angkor a otro, puede parecer una bendición en la implacable humedad tropical de la zona.
Entrada: la entrada al complejo de ruinas cuesta 20 dólares por persona por día, 40 por tres días, y 60 por una semana.
Visa: se puede tramitar no bien se llega al país. Cuesta 20 dólares.
Precauciones: es recomendable tomar precauciones contra el cólera, la hepatitis y la malaria.
Gastronomía: una comida económica cuesta entre 1 y 3 dólares; en un restaurante de mediana categoría, entre 5 y 10, y en uno de primer nivel, 10.
Información en Internet:

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por Redacción OHLALÁ!


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