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 • HISTORICO

El Rastro, lejos de Europa

Es el mercado al que acuden todos y en el que nadie sale defraudado; un espacio natural en el que la gente se muestra tal cual es




MADRID.- Una de las más importantes guías turísticas de Madrid compara el mercado callejero de El Rastro con El Aleph (uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos), de Jorge Luis Borges. Si bien este paralelismo está influido por una de las pasiones ibéricas más sinceras: la exageración, no deja de tener cierto valor. En el mercado de El Rastro confluyen seres y objetos de diversas culturas y de distintos tiempos, no en la magnitud y simultaneidad que supone la prodigiosa creación de Borges, pero con el suficiente encanto y riqueza como para ser incluido en toda visita a la capital española.
El recorrido por El Rastro suele comenzar por la plaza Tirso de Molina, tal vez uno de los lugares más eclécticos de Madrid.
Junto a la salida del metro se encuentran improvisados locales del Partido Comunista atendidos por hombres de largas barbas y aspecto intelectual, que fuman cigarros y proclaman a viva voz las falencias de un mundo carente de bipolaridad.
Además, juntan firmas para levantar el bloqueo a Cuba, venden remeras del Che Guevara -tan populares como las del Real Madrid o Spice Girls- y vetustos ejemplares de hojas amarillentas del manifiesto de Carlos Marx.
A su lado, jóvenes de cabellos parados como plumeros, con el rostro atiborrado de pendientes, venden copias caseras de música alternativa. Aunque parezca increíble, entre la multitud de cintas que ofrecen se pueden hallar algunos tesoros: grabaciones de las lecturas de Pablo Neruda ( Veinte... ), Julio Cortázar ( En Cuba ), Luis Cernuda ( Antología personal ) y Juan Ramón Jiménez.
En la esquina opuesta se congregan asociaciones de dos clases: aquellas que respaldan el levantamiento popular en Chiapas y venden souvenirs con la imagen del subcomandante Marcos -futuro sucesor del Che en la vestimenta juvenil- y las que buscan la liberación de todos los animales en cautiverio.
Junto a la estatua erigida en medio de la plaza se suelen reunir inmigrantes caribeños a tocar la guitarra y tomar cerveza.
Por más temprano que sea, nunca falta el borracho del barrio que se gana las risas de la gente con sus torpes pasos de baile y sus desentonados cantos.
Y todavía faltan varias horas durante las cuales el sol pegará a pleno, la garganta se secará y el hombre buscará reparar la cuestión con algún vino fresco, una cerveza o cualquier otra cosa que le haga olvidar la sed o la desesperanza.

El corazón del mercado

Por Tirso de Molina se debe bajar -aunque se tenga la sensación de estar ascendiendo, así se dice en la jerga local- por la calle del Duque de Alba.
A dos cuadras se encuentra la plaza Cascorro.
Allí conviven en mercantil armonía los puestos de productos hippies -incienso, carteras, tapices- y aquellos que ofrecen las últimas producciones de Walt Disney, tanto en ropa como en juguetes y otros plásticos. Sin duda, el lugar menos interesante del mercado.
De esta plaza se bifurcan dos calles: Embajadores y Ribera de Curtidores. La primera merece ser recorrida para ver el vasto mural que retrata El Rastro a principios de siglos.
La otra, Ribera de Curtidores, es el eje central del mercado. Por ella se llega a las secciones tradicionales. En las horas pico, de 10 a 14, es imposible poner un pie en Ribera de Curtidores sin ser arrastrado por la atiborrada masa de visitantes que no tiene reparo alguno en seguir adelante, en apretujarse.
Toda clase de turistas recorre el mercado: desde los nórdicos de ojos azules y ropas impecables hasta los siempre respetuosos, sonrientes y fotogénicos japoneses, y los extravertidos italianos.
También se encuentran las familias madrileñas que, incluyendo abuela, nietos, primos, bisnietos, perros y otros bártulos, buscan alguna oferta para el hogar.
Desde el barrio vecino de Lavapiés llegan los emigrantes africanos, marroquíes y latinoamericanos. Como en muchos otros mercados, uno de las principales ingredientes de El Rastro es la concurrencia.
Vale la pena hacer un alto y sentarse en algún rincón elevado a observar las actitudes y vestimentas de las distintas personas, a disfrutar y aprender de la diversidad cultural.

Entre discos y gitanos

Al bajar por Ribera de Curtidores -ahora sí se tiene la sensación de estar descendiendo- se encuentra la Escuela Mayor de Danza, un refinado edificio de principios de siglo, definido por líneas sobrias y coronado por dos cúpulas de hierro.
Allí nace la calle de las Amazonas, que conduce a la Plaza General Vara del Rey, corazón de la sección de antigüedades.
Uno de los puestos más interesantes de esta plaza se especializa en la venta de objetos afines a la marihuana: pipas, semillas, papel, máquinas para armar.
Sobre las banderas de Jamaica y las fotos de Bob Marley cuelgan ejemplares de la revista Camano, dedicada a la difusión de la cultura cannábica .
Muy similar en diseño y presentación a una publicación para amas de casa, Camano trae toda clase de consejos útiles: cómo lograr que su planta de marihuana crezca sana y fuerte, cómo hacer que su pipa de agua marroquí no se llene de resinas, guía de los mejores coffee shops de Amsterdam.
Paradójicamente, lo único que el negocio no vende es marihuana.
Quizá porque a escasos metros se reúnen los policías de la zona a organizar las tareas de seguridad y tomar café.
La disquería Solís ofrece una vasta colección de discos de pasta.
Su dueño calcula que tiene unos diez mil ejemplares, entre los que se encuentran obras en 45 RPM de Carlos Gardel, de zarzuela y de flamenco. La ediciones están en excelente estado y los precios son razonables.
A pocos metros de allí se venden viejas radios Philips de onda corta fabricadas en los años cuarenta y cincuenta, hechas de madera y del tamaño de un cajón de frutas.
Muchos vendedores de la plaza son gitanos.
Al final del día acostumbran reunirse a batir palmas, cantar y tomar vino.
Y no está preparado para el turista ávido de cosas locales. Les así, y así lo demuestran, frente a los locales o a aquellos que preparan sus cámaras fotográficas.
Más allá de este ámbito, El Rastro comienza a desvanecerse en un laberinto de sinuosas callejuelas, donde ropas y flores cuelgan de los balcones, y las tradicionales abuelas vestidas de negro se sientan junto a las puertas a ver la gente pasar.

Cambio de cromos

La última sección de Ribera de Curtidores es la más caótica y colorida. Se pueden conseguir desde alfombras persas hasta ropa interior, muebles usados, uniformes militares, piezas de hojalata, sombreros, motores.
En la esquina con Mira el Sol se venden mascotas, y enfrente, en una tienda de objetos usados, trajes de torero y togas sacerdotales de seda de los distintos colores que exige la liturgia.
Allí también se encuentran los bares en que la gente se amontona para comer bocatas de jamón y queso manchego, y tomar un vasito de vino riojano, mientras ven en la televisión los encuentros de la liga de fútbol.
El recorrido finaliza en la plaza Campillo del Nuevo Mundo, el equivalente madrileño al parque Rivadavia.
En sus bancos, a los pies de la Puerta de Toledo, se venden antiguas revistas, libros y estampillas. El paso del tiempo ha obligado a muchos comerciantes a agregar una sección con CD-ROM, en que incluyen la más variada pornografía.
En el centro de la plaza se realiza el intercambio de cromos. Los de fútbol son los más populares.
Con sus carpetas bajo el brazo, los asistentes discuten, gritan, regatean. Hasta daría la sensación de que sufren como si se les arrancara parte de sí cuando intercambian lo que definitivamente deben ser, para ellos, valiosos ejemplares o colecciones completas. Todos son adultos.
Los niños, a veces sus propios hijos, miran azorados cómo los mayores discuten acaloradamente por una figurita que, aunque resulte difícil de creer, en muchas oportunidades ni siquiera es de fútbol, sino de la Sirenita o de Mi Pequeño Pony.
Más que un grupo de vertiginosa diversidad, como lo sugiere la hiperbólica comparación con El Aleph , de Borges, El Rastro es un mercado un poco decadente y exótico, lleno de sorpresas y objetos únicos.
En un Madrid cada día más europeo, frío y prolijo, quizás el mayor atractivo de El Rastro se encuentre en el caos y la espontaneidad que lo caracterizan; una excelente alternativa al aburrido acartonamiento de las grandes tiendas de la Puerta del Sol y de la calle Serrano.
Hernán Zin

Historia

Su origen se remonta al siglo XVI, cuando en la inmediaciones de la Puerta de Toledo se encontraba el matadero de Madrid, conocido como rastro . En el siglo XIX, los ropavejeros y chamarileros toman preponderancia dentro del mercado e instalan los puestos que dieron lugar a las actuales almonedas y tiendas de antigüedades.

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