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 • HISTORICO

El refinamiento oriental

En las calles se vive con el chillido o el grito de los animales, con los olores a especias y el amontonamiento, pero hay lugares de inolvidable delicadeza




Si hubiera que elegir un lugar de Estambul que resumiera la vitalidad y el exotismo de la antigua capital del Imperio Otomano, eligiría el barrio que rodea el Bazar Egipcio, también llamado Bazar de las Especias (Misir Çarsisi). En unas pocas manzanas, el bullicio, la mezcla de colores, de perfumes, de tradiciones, las voces de los vendedores, crean una atmósfera al mismo tiempo estimulante y perturbadora.
Cuando se sube la majestuosa escalinata de la vecina mezquita Nueva (Yeni Camii), conocida asimismo como la mezquita de las Sultanas Madres, se tiene una visión panorámica del exterior del Bazar Egipcio. En los peldaños, una multitud de palomas picotea los granos de maíz que les arrojan los turistas, como si se estuviera en la Plaza San Marcos en Venecia. Al pie de la escalera, hay puestos de panes y de libros. Los vendedores pregonan las mercancías y, para ser oídos, deben imponer sus voces a las de los cantantes turcos y europeos, emitidas por poderosos equipos de sonido, porque naturalmente también se venden CD.
La mezquita comenzó a construirse en 1597 por iniciativa de la madre de Mehmet III y fue terminada hacia 1660 por la intervención directa de la madre de Mehmet IV. El arquitecto que levantó el edificio fue Daoud Aga, un alumno de Sinan (el creador de la mezquita Azul), que tuvo un trágico destino: fue ejecutado en 1598, después de haber diseñado la planta del templo.
Desde el punto de vista artístico, la mezquita es imponente y si bien no alcanza el refinamiento de las erigidas por Sinan, la belleza de las cúpulas y de los minaretes, así como el efecto teatral que causa ver la silueta del edificio erguirse sobre la escalinata, cautiva a quien la contempla. Como en el sector del Bazar Egipcio que se halla enfrente de la mezquita se exhiben animales vivos, se oye el canto de los gallos, el de los pájaros, además de los ladridos de los perros, en una alegre y extraña polifonía. Asombra ver una buena cantidad de monitos, ofrecidos por sus cuidadores a los posibles clientes. También hay una serie de tiendas al aire libre que venden flores, hortalizas y semillas.

Entre el curry y la pimienta

La brisa o el viento renuevan el aroma de las especias; a veces predomina el curry, otras la canela o la pimienta; pero también el olor del mar de Mármara porque la otra fachada de la mezquita domina el muelle desde donde se puede emprender la navegación del Bósforo. De modo que basta dar una vuelta al templo para cambiar por complejo de paisaje.
Los barcos alineados cortan el horizonte marino. A lo largo de las dársenas, hay una hilera de parrillas paralelas a las embarcaciones. Los pescados se asan a la intemperie, mientras los clientes forman cola. Por supuesto, se puede comer en esos puestos por muy poco dinero, pero si se dispone de tiempo y de un presupuesto más holgado, en el primer piso del Bazar Egipcio está el restaurante Pandeli.
Allí, entre las bellísimas mayólicas turcas que revisten las paredes, y las antiguas arcadas, se hace más agradable descansar. Desde las ventanas, se tiene una visión del puente Galata, que lleva a la ciudad nueva; del mar de Mármara, y de la agitación de la avenida costera.

El esplendor otomano

Después de un paseo popular como el anterior, los que deseen tener una experiencia más directa y exclusiva de lo que fue el esplendor otomano pueden visitar el hotel "iragan Palace, en las cercanías del palacio de Dolmabahçe. La cadena Kempinski compró el fastuoso edificio, levantado por el sultán Abdulazis a orillas del Bósforo y junto al parque Yildiz, y construyó un ala nueva.
A los turistas, aun a los que no están alojados en el hotel, se les permite visitar el magnífico palacio y sus jardines. Hay dos restaurantes, que funcionan por la noche: uno italiano y el otro especializado en la cocina otomana del siglo XIX. Los dos son hermosísimos y fastuosos. Las ventanas de ambos comedores dan sobre el Bósforo y resulta impresionante ver cómo las olas baten contra los muros del palacio.
Por supuesto, se trata de dos de las mejores cocinas de Estambul (comer opíparamente cuesta unos 40 dólares por persona). También se come muy bien en el snack bar del "iragan, desde donde asimismo se tiene un excelente panorama del mar y los puentes sobre el Bósforo.
Un restaurante con una buena vista, en el otro extremo de Estambul, es el Rami, enfrente de la mezquita Azul. También está especializado en la cocina de los emperadores otomanos. Es un lugar privilegiado por la visión del célebre templo que se tiene, en verano o en primavera, desde la terraza mientras se comen los platos de la corte del sultán Abdulazis. Por la tarde, se sirve té acompañado por la repostería tradicional de Turquía. En el interior, las paredes están decoradas con cuadros originales de Rami Uluer, un pintor impresionista de Ankara.
Y los que busquen la nota cosmopolita no deben omitir la visita al hotel Pera Palace, donde se alojaban los viajeros del Orient Express. Los elegantes pasajeros del famoso tren llegaban a la legendaria estación art nouveau, y eran trasladados de inmediato a sus cuartos, en los que seguían gozando del confort y del lujo europeos.
Hoy el Pera está en decadencia; en los años de entreguerra, fue uno de los establecimientos más refinados. Construido por la Compañía Internacional de Wagons-Lits, estaba reservado para la elite internacional. Hay una serie de habitaciones abiertas en la actualidad para los visitantes, aunque no se alberguen en el hotel; entre ellas las que ocuparon Kemal Ataturk, el líder turco, y Greta Garbo.
Por una pequeña propina, el groom oficia de guía; muestra los salones de mármol, los que están recubiertos de boiserie (y también de polvo), multiplicados por antiguos espejos de marcos espectaculares, y hasta alienta a los visitantes para que suban en el magnífico ascensor de rejas doradas que usaron monarcas, estrellas de cine, aristócratas, espías y escritores célebres.
El movimiento más febril y actual de Estambul se desarrolla en la zona de Laleli, un barrio no muy turístico, si bien está cerca del Gran Bazar y de la Universidad. Allí comercian los exportadores e importadores que trabajan con Europa del Este. Se oye hablar ruso con mucha frecuencia. Los negocios y las calles están abarrotados de prendas de cuero y también de ropa de otros materiales, pero no de muy buena calidad.
A lo largo de cuadras y cuadras, hay una actividad incesante. Entre las curiosidades arquitectónicas, está el hotel Merit Antique. Se lo construyó uniendo con arcadas y cúpulas de vidrio las angostas callejuelas que separaban cuatro edificios antiguos iguales. Se le dio al conjunto una unidad de estilo, que evoca la curiosa cruza de la arquitectura europea y oriental que se originó en Turquía a principios de siglo.
Hoy, debajo de esas bóvedas transparentes, se puede comer o descansar. Hay en el Merit un muy buen restaurante chino. Las ventanas de algunas habitaciones dan a los patios, que antes eran las calles, siempre animados por las conversaciones de los viajeros y de los parroquianos, o por los gritos de los pájaros exóticos que desde grandes pajareras asisten al desfile humano.
El rumor de una fuente recuerda la pasión que, desde las épocas más antiguas, sintieron los pueblos de Oriente por el agua. Una pasión que ilustran las magníficas fuentes que se encuentran por todo Estambul y que son, de algún modo, como el leit-motiv de una ciudad y de un imperio que nació, creció y se expandió gracias al mar.
Hugo Beccacece

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