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El shock cultural no se toma vacaciones

Saber negociar, acomodarse a los tiempos de los demás, comer alimentos impensados y adaptarse a situaciones nunca vividas, muchas veces provoca mal humor; sugerencias para que un viaje de placer no se convierta en una pesadilla


Créditos: Ohlalá



El canal estaba calmo, brumoso. Era cerca de la medianoche y el invierno hería, implacable. El barco hizo un giro y se acercó a la parada, la última. Los dos, arrastrando sus valijas, se metieron de pronto en ese esplendor desierto de Venecia que a esa hora y bajo la lluvia tenue era la plaza San Marco.
Ella, desasosegada por tanta magnitud, comenzó a llorar: era emoción, Venecia, la eterna, la maldita, no me hagas esto, pensó, no se qué me pasa, si no estoy triste ¿o lo estoy? Me angustié, Venecia, caray, se me cerró la garganta... Estaba paradita en medio de la plaza con su equipaje. Tenía puesto un sombrero negro y él, molesto por la lluvia y tratando de apurarla, dijo: "Parecés Rosa de Lejos, sólo te falta la valija de cartón. Dejá de llorar y dale que me estoy mojando". Huelga decir que la emoción terminó en una discusión tan espectacular como el Rialto.
En criollo esto se llama shock cultural. El doctor Oscar Taber, psiquiatra y entusiasta estudioso del tema, lo define así: "El concepto engloba la variada gama de emociones que presenta una persona ante el impacto de acceder a un lugar en el que nunca estuvo".
Y sigue: "El fenómeno presenta indicadores que se manifiestan en lo físico y en lo emocional, y que lo experimentan quienes se ven inmersos en un nuevo entorno. Vistas, sonidos, olores, sabores, hábitos y costumbres difieren según los lugares. Y las personas organizan la realidad con criterios propios y diferentes. La necesidad de reconocimiento y adaptación requiere de un esfuerzo que el individuo deberá concretar para poder entrar en contacto con esa realidad y su organización".
¿Puede arruinar un viaje el anhelo de placer si el mismo se vuelve en contra? Sí, en efecto, porque el shock cultural no se puede medir. Le pasó a Daniela, una joven argentina que fue a vivir a Vietnam con su novio y debió aprender, lo primero, a sobrevivir cada mañana al cruce de una calle amenazadora en una moto; a Ernesto, que se aburre y palidece en Ginebra, a pesar de estar trabajando muy bien; a Lucrecia, que dejó Rosario y se fue a un pueblo del interior de Córdoba; o a María, que jamás logró entenderle una palabra a las cholas bolivianas cuando visitó ese espectacular país del Altiplano: ellas, al verla alta, blanca y de ojos claros, insistían en hablarle en un inglés extrañísimo, aunque para ambas la palabra gracias significara lo mismo.
Es más: si usted es afecto a la Web, encontrará allí algunos consejos, como el del portal enplenitud que indica lo mejor para que su hijo no sufra por el tan mentado shock cultural.
Aconseja, por ejemplo, enseñarle al menor costumbres del país que visitarán antes de emprenderlo, "y siga este proceso educativo durante el tiempo que duren las vacaciones".
Además, explica que hay que conseguir libros infantiles sobre la cultura y la geografía del país, mientras aprende a identificar los síntomas del shock: dificultades para dormir, períodos de sueño más largos de lo habitual, dolores de cabeza, náuseas, diarrea, ira, apatía o irritabilidad, ansiedad, o ser extremadamente crítico de todo lo característico del lugar que estén visitando.
Finalmente, se aconseja mantener las rutinas de los niños, crear un refugio cómodo y seguro en el lugar del alojamiento; aprender algunas frases en el idioma y hacerlo participar de todo cuanto se haga. Claro que a veces es inútil: retoños otrora cariñosos que rompen el sueño ajeno en la espera de un aeropuerto; madres angelicales que bordean los límites del sopapo cuando el niñito, consustanciado con el jet lack, camina como un poseso por el hall del hotel; o los gritos desesperados de esos infantes cuando el estómago y no la cultura les indican que tiene un hambre incontenible.
María fue hace años a Bolivia y Perú, y lo que más le costó fue adaptarse a la visión, en un viaje en tren, de una boliviana que colgó una bolsa en un gancho del equipaje con un pollo recién muertito y debajo puso a dormir a su guagua. El pollo goteó sobre el chico durante horas y sólo sirvió para que María se consumiera en su propia ira porque, aunque le avisó a la madre del desastre, ella sólo si limitó a contestarle tantito.
Pablo y Patricia tuvieron una experiencia similar en La Paz: exhaustos, se quedaron mirando cómo la gente a semejante altura pasaba con elementos pesadísimos sobre la espalda encorvada una y otra vez. Pablo dijo luego que él sentía haber estado en un set de cine donde todos eran extras que llevaban y traían extraños elementos de utilería.

Ginebra, a tu salud

Ernesto vive y trabaja en Ginebra, Suiza. Tiene menos de 30 años y es un experto en el shock cultural. Dice, por ejemplo, que lo que nunca logró, aun viviendo en una ciudad donde le pagan como a un local, es dejar de hacer mentalmente el cambio al peso argentino.
El no es turista, y debió hacer un enorme esfuerzo de voluntad para literalmente alimentarse a los precios ginebrinos: se negaba a comprar carne a 150 pesos o a pagar 70 euros por una cena con gaseosa.
Su pareja, Liliana, padeció la eterna cara de pocos amigos de los suizos de esa zona, pero mucho más la imposibilidad de hacer las compras domésticas después de las seis de la tarde: todo cierra.
¿Influyó en la pareja? "Y..., sí. Vivimos para adentro, más para nosotros, debimos acostumbrarnos, por ejemplo, a que los domingos todo está cerrado. O que la gente te invite a comer a su casa, pero sabiendo que vos tenés que hacer lo propio porque si no es mala educación."
Venecia, Roma, Ginebra, ninguna ciudad se salva cuando el shock nos sorprende y hay que tener una enorme fuerza de voluntad para afrontar no sólo la diferencia de cultura, sino también el poder compartirlo con el compañero de viaje momentáneo, al que le ocurre exactamente lo mismo.

Momentos difíciles de sobrellevar

Relajarse, la consigna cuando la situación se complica
Diego (los apellidos de los entrevistados fueron obviados por pedido de ellos) es otro pasajero frecuente y hombre de mundo.
En uno de sus viajes, el joven advirtió que su shock cultural más memorable ocurrió en China, cuando un nativo grandote le eructó en la oreja, cosa que para los chinos no es signo de mala educación. "Ellos caminan con el codo hacia afuera porque empujan al pasar y no existe la palabra disculpas."
¿Angustia eso? Sí. A María, por ejemplo, se le había metido en la nariz un olor desagradable que olfateó en Egipto y cada alimento que probaba parecía saber a aquello: volvió demasiado delgada. A Soledad le molestó una sola cosa de Portugal: los hombres escupen en las calles sin piedad y a ella eso la asqueaba.
"Lo difícil es entender cómo debe uno desenvolverse. Los chinos, por ejemplo, cuando negocian un precio lo cumplen después. Pero los indios jamás lo hacen, lo que convierte el regateo en una actividad muy desgastante", dice Diego.
Ernesto, el flamante ginebrino, debió soportar durante los primeros días cuando llegó a su trabajo que quien lo había contratado dijera: "Ah, bueno, yo quería a un profesional de verdad". La pareja, entonces, suele pasar por momentos difíciles: ambos necesitan la contención al final del día y no siempre se puede brindar, tan sufridos por haber estado en alerta constante.
Pero probablemente el shock cultural más duradero que se recuerde lo haya registrado un ladrón tucumano hace cerca de 10 años. El hombre robó el equipaje completo de un holandés reconocido mundialmente por su lucha en favor del abolicionismo del derecho penal. La víctima lo corrió, le dio caza y lo llevó a una comisaría, pero no para entregarlo preso.
En la dependencia policial comentó en un inglés inapropiado para San Miguel de Tucumán a cierta hora de la madrugada su teoría sobre las penas y pidió que el ladrón no fuera encarcelado -el holandés había recibido algunas lesiones- y, en cambio, devolviera el botín e hiciera tareas diferentes para la comunidad con el fin de aprender algo más de la vida. El tucumano ladrón nunca entendió lo que le pasaba y llegó a pensar que una celda era más cómoda que comprender y aplicar esa teoría de cuyo nombre hoy no quiere acordarse.

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por Redacción OHLALÁ!

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