
Créditos: Ohlalá
PEKIN.- La paciencia, la lógica y, sobre todo, el objetivo final de la actividad que ocupa casi la mitad de los días del viejo Li son más elocuentes sobre la cultura china que docenas de explicaciones económicas o sociológicas.
En Pekín pasean pájaros. Los sacan todas las mañanas a los parques como falderillos. La cultura sobre su cuidado, las consideraciones sobre razas, cantos y habilidades son tan extensas y acabadas como en cualquier club canino en las antípodas. Los pájaros se precian y se educan. Se vende comida y mercancías especiales para ellos.
Como hay entrenadores de perros allá, hay entrenadores de pájaros acá. Pero ahí se acaban los parecidos.
El viejo Li tiene tres. Son de la raza Hua Mei (no se pregunte cómo se traduce). Con el plumaje café y anteojos blancos.
Todas las mañanas, cada día del año, desde que obtuvo una pensión, hace casi una década, los lleva de paseo a una esquina de la Ciudad Prohibida, donde se reúnen casi cuarenta viejos como él, todos con aves idénticas. Que invaden por dos horas ese rincón con una frenética sinfonía natural, pues cantan sin descanso, como si no hubiesen trinado nunca, sin parar ni cansarse, hasta que sus dueños los vuelven a tapar y en triciclos y bicicletas se vuelven, a eso de las 10, a sus casas.
Pequineses sin perros
Aquí nadie pasea perros. Pero miles de viejos pasean pájaros.
Los triciclos de los pensionados pequineses, de gorra y chaqueta maoístas, con sus graciosas jaulas de bambú, idénticas e idénticamente uniformadas con la tela azul con que las tapan, son una imagen típica de la capital china a la hora en que todo el resto de la gente se apura a trabajar.
"Con mis pájaros puedo pasear y hacer ejercicio- dice el viejo Li-, y cultivo mi temperamento: con ellos uno se vuelve más paciente, más amable, no se enfada con facilidad."
La edad consciente de Li es la de la República Popular. Mocetón, estuvo en la manifestación de Tiananmen en 1949 en la cual Mao anunció la constitución de la China comunista. Y eso es todo lo que dice sobre su vida. En cambio, sobre sus pájaros puede hablar horas.
A estos Hua Mei los traen del Sur. Son muy apreciados porque no sólo tienen su propio canto, sino que pueden aprender toda clase de sonidos. Al cabo de dos años de empeño con cada uno, pueden repetir hasta los maullidos y ladridos que están incluidos en el cassette de entrenamiento especial que se vende para ello. "Son como loros, pero no aprenden palabras, sino sonidos", dice Li.
Dos años que no sólo dan fruto en términos de diversidad de trinos.
Estos pájaros, que se aterrorizan y chocan contra las paredes de la jaula cuando se acerca un desconocido, reconocen al dueño, se dejan rascar el cuello y lo erizan como gatos. Sólo son destapados durante el paseo matinal.
El resto del tiempo, salvo las horas iniciales de entrenamiento, lo pasan tapados.
Si los destapan a menudo o no los sacan a pasear, dejan de cantar.
Una hembra, varios machos
Sólo son paseados los machos, pues tienen dos muy humanas peculiaridades: una sola hembra tiene varios machos; si se juntan uno y otra pelean hasta matarse (todo parecido con el matrimonio no es culpa de estas aves). Las hembras, por otra parte, no cantan.
Todos, sí, tienen larga vida, entre dieciséis y dieciocho años.
Un solo pájaro puede valer la pensión de dos o tres meses de uno de estos viejos. Uno de ellos, Zhang, es llamado maestro por los demás.
Por la tonalidad del plumaje puede reconocer de que región del Sur viene el espécimen. Da consejos, evalúa, opina sobre la dieta y los trinos.
Es más joven que los demás y aún trabaja como taxista nocturno. Y su afición es tal que sólo se acuesta a mediodía, después de pasear a sus seis perfectos cantores.
Libres en el silencio
Estos viejos que gobiernan las mañanas de los parques de Pekín no son ni noticia ni atracción turística.
Pero son la China. Por la infinita paciencia cotidiana que demanda cada trino.
Por la disciplina del viaje matutino con sus cachorros alados. Por la silenciosa sociedad que la rutina de años, en el mismo sitio y a la misma hora, va organizando entre los dueños de pájaros iguales. Pero, sobre todo, por lo que dijeron cuando ya me iba, de pasada, como si no fuera importante.
Aunque viven mucho tiempo, a los 10 años estos pájaros van enmudeciendo hasta que un buen día dejan de cantar.
Entonces, su dueño los deja en libertad. Soltar el objeto de años de cría y esfuerzo, no porque se muera, sino porque se calla. Poético final que, entre otras cosas, debería dar a nuestro occidental imperio de la utilidad no poco en qué pensar.
La Gran Muralla
La Gran Muralla es una de las obras arquitectónicas más ambiciosas y deslumbrantes de la humanidad.
Su construcción comenzó en el siglo VII a. C. y su función era proteger al imperio de los bárbaros (cualquier persona que no fuera china), en especial de los hunos y los mongoles.
En momentos que poseía mayor extensión, durante la dinastía Tang, cubría más de 5000 kilómetros. Hoy en día sus restos están esparcidos por cinco provincias, dos territorios autónomos y es la única construcción del hombre que se puede divisar desde la Luna.
Partiendo de Pekín, hay tres secciones de la Muralla que pueden ser visitadas. Badaling y Muntianyu son las más rústicas. En ambas, las torres han sido reconstruidas, tienen modernos escalones y pasamanos, y entre vendedores y souvenirs y miles de turistas resulta difícil imaginarse cómo era la Muralla hace diez siglos.
La tercera opción, Simatai, es la mejor. Recientemente abierta al turismo, conserva su estructura sin remodelaciones y recibe pocos visitantes, que no tienen problemas para descubrir el espíritu original de la obra.
Si los emperadores que gastaron toneladas de oro y sacrificaron la vida de millones de hombres para construir la Muralla -cuyo fin era mantener China aislada del mundo- pudieran ver cómo, hoy, todos los hoteles de Pekín reproducen CNN, en el centro hay más de 50 locales de Kentucky Fried Chiken y el máximo ídolo de los jóvenes es Michael Jackson, comprenderían que no hay muro capaz de detener al hombre y a sus ambiciones de conquista y poder.
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