
Hay algo con las salidas después de los 30, todas involucran una comida, grandes cantidades de vino y charlas eternas. El viernes no fue la excepción. Sumemos que casi morimos en el intento porque se nos dio por someternos a los más picantes platos indios. Nadie terminó (por suerte) como en esa escena de Mi novia Polly, hubiese sido un espanto sin retorno. También me doy cuenta que hagas lo que hagas es difícil aburrirte si estás con alguien divertido del otro lado. La charla fluye, una anécdota lleva a la otra y se te pasa la noche y estás pidiendo la cuenta. La sensación es de absoluta tranquilidad, de sigamos así, viéndonos, sentándonos en mesas en rincones a charlar y que cuando la cosa cambie (si cambia) que cambie. Mientras tanto está buenísimo. No quiero grandes adrenalinas, quiero disfrutar del viaje y mirar por la ventana. ¿Se entiende?
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