
Créditos: Ohlalá
Hace muchos años que me paso la vida viajando. En general viajo para contarlo, y he publicado tres o cuatro libros con eso - Larga distancia , La guerra moderna , Dios mío -. A veces me pregunto por qué esa especie de compulsión al viaje.
Y más allá de los atractivos obvios de conocer nuevos lugares y el desafío de contarlos, me parece que lo que más me excita de la idea del viaje es que es el único antídoto serio que conozco contra la fugacidad del tiempo.
El tiempo del viaje, sobre todo los primeros días, parece infinito. Un tiempo increíblemente lleno. Cuando estoy acá a veces tengo la sensación de que los días se me van sin darme cuenta.
En cambio siempre me acordaré del día que me robaron 1500 dólares en un hotel de Moscú, o el día que quise comer perro en un pueblito chino, o el día en que casi me matan en el valle del Urubamba. Y muchos otros: viajando, el tiempo se marca y permanece y se intensifica y se alarga...
Sin embargo recuerdo una situación en que ese tiempo denso del viaje me jugó en contra. Estaba en 1999, en Budapest, una de las ciudades más lindas que conozco, sólo porque me habían rebotado en la frontera de Yugoslavia. Yo trataba de ir a Belgrado bombardeada por la NATO: quería escribir una crónica de esa guerra. En ese momento todos los corresponsales y las televisiones del mundo estaban en la frontera entre Yugoslavia y Albania; ahí llegaban los refugiados kosovares y todos hablaban de grandes masacres. Masacres que nadie veía.
Lo único que veían era gente que llegaba y decía: "Nos están matando, nos están haciendo esto y lo otro". Y el mundo estaba conmovido por eso que nadie veía, pero todos los medios refrendaban. En cambio, a los bombardeos de la NATO sobre Belgrado -que sí se veían-, nadie les hacía caso. Era un dato muy menor en los noticieros, en los diarios. A mí lo que me interesaba contar era esos bombardeos, y no aquellos refugiados. Pedí aquí una visa en la embajada, me la dieron y fui hasta Budapest en avión, porque no había vuelos que llegaran a Belgrado. Llegué un domingo a la noche y me metí en un hotelito berreta cerca de la estación porque al día siguiente iba a salir temprano para Belgrado. Llegué hasta la frontera en una combi medio trucha que se tomaba en una estación de servicio en las afueras de Budapest, la única que iba a Belgrado, a unos 300 kilómetros, en aquel tiempo de guerra. Cuando llegamos a la frontera presenté mi pasaporte.
Me dijeron que tenía que esperar y, al cabo de dos horas, me lo devolvieron y me dijeron que no podía entrar aunque tuviera la visa. "La visa no le sirve para nada. Los argentinos no necesitan visa para entrar en Yugoslavia. Una visa no sólo es inútil, además es innecesaria. Pero lo que usted no tiene es la autorización del Ministerio de la Guerra, que es el que maneja la cosa en este momento porque, usted sabe, nosotros estamos en guerra", me dijo un capitán. Nada de lo que argumenté sirvió.
Terminé a las 3 de la tarde en una estación de tren de la frontera entre Hungría y Yugoslavia, donde no pasaban trenes. Tenía un libro -el único que había llevado-, que se correspondía bastante bien a mi estado de ánimo: Los miserables , de Víctor Hugo. Así me sentía yo, mientras esperaba durante horas el tren a Budapest.
Yo no quería estar en Budapest. Lo único que quería era obtener la autorización para ir a la guerra. Pero estuve allí casi una semana, yendo todos los días a la embajada de Yugoslavia, a la argentina, haciendo todo tipo de trámites a ver si me dejaban entrar. Era ridículo, porque estaba en una de las ciudades más lindas que he visto, donde además están las mujeres más atractivas, y era como no estar.
En ningún momento tenía la sensación de estar en Budapest, en ningún momento hacía nada en Budapest que no fuera seguir con esos trámites imbéciles con los que nunca conseguía nada. Finalmente el segundo de la embajada yugoslava me citó para una larga charla en la que tuvimos que armar una alianza rarísima. Al término de una semana pude irme de Budapest, donde nunca había estado realmente, y llegar a Belgrado, donde era mejor no estar nunca: el lugar del mundo donde nadie quería estar en esos días.
El autor es escritor.
Por Martín Caparrós
Para La Nación
Para La Nación
SEGUIR LEYENDO


Lanzamos Wellmess, el primer juego de cartas de OHLALÁ!: conocé cómo jugarlo
por Redacción OHLALÁ!

Gala del Met: los 15 looks más impactantes de la historia
por Romina Salusso

Kaizen: el método japonés que te ayuda a conseguir lo que te propongas
por Mariana Copland

Deco: una diseñadora nos cuenta cómo remodeló su casa de Manzanares
por Soledad Avaca Cuenca


