

El 11 de julio de 2005 descendí a 3800 metros en un minisubmarino de ocho metros de longitud para tres tripulantes. ¿La razón? Visitar el Titanic.
Estuve interesado en esa historia por más de 35 años y ahora me encontraba casi por azar, navegando desde el puerto de St John´s, en la isla de Terranova, Canadá, en el barco de investigación ruso Akademik Keldysh hacia el punto del naufragio. La motivación por encontrarme cara a cara con esa cápsula del tiempo era tan fuerte que el hecho de pasar 10 horas en las profundidades del océano en una cabina de 2,10 metros de diámetro, soportando presiones de tres toneladas por cada 2,5 cm cuadrados, eran detalles.
Luego de dos horas y media de descenso mi corazón empezó a acelerarse cuando vi por el sonar el dibujo perfecto de la proa de la nave. Minutos después de llegar al lecho marino vi a través del ojo de buey del minisubmarino una inmensa pared de acero que ascendía hasta donde se perdía la visual. El sumergible comenzó a ascender por el costado de estribor de la proa descubriendo con sus potentes luces la barandilla del castillo de proa, seguimos por sobre el mástil (desde donde se avistó el iceberg) hasta el puente de mando.
Luego observamos casi sin respirar la bañera blanca en el cuarto de baño de la cabina del capitán Smith, las cabinas de los oficiales con los vidrios de las ventanas intactos, restos esparcidos de botellas, tazas, platos, ollas, zapatos y, por último, en lo que fue la popa, encontramos los motores, las calderas y las hélices de tamaños sorprendentes.
En fin, con el paso de las horas uno se siente un poco aventurero y un poco arqueólogo, pero sobre todo uno se conmueve y hace un respetuoso silencio mientras observa los restos de la tragedia que provocó la muerte de más de 1500 almas en una fría noche de abril de 1912.
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