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 • HISTORICO

En Formosa resuena una voz indígena

En las cercanías de la localidad de Las Lomitas asoma la comunidad de los pilagás; para conocerla bien a fondo es necesario navegar en una piragua en medio de palmeras y serpientes; un viaje para turistas audaces




LAS LOMITAS, Formosa.- Un grito de alerta recorre el indómito lugar. En realidad, es un llamado a la lejanía. Los chajaes reaccionan, emergen de sus nidos, perturbados. El sonido se desvanece. Dos canoas, testigos de la escena, apenas se mueven por la suave corriente. Pero nadie en el solitario bañado La Estrella responde al requerimiento.
Existe una cita preestablecida. Se trata de un hombre casi de la misma edad de la persona que lo está buscando. Es un cacique. Es pilagá y pertenece a la comunidad de Pozo Molina, hacia donde las dos embarcaciones se dirigen.
"¿Será que es tarde?", se pregunta con absoluta razón don Cáceres, el emisor de los gritos.
Este, Oeste, Norte y Sur. Puntos cardinales que dentro del bañado formoseño no resultan de ayuda ninguna como orientación. Todo a alrededor es vegetación espesa. Lo que no, es agua. El rebasamiento constante del Pilcomayo gana el corazón de la comarca y atraviesa los bajos de la provincia conquistada por el coronel Fontana cien años atrás.
"No se preocupen. El cacique se debe haber marchado, pero conozco muy bien el camino. Lo he hecho cientos de veces." Es seguro en sus dichos. Tanta tranquilidad transmite con su rostro que los chajaes alterados por el alerta regresan a su morada más relajados que al abandonarla.
Don Cáceres es nativo del Chaco, pero vive en Punta del Agua, al norte de Las Lomitas. Tiene alrededor de 50 años. Fue, durante varios años, director de la escuela de Pozo Molina, donde habita una de las trece comunidades de pilagás de la provincia.
Terminada su función docente, el cariño hacia el maestro quedó grabado en cada criatura pilagá, afecto extensivo a los caciques de la comunidad, Solano Caballero y Guillermo Fernández.

Comunidad distante


El cruce del bañado La Estrella desde Punta del Agua hasta Pozo Molina es complicado, pero fascinante. El espejo de agua penetra entre los árboles y cubre el monte.
El agua tiene una cristalinidad color miel. Sólo por momentos, las canoas no necesitan de empuje para desplazarse. La corriente las lleva aunque la dirección de la travesía es menester del guía baquiano. Los árboles de la floresta son de porte mediano. No son tan altos como en la selva paranense o en las yungas.
Don Cáceres se las ingenia para que el grupo arribe a la comunidad pilagá. Pozo Molina es una población alejada de las carreteras. La travesía en las piraguas demanda un día entero a través del ecosistema acuático, o a caballo si el nivel del bañado está bajo. Sin pausa.
Entre lagunas, por medio de palmerales caranday semihundidos. O cementerios de árboles que no resistieron la acumulación de agua. También, en medio de champales, troncos secos donde reposa la curiyú, la mayor boa del nordeste argentino. El bañado La Estrella cubre aproximadamente 350.000 hectáreas. Los taponamientos del río Pilcomayo por acumulación de sedimentos en el cauce impidieron que el agua fluyese con libertad por su traza natural. En el Paraguay, el desvío de agua por un canal derivador, había dado cuerpo al estero Patiño, que hoy no tiene buena afluencia de líquido. En el Sur se formó el bañado La Estrella, cuyas aguas finalmente desembocan en los riachos formoseños del Oriente, como el Taú Piré, el Porteño o el Monte Lindo Grande, y de ahí al río Paraguay.

El agua siempre retorna


Para los formoseños y para don Cáceres, que la mitad del año las tierras estén con agua es un dato cotidiano. Para Carlos Felipe Arnedo, ideólogo de la excursión por el bañado, también. Para Fredy Iznardo, guía de insólitas travesías acuáticas, la desesperación comienza cuando se acerca a tierra firme, porque se mueve mejor por el agua.
El bañado oscila de nivel de acuerdo con la intención de las lluvias en la cuenca superior del Pilcomayo, en Salta y Bolivia. La llegada del agua, a Punta del Agua, luego de recorrer 180 kilómetros como lava a través del campo, favorece la fertilidad de la tierra que en el oeste formoseño es más árida respecto de los suelos de la cuenca del río Paraguay.

Poblados vecinos


Entre Punta del Agua, población criolla, y Pozo Molina, agrupación pilagá, hay cuatro leguas de distancia, el ancho del bañado de Norte Sur.
Criollos e indígenas se adaptan a una misma realidad. Y si bien los pilagás preservan fuertemente su unidad, como ninguna otra etnia, los hombres salen a trabajar a los obrajes o a las forestaciones para sumar recursos a las familias.
Sombreros de ala ancha y guardamontes de cuero por el lado criollo. Ranchos de tronco de palma y yicas, bolsos hechos de hojas de chaguar, por los indígenas.
La afición por la miel conecta ambas culturas, debilidad común que tienen por el dulce legado de las temibles avispas norteñas, algunas de ellas conocidas como las extranjeras. La recolección es cruel. La degustación está precedida de fatalidad porque para acopiar la miel tienen que derribar el árbol ya que la acumulación del dulce se produce dentro del tronco, alejada del suelo.
Pozo Molina es la comunidad pilagá más aislada. Su ubicación geográfica tiene que ver con la persecución que padecieron tras un levantamiento étnico entre 1946 y 1948, según dice don Cáceres. "El grupo que seguía al cacique Pablito, uno de los últimos jefes ariscos de los pilagás, se radicó en este lugar. Incluso, aquí vive el nieto de este cacique."
Muchas cosas pueden quedar grabadas en el viajero que se acerca. Las mujeres salen a realizar la recolección de tunas, algarrobas, frutos y chañar. Lo obtenido es trasladado en las yicas. También, se suben en los cachiveos, una embarcación de tronco de yuchán -palo borracho- para recoger la papa del agua que crece en las lagunas.
Las casas se disponen próximas unas de otras. La tierra del poblado, compuesto por una decena de familias, está apisonada y carece de pasto. Deambulan perros, pero las mascotas más a gusto en Pozo Molina parecen ser los suris (ñandúes). El cacique ya no representa al mejor cazador de la tribu o al más fuerte, como en el pasado. Hoy se elige en asamblea -con voto cantado- a quien represente sus derechos frente a las autoridades, ya que necesitan de la ayuda del Estado.
La sociedad pilagá encubre un matriarcado a pesar de tener caciques varones. Nada de lo que el hombre realiza se hace sin antes consultar con su esposa. Si algo no le gusta a la mujer, el varón dice: "No, no se puede, porque la señora no quiere".

Canto profundo

Más allá de la forma de vida de los pilagás, lo que más cautiva es su voz. El canto de los pilagás eriza la piel. En cada nota que emiten, la garganta se sensibiliza de a poco y van ganando en perfección. El oído, la entonación, son únicos. La fuerza del canto pilagá es, en general, alegre porque el pilagá lo es. Hacen fiestas y la visita de una persona desconocida con buenas intenciones es motivo de gozo.
Una vez en Pozo Molina, los caciques acompañan a los visitantes a una recorrida por la población. Las mujeres ofrecen collares y colgantes de su creación.
La noche pasa apacible. Al amanecer, don Cáceres da la señal de que hay que regresar a las canoas para emprender la vuelta a Punta del Agua. El camino de regreso es alternativo. Hasta el borde del bañado es posible cruzarse con osos meleros, pecaríes, guazunchos o vibrar con la sospechada presencia del yaguareté.
La llegada a Punta del Agua se acompaña con el recitado de una copla, ya que esta región formoseña tiene una marcada influencia de la cultura de Salta más que de la guaranítica.
El viaje al bañado La Estrella no es un viaje sencillo de realizar, pero sin duda es una manera decidida de acercarse a la historia, la cultura y la geografía de una región incorporada a la organización nacional hace apenas 100 años. Pilagás y criollos del centro-oeste de Formosa ya saben perfectamente de nuestra existencia.
Andrés Pérez Moreno

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