• HISTORICO

En Ostende hay un viejo hotel con pasado principesco

Símbolo de la costa, entre sus paredes perduran anécdotas de la belle époque




Aunque sólo son tres horas y media las que separan esta capital de la costa, un viaje en auto con chicos pequeños -que ya a la altura de Quilmes están preguntando cuándo llegamos- tiene su dosis de stress.
Pero los gritos, llantos y preguntas reiteradas más que nunca quedan en el olvido cuando se hace la curva del camino que une los balnearios de Pinamar y Cariló, y en Ostende el auto y sus pasajeros cansados de ruta se topan con el símbolo de este antiguo balneario, que es el Viejo Hotel Ostende.
El destino ansiado. Allí, grandes y chicos tienen una merecida bienvenida. Los primeros sienten en la atmósfera aquello que indefectiblemente seduce: un lugar con la magia de la historia, donde cada objeto tiene un cuento, cada rincón un protagonista, y donde el aire de mar promete siestas verdaderas.
Para los enanitos, un hotel de grandes zonas de estar comunes y pasillos laberínticos para jugar de mil maravillas a los detectives, y donde de la boca de Abraliant Salpeter -un señor con todo el aspecto de abuelo de los de antes: gran barba blanca y cara de bueno- escuchan historias de perros verdes, de principitos y de escritores fantasmas.
Y lo mejor para unos y otros: la guardería. Un valor agregado para unas vacaciones en familia que no dejan de ser tales por haber elegido un hotel con mucha actividad dedicada a los chicos, que no paran ni en vacaciones.
El rincón de los más chicos está al lado de la sala de juegos que usan los mayores, con pool infantil, metegol, juegos de mesa y un antiguo sapo,0 donde lo pasan bien con una maestra jardinera.
Allí hacen manualidades de toda clase, se disfrazan, inventan obras de teatro con títeres, cantan, bailan y escuchan cuentos. Y hasta a veces se sienten los mejores chefs cuando el cocinero les cede la cocina para que cocinen tortas o galletas.

Huéspedes literarios

Pero no son ellos ni fueron los únicos huéspedes privilegiados del hotel.
Hotel Ostende tiene muchas anécdotas para contar. Parece que Antoine de Saint- Exupéry, autor de El Principito , pasó las temporadas de verano allí: dicen que la habitación 51 de la parte antigua es la que eligió para dormir.
¿Por qué no pudo haber inspirado las dunas de El Principito en la dunas de Ostende?, se preguntan optimistas los que aman estos médanos y los llevan en el corazón.
Hasta una versión indica que fue en un papel con membrete del hotel donde el autor escribió sus primeros textos. Por todo esto y mucho más, este año el Concejo Deliberante de Pinamar declaró ciudadano ilustre post mórten a Antoine de Saint-Exupéry en el centenario de su nacimiento, La que se encarga de hacer perdurar las historias en el tiempo es la hija de Abraham, Roxana Salpeter, anfitriona y gerente del hotel que en su búsqueda ha llegado a entrevistar al escritor Adolfo Bioy Casares, que allí se hospedó en la época en que las arenas lo invadían todo.
Es que, junto a Silvina Ocampo, Bioy escribió el policial Los que aman, odian, un libro inspirado en hechos reales ocurridos ep el Hotel Ostende en los años 30 y 40. "Me llamaba la atención que en la novela hubiera un hotel muy pequeño cuya planta baja estaba cubierta de arena y con las ventanas tapiadas, al lado del Hotel Ostende", dice Roxana. "El me dijo que cuando llegó acá en 1940, el lugar le causaba una extrañeza casi fantasmagórica, y a partir de eso escribió la novela", relata.

Los orígenes

Después de mirar por un rato las fotos antiguas que tapizan las paredes del establecimiento, uno se imagina el porqué de ese sentimiento. La historia cuenta que en 1913 se inició la épica fundación de este hotel y balneario, siguiendo el sueño de unos belgas nostálgicos deseosos de recrear el famoso balneario del mar del Norte que les recordaba la zona, y que llamaron de igual modo: Ostende.
Proyectaron amplias avenidas y diagonales, pero el emprendimiento terminó siendo tapado por las dunas rebeldes que desde el comienzo se resistieron a ser domadas.
Los belgas, además, no contaban con el respaldo económico necesario para solventar semejante iniciativa, y con el estallido de la Segunda Guerra Mundial debieron volver a una Europa que reclamaba a sus hombres.
De la capillita, muelle de 250 metros que desafiaba el mar, y principio de rambla que acompañaban al Viejo Hotel Ostende en su periplo inicial, el único que aguantó fue el hotel. Pero las anécdotas cuentan que allá por 1930 y después también se solía entrar directamente del médano al comedor del primer piso.
Finalmente, el hotel le ganó la lucha a los médanos, pero Ostende nunca fue lo que algunos imaginaron.
Sin embargo, los habitués de Ostende, y más precisamente del viejo hotel, y las familias que hoy se han plegado, lo hacen justamente por eso: Ostende es más tranquilo, más residencial, más familiar. No tiene centro. Por esas cosas del destino tiene una playa más ancha y menos concurrida.
A dos kilómetros de Pinamar y a 100 metros de la playa, el antiguo edificio que nació en tiempos de la belle époque semeja una fotografía, capaz de contener como un baúl, recuerdos y sorpresas.
El hotel vivo -como lo definen sus dueños- es el más viejo de toda la costa. Conserva mobiliario de principios del siglo pasado, aberturas con vitraux originales, el piso en damero blanco y verde original de los primeros tiempos, la antigua panadería con horno de leña, y el trato personalizado que distinguió a los viejos hoteles europeos.

Para descansar como antes

  • El hotel cuenta con 160 plazas distribuidas en tres tipos de habitaciones. Las antiguas cuestan 57 pesos por persona, las remodeladas 66, y ambos precios incluyen desayuno, cena y carpa en la playa. Las de tipo apart hotel, equipadas con heladera, microondas y otros básicos, cuestan 62 pesos por persona e incluyen desayuno y carpa, pero la cena es opcional. Reservas en Buenos Aires por el 4327-1093/ 4326-6461, info@hotelostende.com.ar En Ostende, Biarritz esquina Cairo: (02254) 486081.
Constanza Gechter

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