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 • HISTORICO

En tren por Sicilia, con toda la mitología a bordo

Un trayecto repleto de leyendas, paisajes inigualables y el Etna como faro de la isla italiana




CATANIA (El País, de Madrid).- La generosa plaza que acoge la estación Central de Catania también contiene numerosas terminales de autobuses, un intenso tráfico rodado y, aunque se llama plaza del Papa Juan XXIII, hay una escultura de Plutón.
La fuente, de principios de 1900, representa al dios pagano del infierno raptando a Proserpina, sobrina y futura reina consorte. Tamaño abuso quizá pueda ser visto como una metáfora del viaje mismo: una experiencia que, aun de forma involuntaria, puede cambiar la vida del viajero en esta isla de civilizaciones y mitologías superpuestas.
La sede ferroviaria, de fachada amplia y severa, monumental, es consciente de su propia importancia, y la escenifica. Una vez franqueado el vestíbulo, la ancha franja azul del Mediterráneo, algunos apuntes del puerto nuevo (el viejo quedó casi cubierto por la lava del Etna en 1669) y un difuso horizonte irrumpen en los andenes.
Sus pesadas marquesinas, de hormigón, parecen postizas. La estación fue construida en 1866 para comunicar Catania, la ciudad industrial, con Mesina, puerta hacia la Italia peninsular.
Procedente del Sur, de Siracusa, el tren llega puntual. Turistas, inmigrantes y sicilianos, cada grupo con un equipaje específico, se acomodan en los vagones.
Con el tren ya en marcha, se suceden largos túneles que impiden por tramos la visión de la llamada costa de los Cíclopes. Aquí residieron los colegas de Polifemo, anónimos gigantes monóculos, y aquí arribó Ulises. Pero desde el tren apenas se consigue divisar, frente a la ciudad de Aci Trezza, tres enormes piedras volcánicas que parecen clavadas en el mar. La leyenda dice que Polifemo las lanzó a ciegas contra Ulises, el burlón pirata que escapaba para seguir protagonizando La Odisea.
También en Aci Trezza nació don Procopio de´Coltelli, afamado inventor del exquisito helado italiano. A su vez, y según la tradición, la existencia del granizado hay que agradecérsela a los árabes de Catania, los primeros en mezclar nieve del Etna con zumo de limón.

Los pueblos de Acis

Nuevas leyendas salpican los rieles. La sucesión de poblaciones con el reiterado prefijo Aci se explica por la turbulenta relación de Acis, Polifemo y Galatea. Esta ninfa era pretendida por aquél, un pastor, pero también por el Cíclope que ni corto ni perezoso aplastó la oposición, el amor y el cuerpo de su rival con una gran piedra.
Los desmitificadores consideran que el difunto Acis -luego redivivo como río- representa a algún pueblo destruido cuyos habitantes se dispersaron por la costa, fecundándola con asentamientos como Aci Castello, con una notable fortaleza marina, o Acireale, monumental y barroco. Por su parte el sanguinario y abusón Polifemo personifica los fenómenos sísmicos o volcánicos.
El volcán real, el Etna, no es tan fiero como su leyenda: la lava vertida durante siglos alimenta la fertilidad de la llanura de Catania, rica en cítricos. Esta relación de dependencia cuaja en el paisaje, abierto, inmenso, una vez que el ferrocarril olvida los túneles. Así es la fotografía: el Etna a la izquierda, fumando suaves caladas, cerca o lejos según la nitidez de la atmósfera; el resto son campos poblados de limoneros y naranjos, y un mar lejano.
Tras una hora de trayecto desde Catania (el billete cuesta unos tres euros) se llega a la estación de Taormina-Giardini Naxos, la más hermosa de todas. Tiene andenes con vistas al mar y a la montaña, gráciles marquesinas de estructura metálica y un vestíbulo con paneles de madera, artesonado y cristales de colores.
La imaginación y los guías turísticos invitan a conocer Taormina. Subir a esta población encaramada en las alturas cuesta unos 12 euros en taxi (la décima parte si se utiliza el autobús).

Próxima estación, Mesina, la gran entrada al continente

Está frente a Calabria, una bella tierra
Pagando tres euros, el tren deja al visitante en Mesina. El primer tramo es inolvidable: alternándose con una sucesión de túneles muy breves, aparecen los paisajes marinos de Isola Bella, la playa de Mazzarò, la de Lido Spisone, las que rodean Letojanni...
El Etna ha desaparecido, queda muy al Sur, y lo sustituye la modestia de los montes Peloritani, cuyas estribaciones casi alcanzan la costa.
Siempre a la derecha, la línea del mar se pierde ya en muy contadas ocasiones, apenas se oculta tras las caras traseras de pueblos, cuyo ornato da fe de otra de las religiones de Italia: el fútbol. Algunas de las calles, las terrazas y las azoteas de las viviendas se ven engalanadas por banderines del FC Mesina.
A partir de Ali Terme, desde el tren se divisa la costa peninsular: al otro lado del estrecho de Mesina, a unos tres kilómetros (el mar se convierte aquí en una especie de canal), corre paralelo el litoral de la región de Calabria (la punta de la bota italiana).
En la isla se suceden estrechas playas de arena oscura, algunas riberas donde se practica el windsurf, rincones con pequeños botes de pesca, y cauces y ramblas secos. El viaje termina en la estación de Mesina, funcional, sin pretensiones. Comparada con la grandeza de la de Catania, resulta un poco chata. Emplazada junto al puerto, los pasajeros con destinos más ambiciosos cruzan el estrecho en buques. Les espera Reggio Calabria, la hermana de la infausta Mesina, la ciudad simétrica.
Ambas fueron devastadas en 1903 por un terremoto seguido de una ola gigantesca y perdieron casi la totalidad de sus edificios, junto a 60.000 habitantes. Las cicatrices aún se advierten en el nuevo trazado urbano, ideado para prevenir catástrofes; también en la baja altura de sus construcciones y en su inesperada pero grata modernidad.

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