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 • HISTORICO

Ensayos iluminados en Nueva York

La ciudad, un piano y los recuerdos de atardeceres emocionantes en el piso 9 del Lincoln Center




Soy un tipo de hábitos muy establecidos. No soy un tipo que sale de noche, que es el momento en que las cosas suceden. Pero sí tengo un recuerdo muy fuerte de un viaje que hice a Nueva York en abril de 2002, para dar tres conciertos de sólo piano en el Lincoln Center.
Viajé a esta ciudad ocho o nueve veces, y aun con todas las ciudades del mundo que me faltan conocer, seguramente es la que más me gusta. Es mi ciudad preferida, mi lugar favorito. Y cada viaje que hago a Nueva York lo espero con ilusión, más allá de que vaya a tocar o no. Esta vez además era especial, porque coincidió con una época en la cual mi mujer estaba muy enferma -soy viudo, mi mujer murió en julio de 2002-, y los últimos seis o siete meses de ella fueron complicados, porque tenía cáncer y estaba muy mal.

Frente al ventanal

Me contrataron para dar estos conciertos un año antes, con lo cual yo imaginaba un viaje con mi familia, mi mujer y mis hijos. Ella también adoraba Nueva York. Pero cuando llegó el momento no pudo viajar, y me fui solo con mis hijos.
La cuestión es que todos los días previos al viaje fueron complicados, porque ella estaba internada y por todas las dificultades que significaba tener a mi mujer tan enferma. Entonces les escribí a los organizadores del concierto, les expliqué la situación; les dije que iba a viajar cinco días antes de los conciertos, y que necesitaba algún lugar donde hubiera un piano para poder estudiar, porque no había tenido tiempo de hacerlo en Buenos Aires.
Cuando llegué me dijeron que me habían preparado un lugar para que estudie. Era una sala en el piso 9 del edificio del Lincoln Center, la misma sala que usaba para ensayar una orquesta de cámara. Además, la sala tenía el mismo piano que yo iba a usar en el concierto -un Steinway grande-, era toda vidriada y daba al río Hudson.
Habían puesto el piano de cola de frente al ventanal. Tenía la sala todos los días a mi disposición, de 18 a 22. Llegaba y todavía era de día, y mientras seguía estudiando se empezaban a prender las luces de Nueva York. El recuerdo que tengo de cada uno de esos cinco días que pasé ahí estudiando es una película. Es ver cómo todos los días se prendían las luces de esa ciudad.
Cada vez que voy a Nueva York paro en la casa de una tía que se llama Kuny -en realidad es tía de mi mujer, pero yo la adopté-, que queda en la 81 y el Parque, del lado Oeste, frente al Museo de Ciencias Naturales. Una zona muy linda. Aún conservo el recuerdo de la caminata que hacía cada día, ida y vuelta por Broadway hasta el Lincoln Center, que está en la 66.
Para un pianista de jazz, Nueva York es el lugar. No sólo por el sitio que el jazz tiene en Nueva York, sino porque Nueva York es una ciudad jazzística, desde el punto de vista del swing, el pulso, el vértigo. Es decir, no solamente porque es la ciudad donde se toca el mejor jazz del mundo y donde hay más músicos de jazz, sino que es jazzística desde el punto de vista que se vive de ese modo.
Siempre que uno viaja para tocar, viaja para grabar, es una situación especial: sube a un avión, se aleja de su casa, de su rutina. No es lo mismo tocar o grabar un disco en Buenos Aires, donde llevo a mis hijos a la escuela, vuelvo, voy a grabar, vuelvo, doy clases...
Ahí uno se aleja de todo, entonces siempre es una situación emocionalmente fuerte, al menos para mí. Son recuerdos para toda la vida.
El autor es pianista, compositor y arreglista argentino. Distinguido con el Premio Konex 2005 a la Música Popular.
Por Adrián Iaies
Para LA NACION

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