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Entre bailaores y poetas, aprendizaje en Andalucía

Por Cristina Banegas Para LA NACION


Créditos: Ohlalá



Por estos días se está organizando en la ciudad de Santa Fe un homenaje al poeta Francisco Urondo, y voy a viajar para leer sus poemas como parte de estos actos. Justamente, el viaje que voy a contar lo hice hace ya muchos años junto a Urondo.
El iba con su mujer, y yo estaba con mi marido y mi hija, que era una beba en ese momento. Yo tenía 18 años y era la primera vez que viajaba a España. Como mi padre vivía en Madrid, nos había invitado a mi marido y a mí para poder conocer a su primera nieta, que había nacido hacía apenas cinco meses.
Una vez en España, alquilamos un Citröen y nos fuimos las dos parejas, con la beba, a hacer un viaje por Andalucía, siguiendo un itinerario diseñado por un poeta de un pueblo que se llama Chiclana de la Frontera, que queda en Cádiz y está frente al océano Atlántico, con playas realmente muy grandes.

Lo del panadero

Este poeta se llamaba Fernando Quiñónez y nos hizo pasar una de las mejores noches de nuestras vidas. Al llegar a su pueblo, Chiclana de la Frontera, paramos en la casa del panadero del pueblo, que tenía unas hijas muy, muy feas, y estaban todo el día sentadas en el balcón, abanicándose, y parecían escapadas de una obra de Federico García Lorca. Todo era absolutamente teatral.
Como poeta del pueblo, Fernando Quiñónez era un notable de Chiclana, por lo que enseguida organizaron una fiesta en una bodega que se llama Las Albinas. En esa bodega, repleta de gitanos y amigos de la casa, conocí a un bailaor de flamenco que había sido muy famoso, que había estado viajando con el Ballet de Antonio, y que siempre necesitaba volver a Chiclana, su pueblo, porque lo extrañaba.
Yo tenía una foto de él bailando en la playa, frente al mar, que era muy bella. Este bailaor tenía una historia especial. Hacía un tiempo había sufrido un accidente en una pierna que lo dejó rengo, y después de mucho tiempo de rehabilitación comenzó a bailar de nuevo. Aprendió todo de vuelta. De hecho, cuando lo conocimos esa noche, bailó. Era un rengo bailando, y bailaba como los dioses...
Después nos contó que incluso le habían ofrecido la posibilidad de operarlo, para resolver su problema de renguera, pero él no quiso ya que había aprendido a ser de nuevo un bailarín con su renguera, y no quería que lo desrenguearan.

Camino de los Pueblos Blancos

Así recorrimos Córdoba, Sevilla y Cádiz. De Sevilla pasamos a lo que llaman el Camino de los Pueblos Blancos. Allí conocí Arcos de la Frontera, un lugar donde luego volví muchas otras veces para pasar vacaciones con mi familia, ya que tengo abuelos andaluces y toda una vena andaluza muy fuerte.
La verdad es que fue un viaje iniciático, en el que además pude entender muchas cosas de mi familia y de mi abuela en particular. Y resultó apenas el primero de una serie de muchos otros viajes a Andalucía.
Fue muy especial para mí por lo soleado, lo bello y, sobre todo, por lo celebratorio.
La autora es actriz

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