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 • HISTORICO

Erik Gustavson en América latina

María Sonia Cristoff




Por el nombre y la estampa nadie dudaría de que Erik Gustavson es noruego. El principio de desconcierto se instala cuando empieza a hablar en español. El dice que esa apropiación que ha hecho de la lengua, esa naturalidad, provienen de una estrecha relación con el mundo latino que empezó hace más de veinte años.
En éste, su cuarto viaje a la Argentina, el motivo fue la presentación de un ciclo de cine noruego organizado por el Teatro San Martín y la Cinemateca Argentina. Su película El telegrafista, ya estrenada en la Argentina hace cuatro años, abrió ese ciclo organizado no sólo con el criterio de la nacionalidad, sino también con el de incluir films basados en la obra de Knut Hamsun, uno de los grandes escritores noruegos.
A pesar de tanta Escandinavia, dice Erik G. que en su obra hay gran infuencia del realismo mágico que ha leído en García Márquez, de la impresión profunda que dejó en él su viaje de ocho meses por el continente, cuando recién había cumplido 20 años. Era 1966, y fue esa fecha la que hizo que aquel viaje latino no incluyera la Argentina.

El mundo desconocido

"Para aquel entonces hacía un par de años que yo había ingresado en el mundo cinematográfico, y mis primeros días en México estuvieron directamente ligados con esa actividad. Me instalé entre los indios chamulas, en el Estado de Chiapas, con la idea de hacer una película en súper ocho, una especie de documental.
"Estuve viviendo con ellos unas siete semanas en un pueblito que se llamaba Mitontic, donde yo ocupaba la única casa de cemento. Era un lugar que pertenecía al gobierno de la tribu y que estaba completamente vacío, excepto por una bombita de luz, que también era la única del pueblo y que me llamó terriblemente la atención porque desde que alguien la había colocado ahí, hacía mucho tiempo, nunca se había quemado. Me pregunto qué habrá pasado cuando eso sucedió."
Después, hubo un paso por la selva que, dice Erik G., fue para él lo más impresionante, lo más inabarcable. "Alquilé un auto con un amigo también noruego y partimos para Yucatán, donde de inmediato nos perdimos. Estábamos ahí, dando vueltas y vueltas inútiles, sin saber para dónde ir, como en una mala película que podría llamarse Dos noruegos en la selva, por ejemplo. Hacia cualquier lado que miráramos todo era denso, un mundo completamente desconocido que producía tanta fascinación como pánico.
"En medio de esa densidad, escuchábamos todos los sonidos de los animales, los pájaros, un murmullo que era más bien una gritería, cuando de pronto empezamos a oír una serie de ruidos extraños, que no sabíamos bien a qué adjudicar. Los rugidos iban creciendo y a la vez se mezclaban con una especie de chirrido que parecía venir de una garganta mecánica.
"Nos quedamos quietos, dos noruegos acurrucados dentro del auto. Cada vez los ruidos se nos acercaban más. Entonces el verde de la selva se abrió, obligado por las circunstancias, y vimos aparecer los carros coloridos de un circo -creo que se llamaba Circo Pedrito- que se dirigía a dar su función a un pueblo cercano."
Los carros pasaron delante de sus ojos como una visión, conducidos por las personas que luego serían trapecistas y domadores, que de vez en cuando hacían sonar una trompeta. Los rugidos que habían escuchado no eran de leones embravecidos que estaban a punto de atacarlos, sino de esas bestias cansadas que se oxidaban a la par de los barrotes.
"Ahí me di cuenta de que México era pura imprevisibilidad, el universo donde todo podía ocurrir en cualquier momento, algo tremendamente preciado para un noruego, que viene de una cultura donde no hay margen para eso.
"Esa misma cualidad la advertí en Ciudad de México, donde nada se puede adivinar con anterioridad y donde pocas cosas se pueden llegar a comprender del todo cuando uno es extranjero. Que en un mismo barrio, en una misma cuadra, haya una santería y al lado una casa de seguros de lo más seria y así sucesivamente; nadie se ha encargado de agruparse en barrios, según algún rasgo característico, como sucede en ciudades de Estados Unidos, por ejemplo.
"O que entres a un bar y un hombre te invite a tomar algo en la barra y que en el instante en que uno se está por sentar, él saque su pistola y la deje ahí, al lado del vaso de tequila, como una convidada más que uno no sabe cómo tomar, si ignorarla o volverla tema o protección o amenaza."

Viaje al fin del continente

En Panamá, encontró otra de las constantes latinoamericanas: los contrastes flagrantes. "Llegué a la capital y me vi frente a una avenida que separaba la ciudad como en dos mitades irreconciliables, ya no se trataba de barrios, sino de algo mucho más abarcador. A un lado había una serie de casas iguales a las de las series americanas, con muchas columnas y verde alrededor, un lujo importado. Al otro, justo enfrentándose, una serie de chozas, chicos corriendo con perros raquíticos, prostitutas, autos viejos. Ahí me hospedé, claro está, todo el tiempo escuchando salsa con la gente."
En Perú los perdió el sol, una desesperación noruega. Entonces Erik G. viajaba con otro compatriota y juntos decidieron hacer escala en Tumbes, un pueblo costero que marca la transición entre la selva y el desierto, pero que marca también la proximidad del ecuador.
"Al día siguiente de llegar le rogamos al dueño de una barquita de madera que nos llevara a pasar el día a alguna de las islas que están bastante cerca de la costa. El hombre accedió y nos depositó ahí, únicos habitantes de la nada. Tres horas más tarde, cuando todavía faltaban muchísimas para que nos viniera a rescatar, nosotros tratábamos de sobrevivir al incineramiento sumergidos en el agua y con la única remera que teníamos sobre la cabeza. Los tres días subsiguientes los pasamos agonizando en un hotelito caluroso, sin poder ni hablar, y consumiendo un cóctel desesperado de Valium y Coca-Cola."
En el lago Titicaca, sobre las islas flotantes hechas por la mano del hombre, fueron atacados por una banda de niños que se encaramaban sobre ellos y les gritaban: "¡Chicles, chicles!", como si fuera alguna amenaza ritual. Y las historias de América latina la dulce siguen. Todas ellas, dice Erik G., fueron tema de la exposición de fotos que hizo al volver, con la que se inauguró el Museo Fotográfico de Oslo, y además le han dado un sustento real a su creencia de que la vida no puede funcionar según una impecable lógica nórdica.

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