
Liberada de la elección del lugar, me limité a subirme al auto y disfrutar. Monsieur Le Divorcé (MLD desde ahora) me llevó a lo que dijo ser uno de sus preferidos en San Telmo; una esquinita de comida francesa que fue una decisión perfecta para la noche de frío de ayer.
Cuando me encontré sentada en una mesa por la vez número ¿trescientos?, unas velitas de por medio, una botella de vino, me pregunté a mí misma cuántas veces más puedo estar de nuevo en esta situación. ¿Habrá un límite? ¿Cómo puede haber sido tanto más fácil para otra gente? No digo nada y miro el menú que es distracción suficiente para un mini asomo de angustia que espero se me pase rápido.
MLD logra distraerme también. Es divertido. Un buen compañero de mesa. Habla, escucha, pregunta, se ríe y te saca comida del plato pero enseguida te acerca un tenedor para que pruebes del suyo. "Porque los platos de este bolichito son para probarlos todos" y me veo venir un bocado con el humito que todavía le sale de adentro. Tiene razón. Todo rico.
Es una noche más como tantas otras. La paso bien, creo que me gusta el estilo de MLD pero ya estoy envenenada me parece. No quiero volver a ilusionarme con algo que parece así tan sencillito al encuentro 2 y termina convirtiéndose en, bueno, en cualquier otra cosa. Veremos. MLD y yo seguimos en carrera.
Desde un Buenos Aires helado, aquí Sofía: fría y escéptica como esta mañana nublada.
Dicho sea de paso, su hija se llama SOFIA. Sí, sí, ni interpretemos mi olvido, porque además jura y perjura que hablamos del tema la salida anterior.
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