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 • HISTORICO

Espléndidos grand tours del Centenario




En mayo, mamá, Delfina, Manolo y yo nos fuimos a Biarritz. Para poder tener un cuarto de baño tuvimos que tomar una villa de cinco pisos con hall, sala, comedor, nueve dormitorios, un baño, y un toilette y dependencias de servicio.
Ignacio se reunió para viajar con los amigos con quienes había ido a Europa: E. Marquard y R. Ortiz Grognet. De cuando en cuando nos visitaba.
Alfredo Pacheco, mi primo hermano, y Amelia Riera, su señora, tenían un chalet precioso en Biarritz. Nos dieron, a Ignacio y a mí, una recepción espléndida. Estaba toda la colonia argentina, numerosa y seleccionada. Había también un grupo de franceses, muy distinguidos.
Los dueños de casa me pidieron que cantara. Yo canté algunas piezas en francés acompañándome yo misma.
Las francesas estaban entusiasmadas. Decían que no se habrían imaginado que en la Argentina cantaran con tan buena escuela y tan buen francés.
Villa Apollón tenía varias ventajas: un piano, que hicimos afinar y que Delfina y yo utilizamos mucho; estaba cerca de la playa y el baño tenía una canilla de agua salada. Delfina, en casa, tomaba baños de agua de mar y de a ratos iba a la playa. Biarritz le sentó muchísimo. Mamá estaba encantada de verla tan bien.
Cuando Manolo y Delfina se volvieron a Buenos Aires, el 20 de septiembre, con un bebe de dos meses muy rico y vivaracho, mamá y yo nos fuimos con Ignacio a visitarlo a Jorge a Munich.
Está estudiando seriamente y se ha alojado en casa de un matrimonio, que lo trata como a un hijo.
Ignacio se reunió de nuevo con amigos, y mamá y yo fuimos a París, instalándonos en el Elysée Palace Hotel, que ocupa una manzana entera y tiene una espléndida recepción.
Elegimos ese hotel por pertenecer a la jurisdicción de la iglesia de Saint Pierre de Chaillot, que es donde Ignacio y yo pensamos casarnos.
Con mamá hicimos en París compras para mi ajuar: ropa, vestidos, vestido de novia, de todo. En muy buenas casas. A las dos nos entretenía mucho.
* * *
El 29 de noviembre, Ignacio y yo nos casamos en la iglesia de Saint Pierre de Chaillot. (...)
Después viajamos dos meses por Europa.
Fuimos a hacerle una visita a la Virgen de Lourdes. Había mucho que agradecer y mucho que pedir.
En Leipzig vimos óperas de Wagner, magníficas.
Con Jorge fuimos a la Selva Negra. Ignacio estaba encantado con los árboles, sus colores, sus formas y tamaños. Compró gran variedad de semillas.
En Berlín estuvimos en una función de gala en el teatro, en honor del Káiser. Lo ovacionaron. Y presenciamos un desfile militar imponente.
En Holanda, Ignacio compró bulbos de varias clases de flores.
En todo nuestro viaje, tanto en Oriente como en Europa, hicimos muchas adquisiciones: marfiles y sedas en Japón, porcelanas en China, alfombras persas en Bombay (a Persia no íbamos), telas de plata en el Cairo, mantelería y sábanas en Bélgica. En Copenhague, porcelanas: pájaros, figuras camperas. En Suiza, varios relojes para la casa (me parece que no me van a gustar tantos relojes).
En París compramos todo lo necesario para poner una casa: muebles en Jansen. Arañas y cortinados.
Compramos también porcelana de Limoges; cristal de Baccarat; cubiertos de plata, juegos de té. Todo esto con iniciales.
Ignacio en todas partes compraba semillas. Especialmente árboles.
Porque Ignacio es estanciero. Administra un campo indiviso de la familia.
Fragmento de Vida. Epoca maravillosa , 1903-1911, libro autobiográfico de Julia Valentina Bunge (Buenos Aires, Emecé, 1965). Este pasaje integra el curioso Esplendores del Centenario (Fondo de Cultura Económica), que reúne cartas, crónicas y ensayos de hombres y mujeres de la elite argentina sobre sus viajes a Europa y Estados Unidos entre 1909 y 1916.

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