
Nicolás no se fue sin más. Se fue rogando perdón y llorando en silencio, amenazado por mi constante advertencia de que no lo vieran ni escucharan los chicos.
Los tres son chiquitos y les inventé (a los dos más grandes, claro) una historieta de que su padre viajó por unos días.
No hablé con Emilia.
La verdad, devolver su llamado desubicado me parecía colaborar con una historia mucho más bizarra de lo que estoy capacitada a soportar.
El jueves después del consultorio, me fui al estudio de Nicolás, cerré la puerta con llave, cerré las persianas y le dije que había hablado con la mina y que ella me había corroborado el affaire.
"Decime ya de qué se trata ese affaire. Describime ante qué situación me encuentro, y decí la verdad si querés que tenga algún tipo de consideración con vos y con la idea de familia que creí que compartíamos"
Después de media hora (media hora!) de vueltas, me confesó su relación con Emilia (que duró 2 meses) y lloró como un cobarde.
Y yo, yo lloré de tristeza, de impotencia y por sentirme el ser más desdichado de este mundo.
Le dije que no quería verlo nunca más en mi vida. Lo insulté y amenacé con quitarle a sus hijos.
Me fui a casa en taxi, con la vista nublada y el corazón destrozado.
En el camino llamé a mamá y le pedí que viniera a darme una mano con los chicos, y le pedí que no me preguntara nada por unos días.
Llegué y llamé a Nicolás.
"Tus hijos son tus hijos y yo no soy nadie para prohibirte verlos, ni quitarles a ellos el derecho de estar con vos, pero no quiero verte. Quiero que te vayas de casa hasta que tenga las cosas un poco menos confusas. Vení a buscar lo que necesites. Avisame cuando estés por llegar así no te veo. Y no me llames. Ni me busques"
A las 9:30 me mandó un mensaje de texto. A los quince minutos pasó. Yo me encerré en el escritorio. Esa misma noche me llamó al celular y dejó un mensaje.
Que borré sin escuchar.
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