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 • HISTORICO

Galicia: de la fiesta a la morriña

Entre el Atlántico y el Cantábrico, una región verde y temperamental, donde son tradiciones tanto la celebración como la nostalgia




SANTIAGO DE COMPOSTELA.- Después de tanto añorarla, al fin estoy otra vez en esta tierra. Tierra donde los versos de Rosalía de Castro son sagrados, casi bíblicos, quizá porque el primer escrito gallego de que se tenga memoria haya sido un poema de amor. Tierra de celtas, como Asterix y Obelix, que masticaban muérdago mientras tatuaban sus huellas para siempre en las piedras. Tierra de dobleces, como la marea. Tierra que se asoma al océano Atlántico y coquetea con el mar Cantábrico.
Tierra que está dentro y fuera de la Península Ibérica, "porque -ironiza el escritor gallego Manuel Rivas- la habitan los negros pobres de Europa. Hasta tal punto que Mariano José de Larra dejó escrito: El gallego es un animal muy parecido al hombre, inventado para alivio del asno ".
Tierra y, a la vez, fin de la tierra (finisterre), porque aquí, según los romanos, acaba lo conocido y empieza lo oculto, lo misterioso. Tierra de playas, soles y rías, esos brazos de agua salada que penetran en el continente.
Tierra de lluvia incesante, peixe y un sinfín de verdes. Tierra del Apóstol Santiago y también del dictador Franco, el Generalísimo, nacido en Ferrol. Tierra de peregrinos, iglesias y casamientos diurnos. Tierra de magia y bruma espesa como el silencio. Tierra en la que el lenguaje danza y acuna, llora y canta al compás del gaitero. Tierra de mujeres solitarias, alegres y trágicas, enlutadas hasta la tumba por la ausencia de sus hombres marineros. Tierra de sarcasmo, quejas y suspiros. Tierra de romerías y morriña, prima hermana de la nostalgia porteña.
Se dice que Buenos Aires es la quinta provincia gallega (al menos 600.000 personas se afincaron en ella desde 1857 hasta 1960), además de La Coruña, Lugo, Orense y Pontevedra. Más de 2.000.000 de gallegos emigraron desde los puertos de La Coruña y de Vigo, entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX. La mayoría, hacia Cuba y la Argentina, países donde el Centro Gallego fue fundado en 1879 y 1907, respectivamente. "El gallego no pide, emigra", bromeaba el pensador Alfonso Castelao, padre del nacionalismo gallego, caricaturista de las injusticias sociales, fallecido en 1950 en la Argentina.
El agua me da la bienvenida en La Coruña, donde Pablo Picasso pasó varios años de su infancia. Desde el cielo me bautiza. Quien recuerde la trilogía televisiva Los gozos y las sombras , ambientada en la Galicia previa a la guerra Civil Española, sabrá que la lluvia en estos pagos forma parte del paisaje, y también que el paraguas es indispensable en los inviernos tibios o en los veranos frescos. Más que en cualquier otro sitio, el agua en Galicia es fuente de vida. En 30.000 kilómetros cuadrados (superficie diez veces inferior a la de la provincia de Buenos Aires; España tiene 500.000 km2), hay 1200 km de costas, con acantilados y 723 playas de finas arenas blancas en las que el hombre ha metido poco la mano, además de 2.000.000 de hectáreas arboladas.

Regalo de la naturaleza

Preciosos matices brotan aún en rocas antiguas, hostiles. Manzanos, almendros, pinos, nogales, abedules, eucaliptos, robles, castaños. Por eso el gallego se siente bendecido por la naturaleza. Por eso es ciclotímico como ciclotímicas amanecen cada día sus penas. Por eso contesta con preguntas en lugar de respuestas. Por eso sufre en carne propia los incendios en los bosques del monte; como los de 2006, cuando en sólo dos semanas arrasaron 86.232 hectáreas; es decir, el 70% del área afectada en España. Todavía se ven los rastros de aquella sangría ecológica. Algunos acusan a las altas temperaturas, los matorrales o a quienes estaban descontentos por el cambio de gobierno, había terminado el período del Partido Popular y comenzado el de la coalición del Socialista y el Bloque Nacionalista Gallego; otros, a madereras, ganaderos o constructoras interesadas en las zonas más cercanas a la costa.
Ya casi no quedan cicatrices de las corridas de toros, sin eco entre los gallegos. Ya casi no quedan cicatrices, físicas, al menos, de una de las catástrofes medioambientales más recordadas en Europa. La desencadenó el Prestige, un barco que pertenecía a una empresa libia, pero navegaba con bandera bahameña. Con rumbo a Singapur, se hundió el 19 de noviembre de 2002 frente a la Costa de la Muerte, y llevó al fondo del Atlántico 80.000 toneladas de petróleo, equivalentes a 66.000 millones de euros. La marea negra tiñó el Cabo de Finisterre, cuyo legendario faro, de 17 metros de altura y construido en 1853, ilumina la peligrosísima ruta que recibe a diario un buque cada cinco minutos. Sus efectos llegaron, incluso, hasta el Cantábrico, Francia, Portugal y Gran Bretaña. Voluntarios de todo el mundo, vestidos con trajes protectores de impoluto blanco, ayudaron a limpiar el desastre. Lo peor, asegura el Grupo de Investigación Pesquera de la Universidad de Santiago de Compostela, es que un caso similar podría ocurrir mañana mismo, debido a la falta de políticas estatales, del gobierno central y de la Xunta de Galicia, para prevenir este tipo de calamidades.

Centollas y mariscos

A pesar del Prestige, a pesar de la ausencia de verdaderas y efectivas políticas pesqueras, la fauna piscícola continúa siendo riquísima. Galicia es la primera región de Europa en producción mejillonera y la segunda del mundo, detrás de Tailandia. Legendario es el arrojo de los mariscadores de percebe, acostumbrados a recoger este molusco en los bravíos oleajes del Roncudo, en la Costa da Morte. Los más diversos manjares ofrecen las preciosas rías de esta tierra: calamares, langostas, sardinas, bogavantes, cigalas, centollas, nécoras, camarones, vieiras ( conchas de peregrino ), almejas, cangrejos, abadejos, ostras, merluza (muchas veces importada de la Argentina), pulpos y berberechos. Muchos de ellos están vivos en esas enormes peceras expuestas en las vidrieras de los pintorescos barcitos de la parte vieja de Santiago de Compostela. Esas tabernas, esos refugios de anchas paredes, rústica madera, especie de cuevas subterráneas que atesoran sortilegios, son todo un mundo.
Siendo porteño, esta tranquilidad me alivia. Playas en las que no hay carpas ni vendedores ambulantes ni bares con música a todo volumen, sino sólo la suave arena blanca y la ría planchada. Calles sin bocinazos ni gases tóxicos. Peatones que tienen derecho de paso. Trenes interurbanos con baños, asientos reclinables y mesas donde jugar a las cartas o desplegar apuntes de estudio. Siendo de Buenos Aires, me reconozco en esa disposición que otorga a los locales gastronómicos la potestad de decidir si el cliente puede fumar o no. Imaginarán quiénes se adueñaron del aire de bares y restaurantes mientras algunos atletas gallegos, el navegante Antón Paz, el piragüista David Cal, brillaban por televisión en los Juegos Olímpicos de Pekín y dedicaban sus éxitos a los familiares de las víctimas del vuelo de Spanair, que provocó la muerte de 159 pasajeros.
Esa flexibilidad no existe en las rutas. Quien maneje sin registro (los extranjeros pueden hacerlo durante tres meses con el carnet de su país natal) y hable por celular deberá pagar una multa de cientos de euros. Las carreteras, zigzagueantes en las laderas montañosas o pegadas a las puertas de las viviendas en los pueblos, se encuentran en buen estado, aunque los lugareños se quejan de la insuficiente iluminación y la señalización confusa. Me ha tocado sufrirlas. Una noche, en lugar de tomar la salida hacia Pontevedra, opté por la de Santiago de Compostela. Tuve que recorrer 60 km para volver al punto de partida y pagar dos veces el peaje.
Varios gallegos me confiesan que eso les ocurre a ellos también. Igual que los accidentes de tránsito, primera causa de muerte entre los jóvenes (duplica la media nacional, de 100 víctimas por cada millón de habitantes). Para colmo, esto ocurre en una población que envejece rápidamente, ya que hay 135 jubilados por cada 100 menores de 20 años (la media nacional es de 85/100).
Eso es fruto, entre otras cosas, de las mejoras en la calidad de vida en las últimas décadas (el parque automotor es una muestra). Como en todo el mundo, los jóvenes profesionales tienen más ambiciones, pero, al mismo tiempo, menos perspectivas laborales. Como en todo el mundo, el alcohol y las drogas hacen de las suyas en las nuevas generaciones (España es el primer país del mundo en consumo de cocaína).
Es habitual ver a grupos de adolescentes por la calle con bebidas alcohólicas. Atento al negocio, cada ayuntamiento regula en su espacio público esta costumbre, denominada "el botellón" (en Andalucía, por ejemplo, hasta existen "botellódromos"). Los sábados, al mediodía, chicas y muchachos siguen divirtiéndose al compás de la música electrónica. Después, a dormir una siesta en la playa, porque dentro de pocas horas reiniciarán la juerga.

Cada día un festejo

Con el verano llegan las maravillosas fiestas pueblerinas, anunciadas en carteles en la vía pública o con bombas de estruendo. Nadie de la familia queda al margen de los festejos. Abuelos, hombres, mujeres, adolescentes, niños. Miles de personas de todas las edades contribuyen a mantener vivos los más antiguos hábitos musicales, culinarios y religiosos.
Razones para brindar sobran. Fiesta de Santiago Apóstol, en Santiago de Compostela. Fiesta del Vino Albariño, en Cambados. Fiesta de la Tortilla, en Betanzos. Fiesta del Pimiento, en Arnoia y en Padrón, frente a la estación se encuentra el Museo Rosalía de Castro. Fiesta de las Carrilanas, en mi querido Esteiro, con vehículos sin motor que bajan a toda velocidad desde el monte hasta la carretera. Fiesta Vikinga, en Catoira, con vikingos disfrazados con cascos cornudos y espadas, luego empapados de vino. Fiesta del Pulpo, en Orense. Fiesta de San Roque, en Villagarcía de Arousa, sede, además, de la Fiesta del Agua, con baldazos desde los balcones. Fiesta de la Empanada, en Bandeira. Fiesta del Folión de Carros, en Chantada, con carrozas tiradas por bueyes y representaciones de oficios medievales, como los de molinero o carpintero. Fiesta de la Virgen de Guadalupe, en Rianxo, pueblo en el que se halla el busto de Castelao; los vecinos protestan por la furia de los emprendimientos inmobiliarios costeros, no obstante la inocultable depresión económica; y se oye esa bella canción popular, ya casi un himno gallego, que dice: Ondiñas veñen, ondiñas veñen/ ondiñas veñen e van/ non te vaias rianxeira/ que te vas a marear .
La fiesta que más me ha llamado la atención es la de la Virgen del Carmen, Patrona de los Marineros, una de las más antiguas celebradas en Vigo. Marino era mi padre; marinos, mis abuelos. Hombres de mar, nacidos en tierra de encuentros y desencuentros. Tierra de vientos, ensueños y leyendas. Tierra de mujeres con cardos y espinas en las manos cuando asolaba la hambruna. Tierra remota y cercana. Tierra nuestra y ajena. En versos de Rosalía: De flores cubierta,/ cubierta de espumas./ De espumas que el mar con perlas devuelve;/ de flores que nacen al pie de las fuentes. / De valles tan hondos,/ tan verdes, tan frescos,/ que las penas se calman tan sólo con verlos./ Que en ellos los ángeles/ dormidos se quedan,/ ya en forma de aves,/ ya en forma de nieblas.
Por Martín Villasante
De la Redacción de LA NACION
Fotos: TURGALICIA y Santiago Turismo

Viaje a las raíces

De los tíos, mamá y otros gallegos

SANTIAGO DE COMPOSTELA.- Recuerdo cuando de adolescente iba caminando hacia estos mismos montes, sembrados entonces de hórreos (bóvedas rectangulares de piedra para preservar los granos; el de Araño tiene 37 metros de largo), ahora también cubiertos de esos gigantescos molinos blancos que producen energía eólica.
Recuerdo cuando íbamos oyendo las chispeantes discusiones de dos tíos abuelos: Pepe, el franquista, el abogado, el seminarista, y Ramón, el republicano "rojo" aclaran los franquistas, "porque republicanos también somos nosotros", el blasfemo arrepentido, el trotamundos romántico. El franquista ya pasó los 90 años, sufre algunos achaques, pero está tan lúcido como siempre. El republica o, prisionero en un campo de concentración de Argelia en vaya a saber uno qué guerra, debe de estar contando anécdotas y tomando unos chiquitos (vinitos) en algún barcito del paraíso.
A rabiar se peleaban, jugando a la brisca o al tute cabrero, pero al mismo tiempo se querían, y mucho. Esas diferencias políticas siguen a flor de piel entre los gallegos. Nacionalistas (hablan de Galiza, no de Galicia; los romanos la llamaban Gallaecia), partidarios de Rodríguez Zapatero y seguidores de Aznar demarcan a fuego sus fronteras. No es de extrañar que, en cada cambio de gobierno, el opositor o quien se sospeche de tal vuele de su puesto tan rápido como las gaviotas que merodean la costa en busca de alimento.

Sabores heredados

María de los Dolores, mi madre gallega, miña nai, miña naiciña, suele indignarse conmigo, hombre de sangre galaica a quien le resultan indiferentes los deliciosos, dice ella, mariscos.
Desheredarme aún no puede. Me seducen los jamones serranos, los quesos y los chorizos colorados. El abadejo y la merluza. Los caprichos y las tartas de Santiago, preparados con pasta de almendra. Y, por supuesto, los caldos de mis antepasados, provistos de un estómago a prueba de carnes de cerdo, aguardientes, tabacos y frituras.
Mi madre gallega llegó a la Argentina cuando sólo tenía 8 años. Ocho años ya se cumplirán desde que mi hermano y mi cuñada viven en Galicia. Alguno de ellos pidió tres deseos bajo la lluvia, en la isla de La Toja. Uno parece haberse cumplido. Mi sobrina gallega nacerá a fines de diciembre, para el Día de los Santos Inocentes. Podría llamarse Sofía, y no estaría mal, porque "sabiduría" ha traído a la familia. Quizá, Rosalía, "llena de flores", como la poetisa. Algo es seguro: será lo que tenga que ser, noche de estrellas o un amanecer.
M. V.

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