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 • HISTORICO

Hechizos y mitos de la desolación




PUERTO DESEADO, Santa Cruz.- Atrás habían quedado los centros poblados. Casas simples por fuera en el terreno árido. Sin mucho lujo. Construcciones sólidas para enfrentar el viento, para que el clima no las arrebate del lugar en el que fueron erigidas.
Más allá de la ruta 3, sólo caminos de ripio. Una extensión apenas definida en su contorno incluida en otra extensión, inconmensurable, agobiadora, acaparadora de esta región santacruceña.
Y ahí, las ruedas que aprisionan el pedregullo son el único sonido que se filtra en la cabina del vehículo.
Es una desolación que no angustia. Transmite calma. Son las pequeñas elevaciones del terreno, la variedad de tonos marrón que todo lo gana, las plantas de piel dura que se prolongan hacia la línea del infinito como la matalaguna y el calafate de fruto ácido.
Son los mismos vegetales que proyectan una ligera sombra sobre la tierra que parece no querer estar. Arena que se va con el viento, que se esfuma.
A metros de la endeble línea que marca el costado del camino, un límite caprichoso forjado a fuerza de andar, de seguir la huella, se levantan los alambrados, en apariencia débiles, rústicos.
Es la segunda muestra, casi ficticia, de que alguien, antes que uno, ha estado por allí. Aunque se haga cuento, aunque parezca una ilusión que llama a risa.
Y sin embargo, a medida que se avanza sobre la estepa, hay un placer intenso, indefinido, que llena al visitante.
Es el perdurable deseo humano de hallar algo donde parece no haber nada. Es un legado de la especie el que empuja a seguir con goce, a atravesar esta planicie donde ni un solo objeto de más de un metro de altura atrae las miradas.
Sólo hay que posar la vista de vez en cuando abajo, sobre un costado, donde la sombra del vehículo se esfuma, ennegrece una parte del terreno, adopta formas caprichosas.

Sobre la colina

Sin embargo, hay momentos para hacer un alto. Hay circunstancias que obligan a la contemplación, a someterse al aullido del viento, a cortar ese paisaje extenso.
Es la presencia de algún guanaco solitario, extraño. Está parado en el vértice de una colina lejana, como custodio de lo inconmensurable. Sólo cuando los que salen a chulenguear (chulengo, la cría del guanaco) lo dejan.
Es el encuentro con la sombra de uno que se reparte entre las piedras. Es la búsqueda, aún hoy posible, de alguna punta de flecha labrada en piedritas. Es dejar escapar el tiempo.
Es toparse con hoyos dispersos y deshabitados recientemente, entre las matas, que fueron madriguera de la liebre patagónica.
O acaso es quedarse observando el extraño ritual de un cuero de puma colgado de los alambrados o las tranqueras que, si se abren, no se sabe adónde llevan y que después de cerrarse quizá no lleven a ningún lado.
Ya más corteza que piel bamboleante. Un signo. Una advertencia al resto de la especie. Allí la sangre no abunda y la que hay no está para las garras de los pumas. Al menos así lo quieren los puesteros que viven fuera de los límites del monumento natural, debajo de algún silbido de meseta.

El agua camino al cielo

Es difícil seguirles la huella a los demás, si es que los hubiese. Uno es el sagaz viajero que ahora dibuja sombras en los recios coirones, unas gramíneas duras y punzantes que se aferran como pueden al indisciplinado suelo de la meseta central santacruceña. Pocos gustan de la estepa, pero algunos hechizados sienten un amor profundo por esta tierra.
Aunque el agua de los ríos temporarios se evapore sin aviso. A pesar de que en el mapa de Bosques Petrificados figure la laguna Grande, que se toma largas vacaciones de sequía. Darwin no llegó a enamorarse, pero un romance lo unió a estos paisajes indómitos.
Las ciencias que se preocuparon por este semidesierto patagónico comentan que en este pedazo de estepa crecen más de cien especies endémicas de vegetales, que solamente se desarrollan en esta latitud santacruceña y en ninguna otra parte de la región. A pesar del panorama desolado, hay que despreocuparse. La soledad es una cuestión de tamaño y de ojo. La vida es vida en la dimensión con que se presente. Pequeña, espinosa y achaparrada en este caso.
Dicen que el bosque hecho piedra tiene 150 millones de años. Son troncos unidos a sus raíces. Al tocarlos, la calidez superficial borra la sensación de frialdad que denota su presencia.
No están todos caídos ni despedazados. Y si hay restos de ceniza volcánica que los rodean, corresponden al volcán Hudson.
Fue en el jurásico medio que la acción volcánica cubrió de escoria aquellas coníferas de la antigŸedad. Pequeñas soluciones embebidas en sílice penetraron las células vegetales y llenaron sus espacios de aire. Son macizos, corpulentos y silenciosos. Absorben el sonido del viento. Viven en paz.
Por dentro, los troncos conservan semillas, granos de polen, tejidos prehistóricos y embriones envueltos en criptocristales. En el fondo de los cañadones hay arbustos que tienen pretensión de árboles. Los más audaces de la familia de los molles, los algarrobos patagónicos, los duraznillos y los colapiches alcanzan alturas increíbles para la región, dos metros y medio.
Ya no es vital ir al encuentro de la sombra de uno, que crece porque el sol baja. En la estepa pasan cosas.
No sólo el viento determina la vida esteparia.
El patagón y el coludito de cola negra juegan entre los arbustos. El choique desafía en un mano a mano a una ráfaga veloz, tal vez hasta que un tronco devenido piedra lo haga tropezar.
Andrés Pérez Moreno

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