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 • HISTORICO

Incursión en la lejana Siberia

Rusia. Del otro lado del mundo, cerca de China y Mongolia, la ciudad de Irkutsk, grande y dinámica, combina el tradicional estilo soviético con construcciones francesas




Los paquetes de té se abarrotan en un local del mercado. Proceden de China, Japón, India, Ceylán... Hay té negro, rojo, verde, blanco, azul, saborizado con chocolate, con cítricos... un verdadero festival de aromas. Fue el intercambio de finas pieles rusas por té, porcelana y seda chinos lo que convirtió a Irkutsk en una ciudad próspera del sur de Siberia ya en el siglo XVIII.
Y a esa prosperidad le llegó educación y un mínimo de refinamiento cuando empezaron a arribar a esta parte de Siberia oriental los revolucionarios decembristas, aquellos militares de las principales familias de la nobleza rusa desterrados de por vida por el zar Nicolás I en 1826 por querer hacer política.
Irkutsk parece muy lejana desde Buenos Aires: la separan 17.600 kilómetros. Está, literalmente, del otro lado del planeta, en el hemisferio norte y muy al este. Aquí, el reloj está once horas adelantado al nuestro, el budismo no es una religión ajena y tanto China como Mongolia están al alcance de un simple viaje en tren.
Aterrizo a las 9.30 en un vuelo nocturno desde Moscú, pero en la lejana Buenos Aires son las 22.30 de la noche anterior. Mi aturdimiento por el cambio horario y las pocas horas de sueño se acaba abruptamente cuando advierto decenas de focas de peluche mirándome desde las vitrinas de souvenires del aeropuerto. ¿Focas en Siberia? ¿A miles de kilómetros del mar más cercano?.
En pocos minutos un taxi me deposita en el Angara, una mole de estilo soviético, reciclado y de pasillos interminables, pero con un Wi Fi impecable. El hotel está frente a la plaza principal, del otro lado de la Duma de la ciudad (el concejo deliberante) y muy cerca de la costanera, justo allí donde el caudaloso río homónimo hace su curva más pronunciada.
Este enclave siberiano de inviernos largos y clima inclemente se halla exactamente en las antípodas de la ciudad chilena de Punta Arenas, otra geografía dura, de vientos constantes y clima crudo, que también floreció a fines del siglo XIX y comparte con Irkutsk la misma arquitectura francesa en las antiguas mansiones que aún se mantienen en pie.
Me sorprende caer en cuenta de esta situación de que, a tanta distancia y en entornos tan diferentes, las dos ciudades muestren tantos rasgos en común. Es llamativo pero comprensible, ambas tuvieron su auge a fines del siglo XIX. Aquí, por la llegada de la electricidad, el telégrafo, el agua corriente y el Transiberiano.
En ambos casos, fue en la época en la que los comerciantes ricos imitaban las modas parisinas y se imponía la arquitectura francesa.
Toda esa modernidad a fines de 1800, junto con la construcción europea y aquellas ideas liberales y educación que habían florecido a partir de la nobleza desterrada, fue por lo que Irkutsk se ganó el nombre de la París de Siberia.

Casas típicas

Isabel me pasa a buscar. Hace casi un mes y medio que llegó aquí a perfeccionar el idioma, becada por el Ministerio de Educación de Rusia. Ya se habituó a la danza de los tranvías y a las pequeñas marshrutkas (combis) que la llevan todos los días a clase, atravesando el puente sobre el Angara. Estamos en primavera, pero las temperaturas todavía son bajas y algunos bloques de hielo aún se dejan ver, arrastrados por la corriente. A diferencia del lago Baikal, a 70 kilómetros, donde habitan las focas, que a fines de abril todavía está congelado.
Isabel vive en una residencia universitaria no lejos del centro y sus nuevos amigos son chinos, polacos y vietnamitas que comparten el edificio con estudiantes rusos. Cada semana descubre distintos rincones e historias de esta ciudad siberiana, sus antiguas casas de madera oscura con frentes tallados, sus muchos museos e iglesias y por supuesto su gastronomía, diferente de la nuestra pero para nada ajena y sabrosa al paladar.
Salimos a caminar. Irkutsk no es el pueblo que imaginaba; es una urbe grande y dinámica, aunque el vértigo del tránsito se diluye en las amplias avenidas y espacios públicos. Por supuesto hay una presencia soviética en las construcciones pero atemperada por la antigua arquitectura siberiana de madera, algunos edificios franceses y cierta melange de estilos en las iglesias.
Tomamos por la calle del Proletariado hasta Carlos Marx, nombres de herencia soviética que todavía abundan por toda Rusia.
A las pocas cuadras, de pronto, de un jardincito entre dos edificios, asoma -desproporcionadamente- la silueta de un lanzamisiles. Es enorme y apunta al cielo. Y parece aún más grande por el reducido espacio en el que está emplazado.
Junto a tamaña estructura se amontonan un tanque, un camión militar y un cañón anti-aéreo. Esta muestra militarista no tiene nada que ver con el entorno que brinda una ciudad hospitalaria del interior de Rusia como ésta. Pero el ensamble es parte del Museo de la Gloria Militar, un edificio poco vistoso y adyacente que en tres salas rescata del olvido la vida cotidiana de los soldados soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial. Cartas, fotos y otros elementos resguardados en las viejas vitrinas ofrecen la faceta más humana de aquella guerra que desangró a los rusos.
Desde el rellano de una escalera, un vitraux de Lenin con gorra y capote al viento marca su presencia insoslayable. La imagen del prócer tanto como sus bustos y monumentos son comunes en todo el país y, contrario a lo que se cree en Occidente, el fin del comunismo no acabó con esa presencia, como tampoco lo hizo con las hoces y martillos tallados en los frisos de los grandes edificios públicos? irremovibles en términos prácticos.
No nos demoramos mucho. Reanudamos nuestra caminata y a unos cien metros aparecen las antiguas casas siberianas. Le dan identidad a la ciudad y mantienen viva la Irkutsk de hace 150 años. Desde afuera se las ve toscas, a veces inclinadas, con muchas aberturas. Pero a través de las ventanas siempre se observa una maceta o cortinas con puntillas, colocadas con esmero. Son distintas y llaman la atención. Pero al verlas, uno imagina la rapidez con la que debió propagarse el incendio de 1879 que arrasó la ciudad.

La princesa María

La tarde empieza a entibiarse en esta inestable primavera siberiana y a poco de andar desembocamos en una peatonal.
La gente se saca fotos con sus celulares en los grupos escultóricos dispersos por el paseo. Unos pasos más allá, irónicamente a las puertas de un shopping, aparece nuevamente Lenin. Es un altorrelieve, colocado sin mucha pompa en un lugar de paso, pero media docena de claveles recuerdan que ese día es el aniversario de su nacimiento.
Seguimos caminando, ahora en busca del pasado decembrista de la ciudad. Isabel insiste en ir a la casa de la princesa María Volkonskaya, aquella que recién casada y con apenas 21 años siguió a su esposo militar al destierro de por vida, condenado por una conspiración contra el zar.
María tuvo una vida novelesca y es una presencia fuerte en la historia de Irkutsk. Abandonó fortuna, sirvientes y la vida cómoda de la alta nobleza rusa para recalar en pequeñas aldeas siberianas más allá de Irkutsk a las que iban trasladando a su marido durante el cumplimiento de la condena a trabajo forzado.
Vivió 28 años en ese exilio y junto a las esposas de los otros desterrados sobrellevaron con entereza penurias y privaciones a las que no estaban acostumbradas, incluso la separación para siempre de sus hijos nacidos antes de la condena.
Con el paso de los años, por su temple y labor social María Volkonskaya se ganó el respeto de la gente y se convirtió en la princesa de Siberia (título que un siglo más tarde le dio la escritora Christine Sutherland a un libro que reproduce vívidamente la historia de esta mujer).
El grupo de los 120 condenados por la revolución de diciembre, junto con sus mujeres, se constituyó en una comunidad organizada y unida que se esforzó por mantener viva la cultura en la que habían sido educados y transmitirla en los lugares en los que les tocó vivir. Las historias duras de estos hombres y mujeres forjaron el carácter Irkutsk, en aquellas primeras décadas del 1800 un pueblo remoto en el confín de Siberia, con una burguesía rica pero poco ilustrada.

Legado ortodoxo

Al día siguiente Isabel vuelve a sus clases y mi recorrido es por otro barrio. La plaza principal, frente al hotel, en estos días está en plena transformación. El frío del invierno deja paso a la primavera y Rusia entera se prepara para celebrar el Día de la Victoria, el 9 de mayo. Así que empleados municipales hacen equilibrio sobre pesadas escaleras colocando bombitas de colores entre árboles y postes de alumbrado.
El 70 aniversario de la capitulación de los nazis en territorio ruso durante la Segunda Guerra Mundial se vive con intensidad en todo el país. Es mucho más que un acto político en Moscú; es un día en el que se honra a los millones de caídos para frenar el avance alemán.
La plaza muestra otra peculiaridad: tiene altoparlantes que transmiten música melódica durante todo el día, algo que se repite también en algunas calles del centro como la Carlos Marx.
Desde aquí y en dirección a la costanera se halla el templo católico más antiguo de Irkutsk. Es un espléndido edificio neogótico de ladrillos rojos y empinada torre, con un rosetón de vitrales al frente. Se trata de la iglesia de la Asunción de la Santa Virgen, más conocida como de los polacos porque fueron militares de ese origen, desterrados tras un alzamiento en Polonia contra el zar y los primeros católicos de la región, quienes financiaron su construcción original en madera hace un siglo y medio atrás. El edificio fue hecho a nuevo tras los incendios de 1879 y es, además de iglesia, una sala de conciertos y sede de la Filarmónica local.
Prácticamente del otro lado de la plazoleta se yergue un monumento ortodoxo. Es la iglesia del Salvador, el edificio más antiguo de Irkutsk, erigido en 1706, en piedra, que llama la atención por su blancura y la torre de aspecto anglicano. En los laterales externos, unos frescos en altura quiebran sus líneas sobrias. Uno es un espléndido mandylion, tan común en la pintura bizantina (la imagen de Jesús plasmada en un paño), y el otro, una imagen del Bautismo en el Jordán.
Al ingresar, una escalera de madera, lustrosa, lleva al primer piso, donde se halla la parte central del templo, en la que se realizan los servicios religiosos.
En cada iglesia ortodoxa en la que entro me detengo a explorar los pequeños kioskos de íconos y relicarios, atendidos en general por mujeres mayores, con sus cabezas piadosamente cubiertas por un pañuelo. En esos kioskos se esconden bellezas en miniatura o mayor tamaño, en madera, pintadas o con incrustaciones de plata y oro, con su herencia bizantina plasmada en rasgos, texturas, líneas y colores.
Un viaje a Rusia no es tal si uno no compra alguno de esos pequeños tesoros cuya belleza excede los rublos que cuestan. Esta vez me hipnotiza una miniatura de 3 x 2 cm, una imagen de Andrei Rublei, el más renombrado pintor de íconos rusos del Medioevo. Con su diminuto marco dorado, el objeto atrae inmediatamente mi atención. ¿Cuánto costará?
La segunda sorpresa es que no tiene precio, la pago a voluntad.

Mártires imperiales

Cerca de esta iglesia del Salvador y sobre la avenida costanera se halla la de la Epifanía. Aquí lo llamativo no fue el neobarroco siberiano de la arquitectura ni que tuviera una sola cúpula cebollita cuando lo habitual son varias de distinto tamaño y a distinta altura. La sorpresa fueron dos enormes pinturas en su interior representando a los mártires más recientes de la iglesia ortodoxa rusa: la familia imperial fusilada por los bolcheviques en 1918.
Uno de los frescos muestra al zar Nicolás II Romanov, la zarina Alejandra y sus cino hijos, todos con halos dorados, hieráticos.
Los jóvenes, de mirada perdida, con cruces ortodoxas en sus manos, parecen suplicar una oración en su memoria. Los padres, un poco más atrás, acompañan con la dignidad propia de la realeza.
En la pared de enfrente, con un realismo impensado para un templo, la familia real frente a las armas largas del pelotón de fusilamiento.
Quedo paralizada. Es una imagen fuerte, inesperada, que sacude. Y una imagen que resume, también, el fuerte compromiso de la iglesia ortodoxa con la antigua monarquía, cien años después de su desaparición.
Me retiro despacio, procesando lo que ví. Afuera, el trajín de la avenida no logra sacarme de mi abstracción. Cruzo y sigo mi caminata ensimismada por la costanera del Angara.De pronto me siento envuelta por una dulce melodía. Es un piano? los sones de un piano me acompañan. ¿Qué escucho? ¿Es, quizás, un aire de Chopin?
Tal vez. Cae la tarde y ese debe ser el piano de la princesa María, aquel que fue su refugio durante los duros años del destierro. Y que en los últimos tiempos del exilio siberiano endulzaba las tardes de los descastados para que el día siguiente no resultara tan frío al alma en esta rústica geografía siberiana.

Datos útiles

Cómo llegar
Desde Moscú hay varios vuelos por día a Irkutsk, por S7, Aeroflot o Ural Airlines, y cuestan alrededor de US$ 600 ida y vuelta en temporada alta.
Qué hacer
Historia y arte siberiano: la oferta de museos en la ciudad es amplia, pero los más visitados son los que recuerdan el destierro de los decembristas, aquellos militares de la nobleza rusa deslumbrados por las ideas liberales francesas e inglesas que se alzaron contra el zar Alejandro en diciembre de 1825 y fueron condenados por su sucesor.
Museo de Pintura: el edificio neoclásico cobija variados tesoros de la región, desde invaluables íconos ortodoxos hasta mapas dibujados por aquellos comerciantes de pieles que se adentraron hace 300 o 400 años en la Siberia profunda en busca de sus riquezas. La sala de íconos reúne en 16 pinturas y cuatro obras, lo más destacado del arte religioso siberiano. Son piezas más impresionantes aún que las que alberga la enorme cripta de la iglesia de Alexander Nevsky de la capital búlgara, Sofía. www.museum.irk.ru

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