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 • HISTORICO

Infinitas historias de sol y de sal

San Pedro de Atacama, en el norte de Chile, es un oasis que florece en medio de un desierto de altura, considerado uno de los más secos del planeta; excursiones a los géiseres y volcanes




SAN PEDRO DE ATACAMA, Chile-. Alto y en medio de un desierto, arena y sal, San Pedro de Atacama toca la espalda del infinito. Muy alto, donde parece que la luna se descuelga y se cae. Tan alto que con un solo salto le alcanza para desprenderse y bajar, por un rato, a montar lomos de sal, a rodar lagos de sal, a cabalgar un paisaje de arena que sube y que baja. Que vuelve a subir, y que trepa noche adentro para dejar, de nuevo, la luna colgada; devuelta.
Como un oasis que late en un horizonte de volcanes, el pueblito tiene alma de mar. Dicen que antes de que los salares y el desierto se formaran, la región de Atacama era un mar. Lo dicen los viejos aimarás que viven ahí desde siempre; que a pesar de la proximidad del nuevo milenio siguen igual, casi, casi, como antes.
Será que tan cerca del cielo parece que los años no pasaran. Será que tan alto, tocando el borde del infinito, el tiempo se pierde y... puede ser. Entre tanta estrella y tanto manto de sal y de arena no es raro que la velocidad de este siglo se haya quedado enredada por ahí, y esté demorada, en alguna parte, entre el cosmos y San Pedro, y llegue tarde.

Late a tiempo de sol

Para conocer San Pedro, hay que andar sin reloj. Aprender a leer las horas que marca el sol en las montañas, con los tonos de Atacama. Lilas, violetas y púrpuras.
San Pedro de Atacama tiene el cielo azul tremendo . Arboles como sauces, que no son sauces, dan sombra a las casitas de adobe y piedra. Calles de tierra y acequias, techos de paja y adobe; a las 19 el pueblo tiene luz y agua caliente.
A las 23, todo se apaga, y se ven las candelas y los faroles de noche. Los ojos de los burros que brillan como sal. Quietecitos, a la espera de su dueño, atados a la tranca de un portal, casi siempre abierto.
En el pueblo, la gente camina lento. Con el sol del mediodía San Pedro se parte al medio.
Dicen que el desierto de Atacama es la zona más seca de todo el planeta. Dicen que aún más que el Sahara. Y debe ser cierto, a juzgar por la sal que brota de la nada, que aparece y que está por todas partes.
Frente a la iglesia del pueblo hay una plaza pequeña y muy cerca, la escuela. Cada viernes, cuando suena la campana de salida, un maestro llega hasta la calesita de madera con un montón de gurrumines. Hay que verlos dar vueltas y vueltas y soltar los brazos y una carcajada enorme. Guardapolvos blancos que giran y giran. Caritas ajadas de sol y de sal. Manecitas oscuras y miradas encendidas como el carbón. Ellos siguen dando vueltas, como si aún no se hubiesen enterado que hace tiempo que llegaron los viajeros, como si no los escucharan hablar otros idiomas en la plaza. Como si el tiempo no pasara.

El valle de la luna

Visión de piedra y sal. Un horizonte blanco que va hacia todas partes. Esculturas de sal. Un manto de piel de roca, cristal blanco, que cubre la llanura. Que cruje y se hace añicos; se disuelve, pura sal. Formas inventadas por el capricho de la tierra.
A los lados, una laguna refleja el lila y el rosa, el azul y el verde y todos los colores que guarda el mineral. Como un espejo líquido y salado, repite, exacto, el dibujo de montañas y volcanes que rodean el salar. Hay algunos flamencos blancos y la escena toma un halo surrealista.
Cuando cae el sol, hay que estar en el desierto. Hay que subir hasta la cima de un médano bien alto y ver el desierto desde arriba. Un campo de lomos dorados que se mezclan entre sí. Hilos de arena que pasan ligero, peinando la tarde.
Cuarenta kilómetros al sur de Atacama, en el oasis de Toconao florecen los árboles frutales. Las casas del pueblito, que se puede visitar en una excursión, están construidas con piedras volcánicas. Luego de andar un rato, en la Quebrada de Jerez, se ve un salto de agua que rompe con el paisaje árido de la región.
Otro paseo puede ser hacia las ruinas incaicas de Pukará de Quitor y Catarpe, a sólo tres kilómetros de San Pedro.

La Tierra hace burbujas

Visión de piedra y mineral. Un desierto rodeado de montañas de colores. Una franja amarilla, una violeta, una rosa y otra lila. Como guardas repetidas que sostienen la mañana que despunta. El cielo, de un azul todavía sucio; el aire helado y tajante de la altura, y los volcanes. Imponentes e impredecibles, enigmáticos y milenarios. Están por todas partes, parecen dormidos, pero esconden, latente, una revolución de piedras y fuego. Un caudal de años y de historia.
Ellos guardan, los secretos de incas y aimarás. Algunos permanecen callados, pero otros no, y nunca avisan. No se sabe cuándo, pero a veces se deciden. Y cuando un volcán suelta la lengua, plasma el grito en todas partes, y el eco del desierto cala hondo. Cuando habla un volcán, el universo entero hace silencio.
Hay más. Un montón de pequeños volcanes echan nubes de vapor incandescente. Y como chimeneas, brotan de la tierra burbujas de agua hirviendo y grumos de barro verde y amarillo y azul.
Son los géiseres, que a las seis de la mañana sueltan extraños humores, apenas remedos vanos de un alma de volcanes.

Datos útiles

Aéreo

  • El pasaje ida y vuelta de Buenos Aires a Calama cuesta 395 dólares, con impuestos incluidos.

Transporte

  • El viaje en ómnibus de Calama a San Pedro, 103 kilómetros al Sudeste, cuesta 3 dólares. El pasaje en ómnibus desde Santiago hasta Calama, entre 35 y 40.

Alojamiento

  • La habitación doble con desayuno en la hostería San Pedro de Atacama cuesta alrededor de 60 dólares; su restaurante es el más recomendado del pueblo.

Circuitos

  • Los paseos a los géiseres parten a las 4 de la madrugada y cuestan 16 dólares. Es preciso llevar traje de baño porque se visitan fuentes termales de origen volcánico. También se realizan cabalgatas por 5 dólares la hora. Una excursión al atardecer por el salar de Atacama y el oasis de Toconao, cuesta 11 dólares.

La Tierra hace burbujas

Visión de piedra y mineral. Un desierto rodeado de montañas de colores. Una franja amarilla, una violeta, una rosa y otra lila. Como guardas repetidas que sostienen la mañana que despunta. El cielo, de un azul todavía sucio; el aire helado y tajante de la altura, y los volcanes. Imponentes e impredecibles, enigmáticos y milenarios. Están por todas partes, parecen dormidos, pero esconden, latente, una revolución de piedras y fuego. Un caudal de años y de historia.www.reagan.utexas.eduEllos guardan, los secretos de incas y aimarás. Algunos permanecen callados, pero otros no, y nunca avisan. No se sabe cuándo, pero a veces se deciden. Y cuando un volcán suelta la lengua, plasma el grito en todas partes, y el eco del desierto cala hondo. Cuando habla un volcán, el universo entero hace silencio.
Hay más. Un montón de pequeños volcanes echan nubes de vapor incandescente. Y como chimeneas, brotan de la tierra burbujas de agua hirviendo y grumos de barro verde y amarillo y azul.
Son los géiseres, que a las seis de la mañana sueltan extraños humores, apenas remedos vanos de un alma de volcanes.
Soledad Pita Romero

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