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 • HISTORICO

Italia y Francia se ven mejor desde el agua

Si se navega por el Mediterráneo se disfruta bien del placer y es posible admirar ciudades y puertos




PARIS (World´s Fare).- Hace años, en París, con mi esposo, Paul, compramos un viejo afiche de Montecarlo de 1930, y desde aquel entonces, lo tenemos en la pared del comedor. El póster muestra a Adán y a Eva haciendo esquí acuático en las aguas azules del Mediterráneo, con la serpiente deslizándose junto a ellos. En el fondo se ven los edificios de la costa con montañas áridas detrás. El epígrafe dice: Monte Carlo: Le Paradis Retrouvé. ( Montecarlo: el paraíso reencontrado) .
Fue precisamente gracias a esa imagen vívida de el paraíso reencontrado que decidimos tomar un crucero por las rivieras francesa e italiana, la ruta inaugural del nuevo Wind Surf de la línea Windstar.
Al igual que sus tres barcos gemelos -el Wind Star, el Wind Song y el Wind Spirit-,el Wind Surf es un clíper de 5 mástiles. En realidad, se trata del antiguo Club Med II, que Windstar remozó y reconstruyó todo su interior para convertirlo en un barco un poco más grande que el resto de los cruceros que conforman la flota, con capacidad para 312 pasajeros distribuidos en 125 camarotes y 31 suites.
Antes de zarpar de Niza, quedé conforme con el Wind Surf, porque si bien es elegante y deportivo, no es ostentoso como los megacruceros de hoy en día que se asemejan a ciudades flotantes (o, mejor dicho, circos flotantes), en lugar de cumplir con su función de hotel en el mar.
Nuestro camarote, pese a ser pequeño (17 metros cuadrados), estaba bien diseñado y era cómodo, con muebles amurados y suficiente espacio para guardar cosas, una cama de dos plazas, un vestidor, un minibar y servicios adicionales como una videocassettera, y equipo de CD.
En Windstar prima la comodidad por sobre el entretenimiento; por tal motivo, la compañía ha dedicado tiempo, esfuerzo y dinero en la comida de a bordo. Los pasajeros pueden desayunar o almorzar en cubierta y optar entre un buffet elaborado o el comedor, donde se ofrecían varios menús. Otro gran plus para un barco pequeño como éste era la posibilidad de elegir entre dos opciones para cenar. En el restaurante (donde no se necesitaba reserva ni horarios), me impresionaron las especialidades como el caviar en panqueques de arroz, la sopa de frutillas fría con Grand Marnier y almendras tostadas, pechuga de pato crocante en salsa a la pimienta rosada con puré de papas, y lechón mamón con salsa de tres tipos de mostaza.
Para cambiar un poco, tres de las siete noches que estuvimos a bordo del Wind Surf, cenamos (con reserva previa) en The Bistro, más pequeño que el anterior pero con un comedor más elegante ubicado en la cubierta alta.
Como en los restaurantes de Slichal, en California, la cocina de The Bistro era mediterránea provenzal, con esos platos sabrosos como la tarta de cebolla al caramelo con salmón, torta brandade con ragú de langosta, pollo a la parrilla, y salmón relleno con hierbas, junto con postres sublimes como budín de pan de medialunas y chocolate acompañado con deliciosas salsas.
Aunque el Wind Surf presume de su gimnasio, confieso que pasé más tiempo en el spa, donde los rituales de belleza iban desde el peinado y masajes faciales hasta baños de hidroterapia, aromaterapia y reflexología. Sin embargo, la mayor parte del tiempo que duró el crucero lo pasamos en tierra. Porque el Wind Surf navegaba principalmente de noche y anclaba durante el día en un nuevo puerto.
¡Y qué puertos! Zarpamos de Niza rumbo a Portofino, Italia, una pequeña aldea de pescadores que supo conservar su línea de casas coloridas y de varios pisos en torno de su pintoresco puerto. El tercer día anclamos en Elba, esa isla escarpada donde fue exiliado Napoleón.

Reliquia del Renacimiento

Al día siguiente, echamos marras frente a Portofaraio, Italia. De las diversas excursiones que nos ofrecían, con Paul elegimos tomar la de Florencia, un viaje de dos horas y media en ómnibus. Esta magnífica reliquia del Renacimiento se mostraba tan seductora como siempre, pero plagada de turistas.
Aunque el Wind Surf recaló después en Cannes y Saint Tropez, para muchos de los pasajeros nuestro día en Montecarlo fue el broche de oro del crucero. Al menos para mí. Aquí fue donde satisfice mi fantasía de el paraíso reencontrado como decía el antiguo póster que tenemos en el comedor.

Equilibrioy diversión

Hacía más de una década que no practicaba esquí acuático, y el mar estaba un poco picado, pero de algún modo me las ingenié para pararme en los esquies en el primer intento. ¡Y pude mantener el equilibrio! La lancha del barco me llevó por el mar azul del Mediterráneo, del mismo color que el del póster de 1930.
Sin embargo, el telón de fondo era muy diferente al del póster de seis décadas atrás. En lugar de un puñado de edificios pintorescos en la costa contra las montañas áridas, la ciudad estaba repleta de enormes edificios y muchos en construcción (dicen que las grúas constituyen el pájaro nacional de Mónaco). Y en lugar de la serpiente deslizándose a mi lado, había decenas de yates blancos impecables, el juguete de los ricos y famosos que, quizás, le han dado más de un mordisco a la manzana de Eva.
Visitamos el palacio del príncipe Reiniero y deambulamos por lo que son, creo, las calles más limpias del mundo; luego regresamos al barco para darnos una ducha y cambiarnos para la cena. Como muchos de los pasajeros, decidimos bajar a tierra esa noche para mezclarnos con los ricachones en el casino de Montecarlo, un enorme edificio barroco salido de una película de James Bond.
Pero la puesta del sol nos sorprendió sentados en cubierta contemplando el centellear de las luces de Montecarlo, y nos hizo cambiar de opinión. Nos dimos cuenta de que el Wind Surf nos había malacostumbrado. En lugar de aventurarnos en uno de los puertos más atractivos del mundo, nos contentábamos con permanecer a bordo y disfrutar de la magia que nos ofrecía nuestro lustroso clíper.
Traducción de Andrea Arko
Sharon Boorstin

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