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 • HISTORICO

Karlovy Vary, modelo de belleza y descanso por siglos

Tradición de elegancia, ocio y termalismo a 120 kilómetros de Praga




KARLOVY VARY.- Hace siglos que Europa se cura y descansa en esta ciudad spa. De un tiempo a esta parte, árabes y asiáticos comparten ese gusto por el relax de marca. La madre de Nasser Saleh, por ejemplo, necesitaba adelgazar y sentirse mejor. Llegó hace unos días y se recluyó por dos semanas en uno de los sanatorios de la ciudad. Esto me lo cuenta Nasser, kuwaití de treintipico, educado en Boston, con casa en la Costa del Sol. Vino a acompañarla, como buen hijo, y ahora camina algo aburrido por la Columnata del Molino, una de las más lindas de la ciudad, en plena zona balnearia, donde no se puede fumar.
Karlovy Vary, a 120 kilómetros de Praga, es una ciudad termal. Pero no una cualquiera, sino una de las más afamadas y elegantes de Europa, que en su larga historia recibió a Goethe, Schiller, Mozart y Tolstoi, entre más visitantes ilustres.
En checo, Karlovy Vary significa Los Baños de Carlos y hace referencia al emperador Carlos IV, el mismo del puente de Praga, muy querido por los checos y, además, el descubridor de los manantiales. Parece que un día, a fines de 1300, salió de caza con sus perros. De repente escuchó un alarido de dolor de uno de ellos. Cuando fueron a ver qué le había pasado, encontraron que se había caído en un charco de agua hirviendo. Ese era uno de los 79 manantiales con efectos curativos del valle del río Teplá.
De eso hace siglos y la gente todavía llega, con su traje de baño y la ilusión de repararse. Durante los siglos XVIII y XIX vino la clase alta de Europa occidental. En esta época, los que más visitan Karlovy Vary, los que llenan el Hotel Pupp -el cinco estrellas más tradicional del balneario- son los árabes adinerados, en general mujeres. Como la madre de Nasser Saleh. Y como otras chicas y señoras que caminan por las calles y los hoteles tapadas hasta la nariz con telas ligeras.
"Los árabes son nuestros mejores clientes", dice una joven empleada checa mientras me muestra la habitación más lujosa del Hotel Pupp, donde alguna vez se quedó el emperador Francisco José, el marido de Sissi. Cuenta esta rubia, con años de inglés y sonrisa fácil, que los árabes ocupan las habitaciones más caras. Suelen venir mujeres para los programas de adelagazamiento y también para ponerse bien antes de casarse.
"Muchas veces hacen todos los ejercicios y después, a la noche, cuando nadie las ve piden hamburguesas y papas fritas a la habitación... Nosotros lo sabemos porque cuando las limpian hay restos." Ella termina de hablar y cruza el pasillo una mujer de Arabia Saudita redonda como un tanque de petróleo.
Muchos visitantes vienen sólo a pasar el día, como una escapada desde Praga o en época del próspero Festival de Cine, que ya lleva 41 ediciones. Pero cerca de 50.000 personas por año pasan diez días en Karlovy Vary o Karlsbad, en alemán, y sienten los beneficios del agua.
Primer paso para mimetizarse con el entorno: comprar una jarrita para tomar agua curativa... del pico.

Del pico, con glam

Petisas, altas, azules, rosas, blancas; con impresiones antiguas o flores; planas o regordetas, modelos de jarra hay muchos, pero todos comparten un detalle: tienen pico y se usa.
Segundo paso: buscar la Promenade, el paseo principal y peatonal, y seguir la ruta de las fuentes como se podría llamar ese camino a orillas del río, con columnatas monumentales que albergan pequeñas fuentes. En lugar de próceres a caballo hay fuentes de agua mineral, con tanta demanda como si brotara oro. "Es que el agua que sale de aquí vale como oro porque cura -me dice una mujer de Israel, mientras se agacha hacia la Fuente de los Jardines-. Esta es mi décima vez en Karlovy Vary y voy a volver", y cruza el parque Dvorak, que lleva el nombre del gran compositor checo. A pesar de su edad, -se ve que es una mujer grande-, tiene una agilidad insólita. De repente, toda la situación recuerda a Dorian Gray y la juventud eterna.
La ruta de las fuentes está rodeada de teatros, palacios, columnatas que repasan la arquitectura del último siglo. La mayoría de los que caminan por aquí tiene más de 50 y está vestida de domingo en París. No es raro ver una capelina, un Rolex, y hombres y mujeres que entran y salen con bolsas de Dolce & Gabbana, Prada, Gucci. Todo sin soltar la jarrita de agua, el pase a una vida saludable.
Tercer paso: tomar agua mañana, tarde y noche.
La ropa cuesta, el agua también. No se paga en dinero, la paga el paladar. Sodio, bicarbonato, sulfato, los minerales aparecen en cada trago.
Slata Mederos, guía checa que habla en perfecto español, recomienda el Becherovka, un licor a base de 26 hierbas naturales más clavo y canela, para pasar el trago amargo. "Eso sí, para no marearse hay que tomarlo de una vez", y en un parpadeo desaparece el suyo.
No lejos de ella un guía taiwanés espera que su grupo termine de bajar de las habitaciones para seguir viaje hacia el interior de la Bohemia.
Además de los árabes, los taiwaneses y los rusos son los que más visitan -y se internan- en Karlovy Vary. Los rusos se reconocen por el look de turista. De turista que consume. "Los rusos se están comprando todo. La mayoría de las propiedades, muchos hoteles", comenta Slata, que como muchos checos de 40 años no les tiene simpatía después de tantos años bajo su dominio. No le gusta el idioma ni el borsch ni Moscú.
A la madre de Nasser Saleh nada de eso la preocupa. Ella sólo quiere adelgazar y recuperar la sensación de bienestar.
Por Carolina Reymúndez
Enviada especial

Moser, la fábrica del crisal de los reyes

KARLOVY VARY.- Cuando Vladimir Skála termine de tallar el jarrón lo mandará a Taiwan. Los futuros dueños ya pagaron un adelanto de los 30.000 euros que costará esta pieza única de cristal Moser.
Skála apenas saca la vista de su jarrón. Hace tres meses que lo mira y trabaja. Es maestro grabador, igual que su padre, y trabaja con sus ojos, sus manos y una batería de tornos de precisión. Y el título lo habilita para dedicarse a las piezas especiales, las más caras, que se venden a Estados Unidos, Rusia y Taiwan. Los diseños son a pedido, y si bien el gusto cambia, los europeos piden flores; los norteamericanos, animales salvajes, y los asiáticos, pescados. Menos sofisticadas, pero igualmente caras son las piezas para los reyes, con detalles de oro. Como las que se usaron para el último casamiento real español.
El tallado es el último paso. Antes hay que hacer el jarrón o la copa soplando el vidrio y calentándolo a 1500°C. Hoy, en Moser hay alrededor de 360 empleados, casi la misma cifra que en 1857, cuando comenzó la fábrica. Llegar a maestro soplador lleva unos diez años si uno tiene el talento. Se trabaja en equipo y con cuidado obsesivo. Si una copa no está perfecta, al final del día se descarta. Y buena parte del sueldo depende de las piezas perfectas. La mujer que se dedica a tirar las que no sirven tiene una mirada tan intensa que podría romper la copa en segundos.
En una vuelta por los talleres, uno siente el calor de los hornos prendidos y ve el trabajo artesanal. Se distinguen varias botellas de cerveza por la mitad y los trabajadores toman del pico, como los turistas de las jarritas. La guía explica que con un litro de cerveza reponen la vitamina B. Además, deben tomar 4 litros de agua. Después de visitar la fábrica, toca el showroom, con reproducciones de perfumeros art déco y juegos de copas. Uno de seis unidades, con grabados barrocos, cuesta 10.000 euros y una pareja de rusos -ella con sombrero rosa, él con zapatos de golf- están a punto de comprarlo por diez mil euros. La visita a la fábrica es más accesible. Por tres, se puede ver todo esto y mucho más.

Datos útiles

Cómo llegar

Un pasaje desde Buenos Aires a Praga vía Milán cuesta desde 900 dólares por Alitalia (0810-777-ALIT, www.alitalia.com.ar ). Desde la capital checa se puede llegar a Karlovy Vary en ómnibus por 4 euros (de ida) o bien alquilar un auto. La ruta es angosta y un camino de colinas, pueblitos medievales y con campos de colza (si viaja en mayo los verá amarillos), lúpulo y amapola.

Cambio

En República Checa todavía se usan las coronas (1 euro = 28,26 corona checa). Esto será hasta 2010, cuando deberán adoptar el euro.

Alojamiento

Hay habitaciones dobles desde 50 euros, con desayuno. En el Grand Hotel Pupp ( www.pupp.cz ), un lujo de otros tiempos, cuestan desde 200.

Balneología

Si no le interesa internarse, aproveche la piscina pública del Hotel Termal. Tiene 50 metros y una vista a las colinas con castillos y casonas de principios del siglo pasado. El acceso cuesta 2 euros y la utilización del sauna, 4. El costo de los tratamientos varía según el hotel y la cantidad de días.

Gastronomía

Un menú turístico cuesta desde 12 euros. Recuerde probar el vino de Moravia (el Merlot, recomendado). Si come en alguno de los restaurantes de la Promenade, pagará más, casi el doble que si se aleja dos cuadras.

Compras

En los quioscos que rodean las fuentes, las jarritas cuestan 3 euros. En Karlovy Vary se puede comprar porcelana Thun y cristales Moser a buenos precios. También hay varios locales que venden joyería con granate, moldavita (una piedra verde opaca de la zona) y ámbar polaco. Un anillo con una piedra discreta, desde 30 euros.
Una botella de Becherovka, el souvenir más buscado, cuesta 5 euros.

Más información

Mariano Moreno 431, 4711-3613

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