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 • HISTORICO

La ciudad del Che, Falla y Dubois

Alta Gracia, a 35 km de la capital cordobesa, también fue enclave de jesuitas; además de la casa del revolucionario, se visita el museo del compositor y el taller del artista




El renovado Hotel Sierras

El renovado Hotel Sierras

ALTA GRACIA, Córdoba.- La familia Montamat es una síntesis de los personajes que caracterizan a esta ciudad, a 35 kilómetros de la capital cordobesa. El padre, Enrique, fue director de una de las escuelas donde Ernesto Che Guevara hizo parte de su primaria; Nani, el hijo, fue alumno de Manuel de Falla, el único que tuvo el compositor español en la Argentina.
En medio del valle de Paravachasca (en quechua, "lugar de vegetación enmarañada"), Alta Gracia acogió a los comechingones, estuvo a merced de españoles y fue enclave de los jesuitas desde mediados de 1600. La estancia, declarada Patrimonio de la Humanidad por Unesco, conserva el obraje, la iglesia y la residencia donde unos 300 esclavos negros trabajaban y generaban recursos para sostener el Colegio Máximo de la ciudad de Córdoba.
Así, al paisaje serrano se le suma el atractivo de una caminata entre construcciones jesuitas, casas de estilo inglés que fueron residencias de verano, una gruta que alberga la imagen de una aparición de la Virgen en 2011 (reconocida oficialmente por el Vaticano), el señorial campo y la confitería del Golf, el reconstruido Sierras hotel y las viviendas de sus habitantes más ilustres, convertidas en museos.
Los Guevara Lynch llegaron a la ciudad a mediados de los años 30, buscando alivio para el asma de Ernesto; pasaron por seis casas -siempre alquiladas- pero Villa Nydia es donde residieron más años: seis. Por eso Roberto, hermano del Che, pidió que se convirtiera en museo. La construcción de 1911 es la típica de mucho hierro que hacía la Compañía de Tierra y Hoteles para el personal jerárquico del ferrocarril.
Ernesto pasó por las escuelas San Martín y Santiago de Liniers para completar su primaria, mientras que el secundario lo hizo en el Deán Funes de Córdoba, por lo que los dos primeros años iba y venía. "Mi papá siempre se acuerda de que un día se tomó la tinta", cuenta Nani Montamat a La Nación. "Eran aventuras de chicos y sus compañeros se las festejaban", agrega.
El museo del Che

El museo del Che - Créditos: Diego Lima

Después lo alcanzó a ver ya guerrillero; lo admiraba, aunque desaprobaba los métodos violentos. "Siempre recordaba alguna anécdota en el colegio." Yannik es francés, estudiante de Fisioterapia; lleva seis meses viajando por América Latina y dedica la tarde del sábado a la casa del Che. "Es un símbolo de la Argentina y del mundo. Cómo no iba a venir", dice mientras camina por las salas que contienen fotografías, algunos muebles y escritos de Guevara.
Bárbara y Marisol, las guías del museo, apuntan que son muchos los extranjeros que hacen el recorrido y que, incluso, algunos sólo están en Córdoba para efectuar esa visita. En el lugar están las cenizas de Alberto Granado, el amigo que acompañó a Ernesto en el viaje en moto que inspiró el film Diarios de motocicleta.
Hace poco se incorporó una carta del Che a su esposa, Aleida March, "para mostrar su gusto por la poesía y su amor por ella, que lo acompañó en la lucha, aunque cuando lo conoció en Sierra Maestra, confesaba que le daba un poco de temor por su personalidad", se entusiasma Marisol.
El museo del Che

El museo del Che - Créditos: Diego Lma

La visita de Fidel

En julio de 2006, Fidel Castro y Hugo Chávez -quienes participaban de la Cumbre de Presidentes realizada en Córdoba- estuvieron en la casa. El cubano repasó anécdotas y recuerdos. Por ese entonces, todavía Enrique Martín, compañero de la infancia, daba vueltas por el lugar contando sus andanzas. Los achaques de sus 85 años le cambiaron las costumbres.
Martín no lo llama Che, para él sigue siendo Ernesto. Lo conoció en 1936, mientras entrampaba pajaritos en un baldío: "Apareció con su hermano Roberto y nos invitaron a su casa; nos hicimos muy amigos y cuando se mudaron a Córdoba, él venía los domingos y se quedaba a comer. Una vez había puchero español, que tenía de todo, y se comió todo. De postre, probó mazamorra y arroz con leche".
"Nos decía que en su casa no había eso -sigue ante este medio-. Era muy delicado de salud; muchas veces lo llevábamos en ?sillita de oro' a la casa por los ataque de asma que le daban. Quedaba en reposo y nosotros íbamos a espiarlo por el costado. Era blanco, flaquito y aparecía y salíamos a andar por todos lados; le gustaba andar."

Música en el Sierras

A los nueve años Nani se bajó de su caballo y tocó la puerta de la casona cercana al arroyo de Alta Gracia. Apareció un viejito de poncho, muy flaquito. Era Manuel de Falla. Lo hizo entrar, le dio un vaso de leche y le abrió el piano. Nani tocó una sonata de Beethoven y el maestro le corrigió la posición de un dedo. El español nunca había tenido alumnos ni los tuvo después.
"Me reforzó el amor por la música -relata Nani-. Varias veces me comentó que yo era feliz de estar en mi tierra; era muy chico y no entendía lo que me quería decir. Era muy católico y también supersticioso; salía poco, en mateo iba a misa. Hablaba poco. Cuando llegó paró en el Sierras y por la noche tocaba; era un mundo de gente."
Claudia y Gisella, encargadas de las visitas al museo Falla, explican que el músico llegó a la ciudad buscando mejorar de su tuberculosis. Desembarcó en el puerto de Buenos Aires en 1939, en medio de titulares de diarios que hablaban de él; dirigió cuatro conciertos en el Colón y ante la imposibilidad de regresar a España por su militancia política y su amistad con Federico García Lorca, estuvo un tiempo en la zona de Punilla y terminó instalándose en Alta Gracia con su hermana María del Carmen.
Murió en el chalet "El Espinillo", en 1946, mientras estaba componiendo la ópera Atlántida. Fue embalsamado por Pedro Ara (el mismo que embalsamó a Eva Perón) y velado siete veces.
"Siempre decía que tenía 70 años, que llevaba siete acá, que quedaba poco", rememora Montamat. Está enterrado en España, aunque sus conocidos insisten en que quería que sus restos quedaran en Alta Gracia.

Amor y escultura

La tríada de museos municipales se completa con la casa taller de Gabriel Dubois, "La Peña". Este artista francés, cuyo verdadero nombre era Gabriel Simonet, a los 22 años se mudó a Buenos Aires, donde esculpió para el cementerio de la Recoleta, hasta que entró como director artístico en la empresa que hizo el plafón del teatro Colón y la araña del Congreso de la Nación. Enamorado de su modelo, Marie Louise Rolland, se trasladó con ella y su hijo a Alta Gracia, donde modeló en terracota. Parar a comprar sus obras era una cita obligada para los que peregrinaban hacia la gruta de la virgen, a 10 minutos de su taller.
Sus obras, moldes y herramientas se conservan en el lugar donde su discípulo, Luis Hourgas, enseñó hasta que murió, el año pasado. Las esculturas de la casa del Che son de este artista, hijo de una francesa que llegó a la casa para colaborar un mes con Dubois cuando quedó viudo; nunca más se fueron. La guía, Bety, desgrana cada detalle de la historia.

Datos útiles

Cómo llegar. Desde la ciudad de Córdoba, 35 kilómetros por la ruta provincial 5. De la terminal salen varios servicios por hora.
Dónde parar. El Sierras Hotel incluye casino; la reconstrucción respeta la arquitectura original, de inicios del 1900, inspirada en un edificio inglés de Calcuta; Solares del Alto; Hispania; Cabañas Tierras Bajas. Desde $1000.
Dónde comer. Herencia (alta cocina, desde $300), Hispania (un clásico, comida española, desde $200); Pizarrón (a partir de $100).
Qué visitar. Museo de la Estancia Jesuítica ($20 la entrada; de 9.30 a 18.30; hay recorridos guiados); Casa del Che, Museo Manuel de Falla y Casa taller de Dubois (de 9 a 19; abono para los tres: argentinos $20; extranjeros, $85); Gruta e iglesia Nuestra Señora de Lourdes (hasta las 19, entrada gratuita).

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