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 • HISTORICO

La ciudad que el viento no se llevó

La refinada Chicago es tan distinguida por sus torres como por su equipo de basquet, los Bulls




CHICAGO.- Esta ciudad no sólo llama la atención por su estructura edilicia. Es un conglomerado industrial al borde de una gran extensión de campo, y uno de los sobrenombres de Illinois es, precisamente, el Estado de las Praderas. Chicago atrajo a inmigrantes de todas partes del mundo.
Por los italianos es la capital de la pizza y por los mexicanos, una de las mejores versiones en tamales y tortillas.
Hay casi tantos polacos como en Varsovia (más de un millón) y sus colectividades podrían ser un espejo de las Naciones Unidas. Este mapa de sangres y costumbres creó una fuerza multicultural que enriqueció su vida y su gastronomía, una de las mejores del país.
Para Frank Sinatra era su tipo de ciudad (My kind of town ). Y el tema, aquí, es un himno informal.
La llaman la Segunda Ciudad dando por sentado que Nueva York, a la que se parece tanto, es la primera. Aquí nació la ruta 66 que fue el primer camino a la aventura para llegar desde la Costa Este hasta el Pacífico.
Sus calles fueron el escenario de la persecución del manco en la exitosa serie en TV y luego en cine, en el Fugitivo . Al Capone y la famosa matanza de San Bartolomé no fueron imaginarios. Lo mismo que Elliot Ness y sus Intocables que alguna vez interpretaron Kevin Kostner, Sean Connery y Robert De Niro.
¿Por qué la llaman Ciudad del Viento? No es por el viento. Aunque sea ventosa no puede compararse con la manera en que sopla en Oklahoma o Atlanta. El sobrenombre le viene de la política porque los candidatos que allí alcanzaron su nominación venían con mucho viento. Otros aseguran que se ganó el apelativo por su empuje empresarial porque allí nacieron, entre otros, grandes imperios desde Quaker Oats hasta McDonald«s pasando por Helene Curtis y la revista Playboy. Sin olvidar a Mister George Pullman, que le dio la comodidad de sus asientos a los pasajeros de tren de todo el mundo.
Es muy difícil determinar los límites entre la verdad y la suposición cuando una ciudad es increíble, pero real. Por eso, Sears, que se desarrolló en Chicago, construyó la torre más alta de los Estados Unidos y mantuvo desde 1974 hasta hace muy poco el récord mundial en altura.

¿Qué se puede hacer?

Lo mismo que en Nueva York, París o Buenos Aires, en Chicago los programas son tan variados y personales como los propios viajeros. Comencé mi visita subiendo al piso 103 de la torre Sears. Observando los cuatro costados podemos ir armando los itinerarios en función de nuestros intereses dominantes. Es una gran ayuda el show Chicago Experience tanto como el material informativo gratuito que hay en el aeropuerto de O´Hare.
Estamos a un costado del centro, al borde del Loop, que es el tramado de de los trenes elevados que marcan una suerte de cuadrado fascinante porque uno ve las casas y la gente desde arriba, pero sin perder perspectiva humana como en un rascacielo. Le aconsejo que compre en la ventanilla un pase de viajes ilimitados (tarjeta magnética) que le sirven tanto para subirse a ese medio como a todos los subterráneos y los ómnibus municipales.
Es divertido dar una vuelta en el Loop donde las distintas líneas están marcadas en colores. Tenga cuidado de no salirse del centro para no hacer una excursión inesperada por los alrededores o ir a parar al aeropuerto.

Con la Guía de Tiffany y Picasso

Si bien Chicago es gigantesca, tiene zonas que son ideales para peatones.
Tome por la calle State y entre en la gran tienda Marshall Field´s aunque no piense comprar nada. Es una de las más antiguas de los Estados Unidos (1853) e hizo popular el slogan Give the lady what she wants (déle a su mujer lo que ella quiere). El lugar parece un museo, especialmente por la galería que tiene el techo cubierto con los mosaicos de Louis Comfort Tiffany (no era el joyero, sino un artista que recientemente mereció una exposición especial en el Metropolitan de New York). Para almorzar tiene varias alternativas gratas, tanto por los platos como por el ambiente, a precios muy razonables al estilo de las grandes tiendas. Le recomiendo el Walnut Room, que no es el más barato, pero da gusto estar rodeado de paredes de madera de nogal. O si prefiere quedarse a tomar el té. Compre un paquetito de mentas con chocolate que elaboran allí y son deliciosas.
De vuelta en la calle comience un paseo para ver las formidables esculturas que están en las plazas al pie de una sucesión de rascacielos. Puede empezar por el gigantesco Flamingo rojo de Alexander Calder, seguir por las cerámicas que Marc Chagall dedicó a las cuatro estaciones (vigiladas por TV en circuito cerrado) continuar por la obra de Joan Miró y quedarse discutiendo con su familia si les gusta o no la de Pablo Picasso que no tiene título, pero muchos suponen que está dedicada a su amor del momento (1967), aunque la enamorada no haya salido favorecida en este retrato de hierro.

De Monet a Michael Jordan

Chicago es un catálogo de arquitectura y son una buena apuesta los numerosos tours dedicados al tema. Pero aunque sea por su cuenta, durante la caminata, no deje de entrar en uno de los edificios más interesantes que pertenece al Estado de Illinois en Randolph St. y N. Clark St. En la entrada tiene una escultura en blanco y negro del francés Jean Dubuffet. El edificio es obra del alemán Helmut Jahn, autor tambien del aeropuerto de O´Hare. El interior es espectacular, con las oficinas mirando hacia dentro y un ascensor transparente que usted puede tomar simplemente para ir hasta arriba y bajar. En el subsuelo hay una buena cafetería.
Desde allí, por la calle Randolph, siga cuatro cuadras hasta la avenida Michigan. El paseo es muy lindo y aunque el día esté frío las propias construcciones le servirán de abrigo. Luego, doble a su derecha, y a menos de 300 metros se encontrará con The Art Institute of Chicago, uno de los museos más importantes del mundo en el interior del edificio de 1892 con una escalera imponente. Entre sus tesoros tiene una colección de pintura impresionista francesa sólo superada por el Orsay de París. Deténgase en las obras de Monet y Seurat. Si le gusta mandar postales a los amigos en la tienda del Museo hay muchas que los sorprenderán. Y como no sólo de cultura vive el hombre (mucho menos el turista) podemos tomar un ómnibus o un taxi para ir a uno de los barrios gastronómicos. Como son muchos locales, y hay para todos los gustos y bolsillos, conozcamos el de Michael Jordan.
Está en una casa enorme, tipo restaurante temático con el clima de los vecinos Hard Rock Café o Planeta Hollywood. Lo corona una gigantesca imagen del basquetbolista en el techo. En los días de grandes partidos, los fanáticos de los Chicago Bulls los miran desde la calle por medio de enormes pantallas. La planta baja es un clásico bar deportivo, con televisores por todas partes y un ambiente muy ruidoso. En el primer piso, subiendo por una escalera flanqueada por fotos autografiadas de presidentes y estrellas de cine, accedemos a un restaurante silencioso con mesas bien atendidas y un menú más exigente porque Michael es un buen gourmet. En el centro de este salón hay un corralito de vidrio donde tiene su escritorio personal. Suele ir por ahí para atender sus asuntos aunque le guste el golf y sea varias veces millonario. Los parroquianos pueden ver de cerca a este superhombre de nuestro tiempo, aunque a nadie se le ocurra golpear la puerta para pedirle un autógrafo. A propósito: en los negocios de memorabilia que hay en los shoppings una foto suya firmada y autenticada se vende en 500 dólares, bastante más que una de Demi Moore. En ese lugar se come bien, el precio es razonable, y constituye una experiencia recomendable aunque no tengamos la suerte de cruzarnos con él.

De Saks a Piazzolla

Michigan Avenue, entre el Chicago River y la costanera del lago a la altura de la calle Oak, tiene sobrenombre: la Magnífica Milla . A lo largo de 14 cuadras, que no suman exactamente 1609 metros, tenemos una síntesis que lo que podría hacer un cóctel de la Quinta Avenida con Madison en Nueva York con toques de Milán o Londres. Nombres clásicos como Saks en una punta y Bloomingdale en la otra, que se mezclan con Neiman Marcus o las mayores marcas europeas (Gucci, Burberrys, etc.) Aquí está la Torre Hancock, que es apenas más baja que la Sears pero donde se puede tomar un cóctel con la ciudad a los pies y comprobar que ningún rascacielo termina igual, que todos tienen una manera diferente para culminar su estructura. Y por el mismo dinero que nos costaría una gaseosa en un bar común. Esta costumbre es un hecho singular en Estados Unidos, en los mejores sitios (hoteles de lujo o este tipo de atracciones) los precios están al alcance de todos.
Y a espaldas de la avenida Michigan surge un rico laberinto de calles con mesas en la vereda de lugares italianos (donde es fácil encontrar un mozo argentino). Son vecinos de la disquería Ear (oreja) especializada en música no convencional con un café incorporado donde encontré varios discos de Astor Piazzolla que no están en Buenos Aires (por ejemplo, el recital grabado en vivo en el Central Park). Y aquí termino con este ligero aperitivo que se puede completar a voluntad porque Chicago es todo lo que se puede imaginar y mucho más. Hasta el punto que uno de los musicales más exitosos de la actualidad lleva su nombre. La legendaria Nélida Lobato lo corporizó en el Teatro Nacional de la calle Corrientes y una nueva versión acapara aplausos en Broadway. Y de yapa tenga en cuenta que tiene tantos teatros como Londres y excelentes oportunidades para escuchar jazz y blues porque en Chicago están los mejores clubes para redondear una noche tan inolvidable como el día.
Horacio de Dios

La repetida historia de querer ver a Jordan

El United Center de Chicago es un estadio dos veces más grande que el Luna Park y está ubicado en la barriada negra, cercano a la escuela que lleva el nombre de Malcom X, no muy lejos de la parte más lujosa de Michigan Avenue. En la calle de acceso hay una gran estatua de Michael Jordan en su clásico vuelo hacia el canasto.
Es una construcción ultramoderna para 25.000 personas sentadas, pertenece a la Municipalidad y es la base de los Chicago Bulls, que hacen vibrar a todos sus seguidores en cada una de las presentaciones.
No importa que la euforia de las tribunas haga entrar en calor a los aficionados. Hay aire acondicionado central y los baños están absolutamente limpios (antes, durante y después del juego). En la rotonda hay puestos de bebidas y comidas, incluso hot dog kosher. Pueden tomar cerveza sólo los mayores de 21 años.
Está prohibido fumar y eso rige también para los directores técnicos, que tienen que encontrarle la forma para poder pasar los sinsabores de los partidos sin apelar a un cigarrillo.
Las entradas están totalmente vendidas antes de comenzar cada temporada.
Y hay lista de espera, igual que para la de los aviones.
Pero la reventa está permitida y los precios originales de 30 a 90 dólares (desde la más barata hasta la más cara) pueden llegar hasta cuatriplicar su valor en los partidos finales, como ocurrió cuando jugaron contra el equipo Utah Jazz antes de ganar su tercer título consecutivo. El partido es una fiesta y, contrariamente a lo que pasa con el fútbol entre nosotros, es recomendable para los integrantes de toda la familia.
Los chicos hasta dos años no pagan y están en la falda de papá o mamá, porque hay tantas mujeres como hombres en las plateas divirtiéndose.
Y los grandes como los chicos pueden pedir comida y bebida en la platea. Sin que luego quede nada tirado.

La ciencia de pasarla bien

Hay innumerables museos en Chicago, de excelente nivel, pero una experiencia imperdible para chicos (como para grandes) es visitar el Museo de Ciencias e Industrias donde está prohibido no tocar . Se aprende experimentando y con atracciones tan grandes, en interés y tamaño, como el submarino alemán U-505 capturado durante la Segunda Guerra Mundial, una réplica en funcionamiento de una mina de carbón o un simulador del shuttle espacial. También uno recorre el interior del cerebro y de los distintos sistemas humanos y aprende en una hora más que en todo el colegio secundario. Hay computadoras por todas partes programadas para guiar la curiosidad. Es una maravilla sólo comparable en elementos interactivos con el Exploratorium de San Francisco y en despliegue con el Museo del Aire y el Espacio del Smithsonian en Washington. No es nada casual esta preocupación por enseñar. Chicago siempre se destacó en ciencias, y en su universidad el físico Fermi probó la primera reacción en cadena en energía atómica. Hoy, el acelerador de partículas más importante del mundo lleva su nombre y está en esta ciudad. El mismo Michael Jordan es universitario y el Centro James Jordan Boys and Girls, que lleva el nombre de su padre, tiene un laboratorio de ciencias, un centro de computación y uno de salud a corta distancia del estadio. Los Bulls donaron 4,5 millones de dólares para ese fin.

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