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 • HISTORICO

La frenética danza en el Pireo

Pasar el fin de año en la fonda de Mikkos es una prueba de fuego para el estómago, los celos y el amor; además, alguien siempre paga los platos rotos




ATENAS.- "Somos únicos e irrepetibles. Entre el destino y el libre albedrío, vamos tejiendo la red de nuestras vidas. Cada año que vivimos no volverá; y en cada fiesta que celebramos, nuestras almas deben quedar en libertad." Esa es la oración de bienvenida, entre existencialista y mística, con que Mikkos recibe a sus comensales en la pequeña fonda que regenta, muy cerca del ancestral barrio ateniense del Pireo.
Esta historia aconteció en vísperas de Año Nuevo. Ellos volvían a Atenas después de una frustrada excursión a Creta y querían elegir un lugar para pasar la noche del 31 de diciembre.
Ellos eran un matrimonio de argentinos de edad mediana y su hija, entre adolescente y mujer. Mamá y papá son psiquiatras, la hija estudiante de ciencias de la comunicación. Y el lugar elegido, a recomendación de conserjes de hotel y taxistas comedidos, fue la cantina de Mikkos, la que, por supuesto, se llama Mikkos.
Padres e hija recibieron al año en la fonda del Pireo, famosas si las hay. Llegaron a las 21 y por las copas ya circulaba el retzinado, un vino típicamente griego que, añejado en cubas de pino, tiene cierto sabor a resina.
El retzinado es una consecuencia histórica de la atávica tradición griega de mezclar o cortar los vinos. Seguramente, los viajeros de hoy se sorprenderían, no sin sentir rechazo, si alguien les ofreciese un tintillo con agua de mar. Sin embargo, en algunas regiones de la antigua Grecia, y hasta bien entrado el siglo XVII, era una de las libaciones preferidas. Los argentinos se sentaron y, entre saludos varios -de otros comensales y de camareros y cocineros- comenzaron a recibir las bandejas que conformaban el único pero copioso menú de aquella noche especial.

A la diversión


Comieron ensaladas de tomates, aceitunas y queso fresco de cabra, y pescados del Mediterráneo, asados y aderezados con aceite de olivas y jugo de limón. El plato fuerte de la velada fue la moussaka, un especie de budín de carne de cordero recubierto con berenjenas gratinadas. Luego llegaron las frutas y los dulces; y, siempre, más vino.
La cena propiamente dicha concluyó. Los platos vacíos y las copas llenas iban acumulándose sobre las mesas; la música que salía de un teclado, un acordeón y una mandolina ganaba presencia y las ganas de bailar comenzaban a hacer cosquillas en las plantas de los pies. Todos estaban entonados y, de repente, el primer plato cayó al suelo de baldosas de un rojo apagado y aplaudían.
Los viajeros argentinos, entonces, comprendieron el sentido de aquellas palabras de bienvenida que les dijo Nikkos cuando entraron. "...En cada fiesta que celebramos nuestras almas deben quedar en libertad."
Así los griegos liberan el alma durante sus fiestas, arrojando para siempre el plato que les dio de comer y esperando que en próximos festejos, otros iguales sirvan para el mismo fin. Luego llegó la danza.
Una recomendación que no figura ni en las mejores guías de turismo: el restaurante Mikkos y casi todos los de su tipo no son aptos para maridos ni novios celosos.
Papá psiquiatra ni siquiera tuvo tiempo de levantarse de su silla, cuando mamá psiquiatra e hija casi comunicóloga ya estaban en la pista de danza improvisada, en medio de las mesas y pisoteando platos rotos. Pero no lo estaban esperando a él, sino que se habían visto llevadas, así sin darse cuenta, mamá por un señor de canas, flaco y de camisa blanca desabrochada, y la nena por otro señor, más joven, sin canas y con una gorrita de Chicago Bulls sobre la testa.
Pero el ambiente no daba para escenas celosas ni para enojos, porque la esposa del señor de canas estaba bailando con otro alguien de una mesa vecina y la novia del gorrito de los Chicago Bulls danzaba encaramada a una mesa con uno de los camareros, hijo de don Mikkos. Y así estaba todo el salón, mezclado como aquel vino que los viejos atenienses combinaban con agua de mar.
Papá entonces no tuvo más remedio que buscar alguna compañera de baile, pero ni siquiera tuvo tiempo porque primero lo eligieron a él. Resultó llamarse Zima, una buena moza entrada en años que no era otra que la cajera del bodegón y, por supuesto, la esposa de don Mikkos. Los bailarines se intercambiaban y varias veces papá bailó con mamá y varias veces la hija bailó con papá; los que se detenían un rato sólo lo hacían para buscar un poco de aire -una rareza a esa altura en el pequeño local del Mikkos- o para refrescarse la garganta con un poco de vino blanco.

La prueba, sobre la mesa

Así las cosas, el año viejo murió y el nuevo vio la luz bailando. Todos brindaban con todos. Entonces don Mikkos, parado sobre el mostrador, gritó una serie de palabras incomprensibles -que querían decir la próxima vuelta es invitación de la casa- . Gritos y aplausos.
Los argentinos se sentían más griegos que Pericles y Jenofonte; sin embargo, aún los esperaba la prueba de fuego para celosos y celosas.
Don Mikkos dispuso la mesa más pequeña de su establecimiento en la mitad del salón y apoyó sobre ella una cinta roja de terciopelo. Anunció entonces que el concurso tendría lugar y que los caballeros debían elegir a sus parejas de baile. El premio consistiría en una cena gratis para las familias de la pareja ganadora, y dicho esto sonó la primera señal de alarma: cómo era eso de una cena para las familias de la pareja ganadora, por qué no para la pareja....
Pero rápidamente se hizo la luz. El concurso consistía en demostrar quién bailaba mejor sobre la mesa, atados bailarín y bailarina por la cintura, atrapados por la cinta roja que don Mikkos había dispuesto sobre la improvisada, minúscula y enclenque tarima...y los concursantes tendrían que ser parejas improvisadas y elegidas al azar...Por eso, el premio era para las familias de los ganadores.
El concurso comenzó y finalizó, la nena y el hijo de don Mikkos se llevaron los laureles, y cuatro noches después Mikkos, su esposa Zima, bailarines, y mamá y papá argentinos cenaron en la fonda. De a ratos, don Mikkos se excusaba y desatendía a sus invitados por unos pocos minutos, para atender tal o cual asunto en la cocina o en el salón, pero, dicen, la reunión duró hasta bien pasada la medianoche.
Dos días más tarde, los argentinos se fueron. Se escriben y se hablan por teléfono con don Mikkos y toda su familia. Porque, como dicen los griegos, todos somos irrepetibles y, para celebrar en serio, la fiesta tiene que ser la del único plato.
Víctor Ego Ducrot

Datos útiles

Aéreo

El vuelo de Vasp que conecta con Olympic Airways en San Pablo es una de las formas de llegar a Atenas. El boleto de ida y vuelta cuesta 1137 dólares hasta el 10 de septiembre.

Transporte

El alquiler de un auto mediano sale aproximadamente 230 dólares la semana, y 30 el día adicional. Incluye kilometraje libre y seguro de colisión.

Gastronomía

La cocina griega incluye, en la mayoría de sus recetas, pescados frescos acompañados de ensalada de vegetales bien condimentados. Los pescados más exquisitos son el salmón rosado (barbounia) y el pez espada (xifias). Otras especialidades son la langosta y el pulpo, que suelen servirse fríos, con arroz o pasta.
La tradicional ensalada griega (horiatiki) contiene gran variedad de tomates, pepinos, cebolla, pimientos verdes y aceitunas regadas de aceite y hierbas secas, y coronada por una feta de queso fuertemente sazonado.
En cuanto a las bebidas, el ouzo es un licor claro, dulce y anisado que los griegos toman a cualquier hora del día.

Compras

En Atenas se pueden conseguir productos regionales a un costo menor que en el propio lugar de origen. Las principales zonas comerciales de la ciudad se distribuyen en Syntagma, Omonia y el elegante distrito Kolonaki.
Las joyerías se ubican en Voukourestiou y en Mitropoleos, al oeste de Syntagma. Sus vidrieras exhiben diseños antiguos y modernos en oro y plata.
Junto a la estación subterránea de Monastiráki, el mercado de segunda mano Efesto (Ifastou) ofrece un paseo para curiosear y comprar lo inimaginable: desde alfombras y tejidos hasta juguetes antiguos y cascos de la Segunda Guerra Mundial.
Las alfombras flokati se venden en toda Grecia. Son de lana natural sin blanquear o teñida de vivos colores.
Las coloridas cuentas de la preocupación (komboloi) en cerámica o cristal conforman una buena alternativa para llevar. Según las creencias, las cuentas de cristal en negro y azul protegen contra el mal de ojo. Estos collares se venden en varios colores a un costo muy bajo en las tiendas de regalo y en los puestos callejeros.
En los museos arqueológicos se vende una serie de réplicas bien logradas de estatuas antiguas, jarrones y joyas. Son de muy buena calidad, a diferencia de las imitaciones de la calle.
Las tiendas funcionan de 8 a 13 y por la tarde de 17 a 20.

Clima

Grecia tiene veranos cálidos e inviernos suaves y húmedos en la llanura y costas, y sumamente fríos en la montaña.

Vestimenta

Para poder ingresar en templos y monasterios, hombres y mujeres deben llevar mangas largas y pantalones largos. Las mujeres que lleven vestidos o faldas les deben cubrir las rodillas.

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