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 • HISTORICO

La Gruta Azul revela sus viejos misterios

Una excursión en bote por una caverna de singular luminosidad




El apogeo turístico de Capri se debió al redescubrimiento de la Gruta Azul, a principios del siglo XIX. La gruta, obviamente, estuvo siempre en ese sitio, pero nunca se le había hecho demasiado caso hasta que Giuseppe Pagano, único hotelero de la isla, hombre con fama de gran burlón, le hizo creer en 1826 al pintor y poeta austriaco August Kopisch que había descubierto "la gruta de las grutas", la maravilla que atraería a millones de seres hacia Capri. Kopisch murió persuadido de haber sido él su descubridor y primer explorador. Lo que ciertamente se le debe es la calificación de azul y, también, haber llamado la atención sobre esta excepcional meta turística de nuestro tiempo.
La gruta era conocida, como tantas otras de la isla, por sus antiguos pobladores, pero no como azul, por el simple motivo de que el nivel del mar era antiguamente cinco metros más bajo y por lo tanto inferior al límite apto para provocar el fenómeno de su coloración. La tradición refiere que era una gruta cuidadosamente evitada por los isleños, temerosos de toparse con el fantasma de Tiberio, el célebre emperador romano que vivió hace casi 2000 años en la isla. Se dice que desde su Villa Damecuta bajaba por un túnel hasta la gruta con sus efebos, a los que llamaba mis pececillos. Algunas veces, el sadismo del César hacía concluir sus nocturnas orgías acuáticas con el agua teñida por el púrpura de la sangre.
Pero historiadores modernos consideran que son fábulas urdidas por el chismoso Suetonio. En el fondo del agua se encontraron varias estatuas y se cree que la gruta era un ninfeo, templo consagrado a las ninfas, divinidades secundarias que personificaban las fuerzas vivificadoras y la belleza de la naturaleza. Según Homero, eran hijas de Zeus y vivían en las grutas.
El sacerdote y cosmógrafo veneciano Coronelli, a fines del siglo XVII, hizo un mapa de la isla, donde marcó la gruta que denominó Grádola, y en su Isolario transmite una amplia información en la que hace referencia a las anécdotas atribuidas a Tiberio. Pero Kopisch ignoraba ese texto. Fue así como junto con un pintor amigo, Ernst Fries, y con Angelo Ferraro, un pescador que estaba en el secreto de la burla, entraron nadando a la gruta y quedaron fascinados por su belleza y su resplandor. Kopisch difundió por el mundo su hallazgo y el pescador Ferraro fue beneficiado luego por la corte borbónica -que dominaba entonces la región- con una pensión y especiales derechos por acompañar a los excursionistas.
A la Gruta Azul se llega partiendo en barco desde el portezuelo de Marina Grande o bien recorriendo el camino que baja de Anacapri a un costado del helipuerto y los restos romanos de la villa de Tiberio. Los que llegan en barco -la mayoría- deben abonar 15.500 liras y transbordar luego a pequeños botes que cobran 14.000 liras para ingresar en la gruta. Estos botes, como encantados cascarones de nuez, introducen a los turistas en el espacio mágico.
El bote penetra impelido por el oleaje y sus pasajeros deben agacharse para no chocar las cabezas con las rocas de la entrada. Acceden luego a un recinto donde todo es oscuridad. En la penumbra se oye el chapoteo de los remos de los botes que ingresaron antes y las exclamaciones de los turistas, entre las canzonetas que cantan los remeros. Poco a poco los ojos van entreviendo un mundo fascinante. Las paredes de la gruta, el agua, el bote y los mismos acompañantes parecen irradiar una misteriosa luminosidad azul. La luz en los rincones es azul turquesa; en el bote, aguamarina; en el techo de la gruta, zafiro; en las manos que se hunden en el agua, de un celeste plateado. Cuando los remos agitan las aguas levantan una lluvia de finas chispas o crean remolinos que hacen pensar en un revoltijo de gemas preciosas y deslumbrantes.

Platos, vinos y postres para paladear

Platos tradicionales de Capri son los ravioles de ricotta, en cuyo relleno interviene la hierba denominada mejorana, así como la insalata caprese, que lleva lechuga, mozzarella, tomate, albahaca y orégano. Hortalizas y frutas de producción local, y pescados siempre frescos y abundantes caracterizan además la cocina regional de Capri. Los viñedos de la isla producen, desde la época de los emperadores romanos, óptimos vinos como el blanco llamado, curiosamente, blu. También debe probarse el limoncello de Tiberio, lícor digestivo que rivaliza con el de Ravello, en la Costa Amalfitana, considerado el mejor de Italia. El postre característico es una tarta de chocolate y almendras.

Datos útiles

Cómo llegar: el pasaje aéreo, de ida y vuelta, hasta Nápoles, cuesta desde 1000 dólares con tasas e impuestos. Desde Nápoles hasta Capri, en barco o aliscafo, entre 8 y 10 dólares.
Alojamiento: la habitación doble en un hotel cinco estrellas cuesta entre 500 y 1000 dóláres; uno de cuatro, entre 300 y 400, y uno de tres, entre 150 y 200, según la temporada. También hay pensiones donde es posible alojarse por precios que varían entre 50 y 100 dólares la habitación.
Gastronomía: hay tradicionales y modernos. En Capri y en Anacapri una comida cuesta unos 30 dólares promedio por persona. Abundan los ristorantinos, con menú fijo, donde una comida de dos platos, vino y postre cuesta entre 12 y 15 dólares.
Más información: Ente Nacional Italiano de Turismo (ENIT), Avda. Córdoba 345. Atención de lunes a viernes, de 10 a 12 y de 15 a 17; 4311-3542.
En Internet:

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